Dolors López, pensamientos, reflexión, relato, #laprincesayaseve

La fe, ¿qué es la fe? Un salvavida que no te deja a la deriva en medio del naufragio que puede ser la vida. La fe, el dedo que tapa el sol para no cegarte en los fracasos. Quizás sea eso, o un amanecer donde las ganas revientan en mil y una caricia sobre el níveo de unas sábanas que, disputan por ajustarse en las esquinas del colchón. Tal vez, creer que nadie arde en ningún infierno cuando el perdón ocupa su lugar.

No encuentro las palabras acertadas que definan la llamada que interrumpidamente palpita en el corazón. Es un son con sabor a poesía en un cornete de tutifruti, mientras mi lengua ávida de acariciar palabras lame los gustos en una mescolanza de sentimientos confundidos entre el dulce de leche y el amargo de un par de momentos. A pesar de ellos, mis pasos cuando no encuentran la salida correcta saben a dónde deben dirigirse. Es ese rinconcito que sólo ellos y yo sabemos, alejados de miradas inoportunas que siempre marcan la distancia de lo que quieren ver y, lo que es la realidad. Un espacio diminuto en los que los cipreses alargan mi pequeña sombra y las velas no se consumen, pues ahora son de electricidad. Allí me escondo con mis pensamientos, a veces tan inconexos y otros, otros con tantas ganas de volar… Cierro los ojos, creyendo de esa manera que los imposibles no salen corriendo de mí, que quizás aún confían en que puedo mantener pulsos con el amor sin que me falte el aliento y, no desfallecer en cada intento. En ese resguardo, en el que la humedad chorrea por sus muros queriendo acompañar a mis ojos en el perdón de mis pecados, vuelvo a mi liturgia de «querer es poder» y que «nadie muere en el intento». La penumbra de este escenario que mantenemos en secreto, él y yo, adormece las heridas que aún quedan por cicatrizar y, alivia los costurones que estiran la piel en un dolor punzante que no mata, pero incordia. Quizás sus puntadas no fueron cosidas con hilo de pescar que todo lo resiste, más bien, con el de hilvanar entretelas donde se interpretan las mentiras. Aun así, con algún quemazón que otro, logro apagar los incendios que queman mis entrañas durante los instantes en los que juro en un acto de fe que, volveré a la casilla de inicio antes de empezar a jugar. No me importa lo que digan los otros, ni siquiera los demás, ellos, ellos no vienen a socorrerme cuando camino por arenas movedizas ni cuando los cimientos en los que me sustento se desploman dejándome en ruina. Y tantas veces, es así…

Expiados todos mis errores; purgadas las omisiones pues «quién no ve no padece»; resarcida de todas mis debilidades que son muchas; confirmadas mis intenciones que no dudan de su benevolencia, escribo un acto de fe con rimas libres y con la inspiración como medida. Diez mandamientos concedidos a imagen y semejanza de las circunstancias, de una verdad que no siendo absoluta es propia e inalienable a mis miedos y a todos los complejos que recelan de mis pies con la horma «del que dirán» y, mis manos, demasiado diminutas para recoger el agua de los ojos. Redactados con letra clara y redonda como las formas de mis inseguridades, en papel de pergamino para que aguanten las envestidas de los días si la fatalidad se hace norma y, de las noches cuando los sueños son pesadillas. Firmada con la rúbrica que me compromete y, con una nota a pie de página, una aclaración para que no olvide que, en caso de incumplimiento, por si desobedezco cualquiera de sus mandatos, por si olvido que si no creo en mí nadie lo hará; por si agacho la mirada sin enfrentarme al porvenir; por eso y por todas las casualidades que eclipsen mi ombligo y, las causalidades que me anclen a la prisa de llegar con puntualidad británica a todos lados; por eso y por todos los nudos que me desgarren la garganta en el silencio de «callada, estás mejor». Una cláusula que me apremia a pagar una prenda a la vieja usanza:

el libro donde escribo mis secretos.

En las cuentas de mis misterios, escondidos bajo el edredón, y de mis virtudes, aún por conquistar en la cima del Everest, rezo a la nada que reina en los cielos, oro a la omnipotencia del conocimiento y, suplico al espejo que tengo enfrente, concebir en lo abstracto, lo concreto de ser feliz.