El espejo, que me hace perder la razón

El espejo, que me hace perder la razón

Pasar de su superficie, vidriada, deslumbrando en su reinado y, estoica moviendo mi universo; diáfana como un suspiro en algunos momentos y en otros, tan justiciera con el dedo acusador señalando mi delito; inadvertida en la casualidad de pasar por aquí y, causa de todos mis males. Pasar de su instinto devorador en el espejismo de la inocencia perdida cuando enterré mis dieciséis años en un boquete perforado entre el estómago y la garganta. Pasar del destello de todos sus reflejos cuando examina cada ángulo desenfocado de mi rostro, si el mentón se redondea cuando llega septiembre, si las ojeras se hunden mucho más, después de la orgía despiadada de la pulsión en la contienda cruenta entre la ansiedad de un alma fragmentada y, el ansía de tragarme la vida para vomitarla. Si los pechos gravitan en una caída hacía el abismo o, quizás se erigen bandera de una república inexistente. Se abochorna, si mi talle incrementa un par de centímetros desbordándose por los costados en una masa amorfa y decepción desproporcionada; se contonea de aquí para allá siguiendo su camino si los huesos se salen de mi coyuntura en una yuxtaposición de imperfecciones.

¿Cómo voy a eludir sus desvaríos si pierde la razón cuando no encuentra los poemas que le hablen de amor, sin son mis mismos delirios si el desamor ocupa el lugar huérfano del sofá tan triste y anodino?¿Cómo esquivar su mezquindad si es la reina de lo poco que me queda, desde el suelo, frío e intransigente donde los zapatos con su punta rechinan en los desengaños, hasta el techo opaco ladrón de sueños en noches de insomnio, y porfiado con lágrimas en humedades desconchando mis encantos? No sé mirarla de frente sin bajar las pestañas al ritmo que ella marca, con la batuta de su arrogancia dirigiendo el compás de todos mis ratos cuando se acaban en un naufragio de un mar de lágrimas. Con los ojos ahuecados, sin más arcoíris que un blanco y negro sobre el papel, me rompo en pedazos por ser la consentidora de sus deseos. En cada pretensión desando el camino que nunca anduve con un quejido que cruje en cada vértebra, repitiendo lo que he dejado de ser, un silencio entre el murmullo de la multitud.

Ella, pura y cristalina en su orla de nobleza, dueña de toda verdad que gira en la espiral de mis incongruencias; amazona de mis contrariedades que se diluyen en la bipolaridad de un mundo que no entiendo, por mucho que lea y relea las clausulas de un contrato impersonal con el azar y gregario con todos mis desastres. Ella, ese vidrio inocente y sin comisuras, me jura por Dios que todo lo que veo es la mucha imaginación que mi cabeza no puede sortear. Ella, la segunda piel que me desnuda con todas mis formas y, esas fobias que desbaratan todos los escombros de un alma arruinada y desangelada. Ella, sin nombre ni apellidos siempre colgada en una pared, o escaparate en el centro comercial donde la compulsión se pierde por los bolsillos. Ella, pantalla de televisión esperando ver pasar el tiempo. Ella que se hace reflexión, para cobrarse con toda mi soledad calcinada en la yema de los dedos, de tanto querer agarrarse a imposibles que arden entre juegos de sábanas. Ella que juega con la magia de guardarse un as bajo la manga, para regalar medias verdades ahogadas en una copa de vino amargo y rancio de ausencias, unas olvidadas, otras perdidas y muchas tan inexistentes como las sirenas.

Ella, derramando mis lágrimas como si fuera yo misma con el aliento de no puedo más, coletazos quizás de mi último hálito.

Ella fiel compañera en una travesía de ida a la atolondrada paranoia de ver sin mirar con los ojos achicados y distorsionados.

A ti, el espejo que me hace perder la razón.