Blog literario, la escribiente

Madre, te pido perdón, carta, reflexión

Una fotografía me recuerda a ti, en blanco y negro, para que no me distraiga de colores que resalten sólo lo superfluo, alejándome de la belleza de tu rostro, sencillo como un amanecer y triste como el otoño, cuando la hojarasca resuena a cada paso, rompiendo el pasado. Amagas una sonrisa por debajo de las comisuras de los labios, no muy voluptuosos, pero con la sensualidad ligera de quién quiere conquistar el amor. Cada vez que me deleito en esa fotografía que resaltan tus piernas eternas bajando unas escaleras procedentes del cielo, la melancolía se hace mi amiga, cuando te miro ahora ahí, sentada en el sofá, mientras un duermevela te aleja de la realidad. Tus desperfectos son una casualidad de la vida que te ha tocado por vivir. El castillo de arena que construiste en tus sueños se desvaneció con el primer suspiro cuando el trabajo era prioridad y, el amor se rezagaba en una caja de madera junto a los hilos que acababas de tejer. Mas, él siempre te esperó, a pesar de tus desengaños y la amargura que apareció en el momento que el Sur se alejó de ti. El frío del Norte helaba tu sangre en un deje de conformismo que se acrecentaba con los días, los años, las décadas. Siempre te pudo más el bienestar de los tuyos, cuando las niñas eran tus princesas y tu príncipe, un simple obrero que se consumía con el tabaco en los pulmones y, las horas de trabajo en las espaldas. Corrías tanto por las horas y los meses, que un sesgo de incredulidad amanecía en tus días, sin ni siquiera observar la admiración que provocabas en aquél que tanto te quería. Siempre he tenido la convicción de que, aquél hombre empequeñecido por tu sombra y, de baja estatura, te amaba tanto que no le importaba soportar tu malhumor cuando llegabas exhausta del trabajo y las palabras se extinguían en superlativos esperando la cama. Ese era mi padre, el bien hecho hombre y la paciencia entre los dedos.

No es una crítica, querida madre, asumo que son los tiempos que te tocaron vivir, y yo, madre te convertí en mis rotos. En ti veía lo perfecto de toda mujer, el horizonte que quería rebasar para demostrarte que yo también podía ser primavera todo el año, con tantos colores como momentos. Tus palabras y tus gestos se grabaron en mi mente, y cada vez que me desviaba del camino, ahí estabas tú, desde el cielo del paladar, para indicarme la buena singladura. Quería ser tan tú que me olvidé ser yo, y en ese intento tu princesa se hizo más frágil, y el aire se alió con mi cabeza para elevarme al olvido de ser.

Mi debilidad te cuarteó el rostro, tus ojos aceituna se ensombrecieron por tantas contradicciones congregadas en tu entendimiento… Dejó de importarte tu otra princesa, el príncipe de tus ojos nacido de tus entrañas para heredar, el cara y cruz de todos los sinsabores acumulados en la boca y, el hombre obrero que te acompañaba en la cama y en las conversaciones de domingo, siempre en el segundo plano del encuadre de cualquier fotografía. Pasaron, uno, dos, tres…, hasta treinta años con el sufrimiento entre las cejas, el temor de perder lo más preciado guardado en el corazón; las lágrimas, tu diluvio terrenal; la depresión un apellido más y, la soledad un exabrupto clavada en la cruz de tu madera.

Madre, sólo quiero pedirte perdón, por todo el dolor convertido en la piedra que llevas a cuestas. Por todos mis silencios que te ataron a cualquier renuncia; por mis salidas de tono cuando no tenía más excusas para huir de ti. Por mis abandonos en medio de tu guerra, una desertora de los afectos y de consejos escritos sobre el empapelado de paredes, donde vomitar era el centro de la diana y, el hambre un hueco en mi habitación.

Madre, te pido perdón, por no cumplir los deseos de cambiar el mundo en tu nombre, olvidé los papeles de mi discurso debajo del colchón. Por no ser la balanza, administrando justicia entre el bien y el mal. Por amar con la venda en los ojos, tan ciega que he dado tantos bandazos como errores suscritos. Por ser la ruina de tus agallas naufragando en mares tempestuosos.

Madre, siempre fuiste mi espejo, pero mi vista atrofiada por el astigmatismo distorsionó las imágenes que recibía, y en esa confusión, en esos emborrones, en esas degeneraciones visuales te condené y me condené a este suplicio.

Madre, te pido perdón, por los gritos que he dado a los cuatro vientos; por mis pocas ganas de todo; por llamar a la muerte huidiza antes de tiempo; por el amante que es este dolor que me exprime la sangre…

Madre, te pido perdón por no ser digna de tu nombre, de no ser el milagro pensado en tus adentros; por no compartir el aliento cuando te falta la respiración…

Madre, te pido perdón por los «te quiero» extraviados en mis recovecos; por no cogerte el teléfono cuando el llanto es mi destino. Por los besos que me arrepiento no regalarte en cualquier momento…

Madre, te pido perdón por todos mis pecados, mas quiero que sepas que aún en la distancia, eres mi todo y mi causa para cambiar la versión que soy.

Madre, por ti, para ti, toda mi poesía, todos mis escritos, y mi te quiero.