Pequeñas cosas, reflexiones poéticas y más allá

Pequeñas cosas, reflexiones poéticas y más allá.

Allá donde Atila, El azote de Dios, arrasa los campos de mis labios malva, sesga las palabras con la cizaña de la muerte; saquea las murallas marítimas de unos ojos tan huecos como los agujeros negros de un baldío corazón; profana la tumba en la que yacen la cordura y la sinrazón copulando un acuerdo que nunca llegó a término.

Allá donde arden los bosques enmarañados de mi pelo; el lugar en el que los sismos abaten los cimientos de unas piernas ancladas en el manglar, gelatinoso y lóbrego, tan inescrutable, de mi intuición.

Pasos devastados, aplomados por los grilletes del ayer que arrastro con la hambruna de llegar a la otra orilla, abierta a un mar de consideraciones impropias con la rutina, dueña de mí misma.

Malgasto la energía calorífica en apuestas sin más riesgo que volver a perder la partida, cuando despunta el día con las uñas afiladas para desgarrar heridas.

Me doy por vencida cuando el sol dorado y radiante huye de los grises de las tempestades para esconderse en los mismos tonos, agoreros, agorando el fin de besos y abrazos.

Aunque correr es una resolución de urgencia, un ungüento momentáneo para apaciguar los relinchos del estómago que, al galope revientan en úlceras y llagas que ya no valen la pena para recordarme mis pocas ganas de nada.

No cubro la distancia entre un golpe de suerte que dejó de esperar en la puerta de salida a ninguna parte, y la desesperación de unos ojos que ya no miran de la misma manera que tiempo atrás, cuando los escombros de muchas noches se despertaban con todas las flaquezas.

Tan sólo me dejo llevar en cada marea, cuando el mar se adentra en mis males con los estragos de doler mucho más, la calma deja de ser arena en playas desnudas de gentes abandonadas con toda su soledad, para transfigurarse en decorado de mi vanidad; reafirmando que me sudan las manos y traquetea mi garganta si en el horizonte oteo a otros que con los brazos abiertos se acercan para ser parte de mí.

Entonces, quiero indultar todas las dudas para evitar un naufragio más, mas me pueden las brechas que zozobran mi universo de estrellas que no brillan ni en invierno, cuando el ocaso lo cubre todo y la luz, no es más que un eufemismo prohibido de enunciar.

Con el disturbio que engendran los dedos hago nudos con mi pelo, en un bosque de hierbajos y de hiedra trepando por las grietas que resquebrajan mi ahora y mi aquí.

Pequeñas cosas que estallan por los aires detonando en mi subsuelo.