La ventana, pintura de Beatriz Cáceres

La ventana, pintura de Beatriz Cáceres, texto y poema de Dolors López

La ventana contempla con la sorpresa en sus hojas de estilo francés, mientras se lame las heridas adheridas en los porticones. Se suspende en la nada con la pesadez de toda la madera de la que está hecha, madera noble que en otros tiempos tuvo mejor vida y que, en su decadencia, cuando el sol desgastó su original en tres tonos por debajo de la que era y, cuando el azote de tantas tormentas ajó lo sinuoso de sus betas en nudos intrínsecos a ella, tuvo que decidir en resucitar o arder en la hoguera de cualquier vanidad.

Ni siquiera las manos de pintura dadas cada nueva primavera, maquillando de alguna manera el polvo que se acumula en sus junquillos, donde se esconden tantas historias que recordarlas, duelen como si de nuevo las viviera, un desconsuelo que gime cuando las bisagras, algo herrumbrosas y descoyuntadas, quieren desperezarse de la apatía que les encrespa por dentro. En la última capa de barniz que aromatiza toda la podredumbre de sus astillas, desprendiéndose de sus batientes, para correr de un final que se anuncia con la torpeza de querer ser eterno; donde los brillos en la penumbra del atardecer se anuncian como sinceros, en realidad son tan patéticos como la tristeza que se vislumbran en su fugacidad.  La ventana se sostiene entre las cuatro paredes que la custodian, con el cansancio en el doble vidrio, empañado por el hálito de una respiración que desde lo más recóndito de la habitación se atrinchera de las demás vidas renacidas de otro invierno más, tras esos cristales enganchados a la fragilidad de perderse en los vericuetos de la imaginación, contaminada por las marcas de las uñas desollando el pasado en tiras de contrición.

La ventana es cómplice con su cremona, la que ordena si airearse con la brisa melancólica del atardecer o mantenerse fiel a su última voluntad, de echar el cierre para no descifrar los enigmas que la luz anuncia como certeros. En esa complicidad, los deseos dejan de existir para no ser más que un mueble que adorna la pared desabrida por el destino.

El rumor de la multitud se hace paso por una brecha abierta en el marco decrépito de la ventana. Vivió tiempos mejores, por sus recovecos hormigas y termitas se han alimentado con ansiedad de toda su vida, es el triunfo de David contra Goliat, paradojas que en sus hechuras describen su mediocridad. El ruido atronador hace vibrar sus complejos con el temor de hacerlos añicos en un plis plas. Exuda todas las lágrimas que le quedan, después de llorar tantas muertes que a sus pies se fueron, para desaparecer en el fondo de un agujero o confundirse con el humo de la ciudad cuando respira cotidianidad. Resbalan por sus aristas todos los recuerdos, en el negativo de fotogramas archivados en algún lugar. Se deslizan por el vidrio derecho todos los besos que un día fueron consuelo para tanta desdicha. Por el izquierdo, pues la ventana de doble hoja no sabe como arreglar la fisura que los separa desde aquel día en que se miraron y se extrañaron; se precipitan las noches sin estrellas, cuando la oscuridad vence a la luna, eclipsada por la casualidad de no orientarse con las mareas. Y aquellas otras, cuando las estrellas estallan en confetis de colores mientras una sonata de jadeos endulzan la noche y reciben el alba.

La ventana se consuela una vez más con un ademán que delata la vejez con toda su soledad, en ese papel que le ha tocado como actuación, un silencio adormecido que se devalúa con las pérdidas, los abandonos…

La ventana, contempla sin responder; calla para no preguntar; se cierra para no aconsejar.

 

La ventana contempla las idas a ningún lugar

Y las venidas del desamor

La ventana respira una nueva vida

ríe con sus hechuras

Y se ahoga con las lágrimas del dolor

si la lluvia la golpea con furor

La ventana adorna cualquier lugar

suspendida en la nada del infinito

Con el cristalino empañado por lo que ve

Y deslumbra, si el sol se cuela

robándole besos para agitar sus complejos

La ventana se abre sin ataduras,

mientras ventila sus pensamientos

a los cuatro vientos

Echa el cierre, hermética y ausente

cuando en penumbra,

la nostalgia se atrinchera con su ser

La ventana añora otros tiempos

Sin los miedos en sus coyunturas

Y la fe como milagro.