Un lunes cualquiera de una semana más

Blog literario, la escribiente

Un lunes cualquiera de una semana más. Relato

Levanta la persiana como cada mañana, un lunes cualquiera de una semana más. La joven con el pelo, aún alborotado de una noche entre los sueños y las pesadillas, aprieta con fuerza el terminal que no centellea como otras mañanas. Extrañada, comprueba los ajustes de configuración, pues algo perpleja si se encuentra de que, sus amigas no le hayan dado el toque de buenos días, ni que el admirador que la ronda desde hace unos días, no le haya puesto una frase empalagosa en el «history» de Instagram. Verifica que el móvil está correctamente ajustado y, con la mosca tras la oreja comprueba que la señal de wifi ha desaparecido. Ni siquiera una raya que muestre señales de dudas, mientras escucha un eco debilitado por unos gemidos cansados, es su madre en la habitación de al lado, sollozando debajo de la almohada. Ello le inquieta mucho más, y piensa, —si la mañana empieza mal, el día acabará aún peor—. Vacila si entrar al cuarto de la madre o seguir batallando con el terminal, mas, el temor de perder la vida que tiene tras la pantalla le puede más y, con paso decidido se dirige al mueble del comedor, bastante desgastado por los años y por los rayos del sol que en días luminosos se ha ido comiendo el color noble del que fue en sus mejores tiempos. En la consola principal donde reposa una televisión de 19 pulgadas bastante diferente a la que en otros tiempos reinaba en el que había sido su hogar, una de aquellas de pantalla plana, sonido «home cinema» y 55 pulgadas, un lujo de unos pocos; se disputa el puesto de honor con el «router», ese aparato que la conecta al mundo, donde los amigos se encuentran en chats de adolescentes en un idioma que sólo entienden ellos. La chica se acerca para verificar que las seis lucecitas que intermitentemente permanecen siempre resplandecientes perviven, pero para su desesperación estas han desaparecido, tan sólo la oscuridad se ha apoderado de aquel chisme que triste por su oscuridad nada más resalta el dedo de polvo sobre la superficie. Ella intenta reiniciar el aparato, reseteando sus movimientos, aunque un «no» recibe como respuesta. Sin necesidad de agudizar el oído, el llanto de la madre aumenta en proporción a su propia desolación. Ello aún le sobresalta más, y, con paso decidido y  muy confundida se dirige a la otra habitación, donde se esconde aquella mujer que entre sollozos se hunde desamparada en un colchón tan delgado como los restos que recoge. En ese instante, en el que la adolescente atraviesa el quicio de la puerta donde la madre se pierde en sus miedos con lloriqueos hiposos, se apercibe de la pequeñez en que se ha convertido aquella mujer que en otros tiempos caminaba elevada en unos tacones de diez centímetros cada día con la seguridad de no caer a cada paso. Esa mujer que en su recuerdo no era capaz de salir a la calle sin el «lip gloss» brillando en sus labios, sin el «eyer line» resaltando el azabache de sus ojos ni la base de maquillaje mate ocultando las incipientes arrugas de una madurez bien asumida. Esa mujer que vestía las últimas tendencias de las revistas de moda y, se dejaba aconsejar por su estilista con los nuevos tonos de mechas y reflejos para su aburrido castaño. Esa mujer que no se dejaba vencer por los demás cuando la amedrantaban en aparentar la clase que eran, pues en ella la elegancia era instinto y genética. La joven evoca esa mujer que ya no es, la pérdida de peso se refleja en su ahora cadavérico rostro; los huesos de los hombros son un vacío intenso y los de las piernas no son más que una huida de la poca masa que le queda. Tan escuálida se ha convertido que ni siquiera le acompaña su propia sombra. Es en ese instante, cuando la chica admite las mentiras con las que tapa lo que a los ojos vistas sucede. El declive, la agonía en que vive aquel espectro de mujer desde hace un año. Un año ya en el que sus vidas, cambió en un chasquido de dedos, cuando aquel hombre con los que habían compartido existencia y pasado, las desmerecían por otra más joven y tersa. Su madre cayó en caída libre en un descenso mortal y sin límites, al total abandono del «amor de su vida», único y excepcional, imposible de encontrar, irremplazable, increíble y fiel. El que le hacía brillar entre las sombras cuando dirigía su voluntad; el que despertaba su sensualidad si se mostraba remolona en noches de días extenuados por el trabajo. El guía de línea recta sin torcerse en los renglones. El que tenía siempre la última palabra… El hombre que miraba por ella, el que marcaba el ritmo de sus caderas cuando salía a la calle, el que se ufanaba de tanta belleza… El hombre que todo le dio, el hombre que todo le quitó con un portazo en la cara.

