Blog literario, la escribiente

la-soledad-del-escritor, cuento, reflexión

La soledad del escritor se afirma como una verdad escrita en el aire que respira. Siempre necesaria para rasgar las palabras en la justa medida de la intuición, amparada por las Musas que aparecen cuando menos se las espera, mas, la soledad es el momento idóneo para airear las historias que se quieren contar. Si duele tantas veces, sobre todo si no se busca cuando se impone como realidad, el autor la acaricia en la libertad de echar a volar las palabras que se escapan de sus manos. Y así, frente a la hoja en blanco como fiel compañía, se debate en ajustar con afán toda su inspiración en frases y oraciones que arden en su interior. Buscar y encontrar la primera palabra que rompa el hielo en una primera cita con la obra que centellea en los ojos, se convierte en el desafío de superar toda esa timidez que le embarga, o la vergüenza de quedarse en blanco sin saber que decir. Mas, puede más el flechazo que Cupido lanza en muestra de un amor que no quiere que fracase porque es el de su vida. Olvidas los temores, los días de tanta apatía, el desasosiego de «meter la pata», de «ir de flor en flor» sin abrir sus pétalos a la imaginación…. Al fin el papel refleja la primera palabra, resplandece a contraluz en el blanco del ordenador, titila en una ráfaga ínfima de luz guiando los renglones en una línea continua de la hoja en blanco. Roto el hielo del primer contacto, la conversación se inicia con el tonteo de dos enamorados que se acaban de descubrir. Tras observarse de arriba abajo, de aprehender cualquier mínimo detalle desde la más pequeña manía hasta la mayor de las virtudes, la conversación fluye como si esos dos extraños que se acaban de conocer, supiese el uno del otro de toda la vida. En esa primera cita, el escritor ya se rinde a la historia que se esconde en el papel que es, más romántico que en la pantalla, donde el cursor parpadea en modo vuelo. El creador ya no puede ni quiere huir de lo que tiene entre las manos, sólo desea acariciar y moldear como en un bello sueño, la relación que acaba de iniciar con el abstracto que toma forma en todos sus conceptos. Así nace una bella historia de amor al encuentro de un final feliz, entre las manos de quién puede apreciar lo que se esconde en cada línea, en cada punto que da continuidad; en cada espacio en blanco donde el tiempo se detiene a la espera de resolver dudas y malas interpretaciones, sospechas y desconfianzas. En cada punto suspensivo pendiendo de la cuerda floja de seguir este amor; en las mayúsculas que se visten de domingo y, las minúsculas que doblan esquinas. En los dolores de cabeza, en los insomnios, en el mano a mano de litigar con el miedo de que la historia llegue a buen puerto; en quemar los complejos y la desconfianza de lograr la meta agarrados de la mano, el escritor y su manuscrito.

Con el punto final, se desborda la alegría atravesando la piel del narrador, olvida los sinsabores de los giros inesperados; ignora los momentos amargos cuando la mente en blanco se hace incertidumbre para seguir adelante o detenerse para morir en el intento; delega los instantes agridulces, de lágrimas saladas y sonrisa soslayada en que detiene su vida para vivir la más intensa historia de amor. A pesar de ello, de toda la felicidad de finalizar su obra maestra, aún queda mucho por vivir. Una prueba de fe para demostrar la lealtad del uno en el otro; una prueba de fuego donde la fidelidad entre la Musa y su inspirado se salve sin traumas ni adversidades; sin odios ni ataduras en el ego de ser el mejor; sin rencores ni reproches por no cumplir lo prometido. En todo eso, entre la contradicción de ser feliz ante tanto enamoramiento y, el dolor de perder lo que desea volar por voluntad propia; falta hallar el hogar idóneo para dar rienda a la pasión, a la lujuria que enardece al relatador y su inspiración. Buscar y rebuscar en la agenda; en el listín telefónico; en contactos de amigos y en las fotos de perfil de escritores de renombre… Un trayecto muchas veces tan tedioso, que comienza con los bolsillos llenos de ilusión, continúa desgastando la suela de los zapatos; se desgarran los nudillos tocando puertas que se cierran antes de abrirse; correr más deprisa de lo normal para chocar con muros donde fracasa toda la inspiración… Es entonces cuando de nuevo se ve sólo frente al espejo que, se divierte de las ansias de no poder pasear su suerte; sólo por las calles, extrañando la gloria que nunca llega en escaparates que devuelven el fracaso de no cumplir horarios del momento oportuno en la espera de tropezar con el lugar apropiado.

Despierta, despierta el escritor del sueño que aletarga sus días en quimeras quebrantadas, mientras su Musa duerme en el cajón a la deriva de sus pesadillas.

Y se pregunta:

—¿Merece la pena?