Entre pensamientos censurados y pasos extraviados

Entre letras y palabras

Entre letras y palabras, entre pensamientos censurados y pasos extraviados.

Desgrano las palabras en minuciosos silencios que responden a indiscretas preguntas de la cabeza, esa parte de mí que con la voracidad inquieta de despojarse de toda existencia en la línea de flotación de los lunes brindados al sol empezando semanas sin más futuro que, acabar en domingos anodinos en la esquina de un sofá machacado por los huecos de un cuerpo que se lamenta por su poca originalidad. En ese desglose del diccionario cuya soledad se atisba en la repisa de la librería, acumulando polvo del que se quita con un bufido o tal vez pasando algún trapo que atraiga sus poros en un orgasmo ya olvidado, discuto con la sombra que me acecha cuando menos la espero, desafiándome si continuo siendo la intrusa que rendida a los pies de caballeros que, inician guerras sin más razón que conquistar su propio yo, apuesta por seguir con sus dudosas instrucciones, malgastando saliva resabida, fraguada con todas las mentiras reincidentes una y otra vez en el yunque del azar que viene y va como la dicha en un boleto de lotería. Sacudida como la muñeca rota, deshilachada por sus costuras por la corrupta conveniencia de ser discreta en las formas, modosita con las respuestas, complaciente con la caída de pestañas y de gestos circunspectos raídos por la rabia de gritar —aquí estoy yo—. Tan agotada y agostada de girar y girar, sin parar, redundante con las frases hechas, atropelladas por pensamientos que merodean la linde que separa la conciencia de la inconsciencia de existir. Aún así, alguna mañana intento recuperar las noches sin dormir en escritos que no tienen ni pies ni cabeza, sólo un tronco, amortajado de letanías y mandamientos circunscritos a otros tiempos que vacilan en quedarse o, irse por las cloacas eternas del sufrimiento.

Terapías del tres al cuarto en libros que han dejado de ser de autoayuda para reinventarse en influencer de redes tejidas por arañas que rasgan no sólo la piel de sus seguidores, que no se conforman con desollar las rodillas de los inconformes ni, de escarbar la mierda acumulada bajo las uñas de los desahuciados sociales. Ya no me consuelan, cuando los huesos rechinan contra el asfalto y un chillido ahogado por su propio llanto, evita profanar sus muertos. Ni siquiera, alientan mi aliento que yace en el desaliento de no valer más que nada, un cero a la izquierda de cualquier voluntad de mover un miembro para cambiar esta situación más que desesperada, descorazonada, sin la esperanza de un nuevo intento para inhalar aire nuevo y fresco. Con un rumbo, de origen  recatado hacía otros lares de los que si alguna vez transité con el pie cambiado, me atrevo por un momento al desplante, por todas las confianzas vestidas de inmaculadas purezas y que no fueron más, que cianuro en la sangre envenenando mi poca inteligencia. Vencida, no se me caen los anillos en admitir todos mis disparates, entre el verbo subyugar y el sustantivo del caos, pongo tierra de por medio, presa de mis miedos y, de los espejos que juzgan credenciales sin más certificado que caer bien.

Improviso las letras en una cadena de eslabones engarzados con la tristeza y me cuelgo sus cuentas, exactamente cincuenta y nueve, con su cruz al frente y un misterio, guardado en el rosario que arrastro con la osadía de morir en el intento de resarcir todos mis errores.

Así con este monólogo tan esquivo como la piel áspera de la que me visto cada mañana para obviar cualquier chaparrón; tan imprudente y enjuto como mis contratiempos, nunca a salvo de los naufragios cuando en cada decisión se prevé un mal final. Con este diálogo de mis oídos sordos por los gritos de las normas consensuadas en papeles del bien estar, educada por el eco de la memoria donde Dios ordena y manda, doy un portazo al resquemor que un día se hizo hiel en las entrañas, repitiéndose como el ajo desprendiéndose en gajos. De esta manera sacando las cosas de contexto y los pies del tiesto con todos mis defectos, tantos, que no vale la pena ni contarlos ni de dar réplica a cada uno de ellos.

Muero hasta quedarme en los huesos para renacer de mis cenizas, ave de alas rotas, para volver a construir el nido del que nunca debí echar a volar sin manual de vuelo.

2 Comentarios

  1. De vez en cuando conviene andar por el camino vedado aunque solo sea para contemplar tu trayectoria o para arrepentirse. Siempre se encuentra algo nuevo.

    • Espero que no te arrepientas de leerme. Un abrazo.

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