A quién le importa

«Hacemos de nuestra capa un sayo», reflexión, pensamientos, manifiesto

A Verónica y a todas las mujeres que «hacemos de nuestra capa un sayo»

Un runrún borbotea en mi cabeza, es la canción de la incombustible Alaska, «A quién le importa», se repite una y otra vez, tan machacona ella queriendo dominar todo lo que pienso.

«La gente me señala

Me apunta con el dedo

Susurra a mis espaldas»

Me detengo en, ¿este verso?, el que continúa, «Y a mí me importa un bledo.», no es tan cierto cómo quiero creer y que lo crean demás. Educada en los convencionalismos de una sociedad que se ocupa más de mirar por «el ojo de la cerradura», entre los chismes del qué dirán y las envidias calificadas de sanas, cuando quieren decir, «me muero por ocupar tu lugar». Mi desconcierto inicial ya no es tal, cuando la experiencia de la vida te enseña que dónde una vez dijiste que «tú no serías capaz», después se revuelve contra ti, convirtiéndose en realidad.

No por ello, cambiar de opinión, evolucionar con los tiempos o, tan simple como ser arrastrada por las circunstancias te sentencian a penar una condena social de la que muchos son tan responsables como la actriz principal. Una cosa está clara, de nuestros actos somos responsables, asumir sus consecuencias es la asignatura pendiente por aprobar. Mas, ello no significa llevar colgado al cuello una etiqueta de hierro que sesgue tu vida por siempre jamás. Etiquetas tan fáciles de catalogar por quiénes no quieren «mirarse el ombligo», por el temor a encontrar tanta mierda como condenan.

Recuerdo, aquella escena bíblica en la que Jesús insta a los fariseos…

«—Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra», Juan 8:1-7

Intento girar la cabeza 360º para observar tras mi espalda todos los que acumulo y que, a deshoras me despiertan muchas noches en las que brotan sus pesares, y a destiempo, en muchos días en que la nostalgia me ancla en sus recuerdos. Así, una letanía de ansiedad se desata en mí haciéndome sangre de nuevo en las antiguas costras que, ya no cumplen la máxima del que «el tiempo lo cura todo», pues siempre queda quién no borra tu nombre de sus contactos para volver a hacer daño. Siempre me enseñaron a guardar las formas, a no pronunciar una palabra más alta que otra, a vestirme acorde a la situación, a no despuntar por encima de nadie, sobre todo si era mayor que yo. A decir sí a los imposibles de los demás, a ser complaciente con sus gustos y deseos, a hincarme de rodillas para rezar Padrenuestros por el prójimo, a escribir primero sus historias, pues la mía puede esperar. Con estos titulares colgados de las paredes de mi moral, mi cabeza se desenfrena en contradicciones un día sí y otra también. Me desvelo, como un misto con un estornudo que expulsa sus demonio; me ahogo en el naufragio de mis miserias cuando el vaso está medio vacío. Mi boca desaprende a sonreír, ya no me quedan dientes que mostrar. La piel se desboca en la morbidez de la edad que cuelga por todos lados, rebotando una y otra vez sin encontrar el lugar de acomodo. Me consuelo como una tonta diciéndome que «podría ser peor», que «no hay mal que por bien no venga» y que «el cielo puede esperar». Quizás, por que mi lugar sea el infierno…

O el infierno sea esta puta sociedad que sabe lo que haces o deshaces; callas o dices; piensas o escribes; el rojo de tu carmín o la talla del sostén que aguanta lo que ya no te queda, la dignidad de existir. Esta puta sociedad que estigmatiza tu forma de ser si quieres ser perfecta o, si corres por el filo de la razón. Que juzga la medida de tu falda quemándote las piernas con la mecha de la promiscuidad; si llevas más escote que tetas escondes, despertando los instintos más primarios de los que se aburren con sus propias historias. Que se pronuncia  «tanto tienes, tanto vales»; que se echa las manos a la cabeza cuando te desmelenas; que se tapa la boca con la estupefacción cuando te ven pasar hojas ya gastadas, por ser vividas. Que te señala con el dedo cuando te paseas por la calle de la mano de quién te importa, aunque sea «algo» breve. Un mundo que sabe más de tu perfil que tú misma, y se toma la molestia de dejarte mensajes en tu muro con frases insidiosas donde la mala intención es su epitafio. Una comunidad que, unas veces se esconde en la virtualidad para no dar la cara ni someterse al dictamen de su propia banalidad y, otras tan verídica, como la vecina de al lado congregando corrillos en la escalera para mirarte de reojo y comentar «—ahí va, qué poca vergüenza».

No puedes más con toda la tristeza que se derrama en un manantial de lágrimas negras, encharcándote los pies sin poder echar a correr a otra esquina donde nadie te conozca. A cámara rápida pasan los fracasos, las frustraciones, las infidelidades, las deslealtades… La desnudez rotunda del cuerpo extasiado en el juego del placer contigo mismo, o en la confianza con el que después se convierte en tu propio enemigo, mientras una cámara registra tus descuidos con el amargo de un destino que te obliga a pagar un desliz o quizás, esas debilidades que te subestiman. Te ordenas, te desordenas y te vuelves a ordenar, abandonas los fantasmas en algún desván, hasta que vuelven a aparecer para cobrarse tu valentía o tal vez, por sentirse tan solos que en el dolor ajeno se encumbran al zenit por un momento.

Te enredas con tanto pensar en las culpas, en los golpes que te vuelves a doblar por la mitad, en el barro en que te bañas… Y no aguantas más, son tantos los desperfectos que ni el Loctite más fuerte los puede enganchar con la certeza de que vuelva amanecer otro día. El desenlace a tanto menoscabo, cuando ya han hecho escarnio en la plaza pública, cuando te cuelgan en el patíbulo con una cuerda de la de antes, las que se clavan en la piel, moralinas del tres al cuarto, cercenando lo poco que queda en ti; cuando ardes en la hoguera por tu herejía; cuando ya no queda más de ti que el vacío. Y pones punto y final a tanto dolor.

Te vas, con más ruido del que querías, mientras todos agachan la cabeza, esconden sus vergüenzas, se rasgan las vestiduras, se niegan a ser cómplices murmurando que no sabían nada, qué no imaginaban, qué ellos no han hecho viral lo que nunca imaginabas, las fotos más íntimas, las escenas encerradas entre dos, o las de tus defectos porque perfectas hubieras querido ser, pero no lo has conseguido.

Ahora, cuando tres metros de tierra te cubren, sin más epitafio que, «Aquí yace la consecuencia de una vida, siendo polvo del acoso de otros», cuando nunca entendieron que la libertad se escribe exenta de etiquetas; libertad innata de configurar la vida a tu manera en el límite de no hacer daño premeditado y con alevosía, en la responsabilidad de tus frutos. Sin servidumbres, con la espontaneidad de la improvisación ni más esclavitud que tu conciencia, que es la única que puede acusarte con el dedo.

Ser mujer, y con la voracidad de vivir la vida, no te distingue de todos los demás que se relamen la envidia con tanta cobardía como miedo de ser el que uno quiere ser.

A Verónica.