Hace ya un año desde que su madre dejó de luchar, en su lugar, la depresión y la pesadumbre apareció, los zapatos los arrastra, el pintalabios se emborrona en su cara, la línea de ojos cuelga de sus ojeras y ya no hay marca de maquillaje que oculten los diez años encima que le penden de la piel. El trabajo ya no es su prioridad, ni siquiera ocupa ya un lugar, los lamentos lo reemplazan. Las facturas esperan la orden de pago encima de un rincón del mármol de la cocina. Los acreedores tocan la puerta un día sí y otro también, reclamando deudas de aquel que tanto fue, un timador, vendedor de humo que se desvaneció como un cigarrillo sin dejar más rastro ni un adiós. Desesperada, todo ha tenido que vender, el anillo de compromiso de un amor inquebrantable; el Mercedes de clase A en el que se pavoneaba de su suerte; la televisión donde el cine no era sueño; los vestidos de Versace para los grandes acontecimientos; los bolsos de Carolina Herrera donde guardaba el «cash» del que disponía y las tarjetas Visa Oro de las que alardeaba en las tiendas más «chic». De la noche a la mañana, el desahucio se hizo efectivo, el chalet en la urbanización con seguridad privada se subastó al mejor postor. Un apartamento prestado del único amigo que no las abandonó se ha convertido en el refugio donde llorar las penas y lamentarse de las pérdidas.

La adolescente recuerda el último año, cuando se despidió de la escuela privada y de los amigos de una infancia programada, en clases de ballet, equitación y tenis. Del bilingüismo de su círculo, de los viajes en  «business class» por países exóticos y de fiestas de cumpleaños con magos y regalos. La joven echa la mirada atrás por unos segundos, en la melancolía de un paraíso perdido, mas la realidad es cierta y fiera, y nominada sin más por las circunstancias a no temer al porvenir, se encara con ella y entra en la habitación donde en un soliloquio que dura ya demasiado, su madre echa la culpa al destino sin levantar la mirada. La chica endurecida por la furia de perder lo único que le queda: aquella mujer; la zarandea con tal fuerza para que la mire a los ojos y vea, compruebe que basta ya de tanto lamento, que la vida cuesta, que la verdad es una, y es aquella en la que se encuentran, un desastre que necesita un remiendo urgente para volver a salir a flote con la humildad del que lucha y nunca abandona.

En un lapso de lucidez, la madre despierta de madrugadas inciertas donde los sueños son pesadillas en la almohada, donde cabalga por bosques habitados por monstruos invencibles y sin héroes que la salve del sueño eterno. De repente, un chispazo en el contacto con la joven que la agita con rabia y desespero y, que le grita, —mamá, reacciona, joder reacciona y actúa—, le devuelve la suficiente cordura para recordar que está pasando.

Madre e hija se miran a los ojos, se chequean de arriba abajo. La madre reconoce a la hija que un día fue niña y que, ahora es una prematura mujer con los arrojos en la cabeza y la madurez de lo que les acontece. Una adolescente a la que le sobra el dolor y requiere de un presente para siempre. La hija contempla de nuevo a aquella mujer subida en unos tacones pisando fuerte, sin rememorar lo que fue sino lo que es: una mujer con argumentos para volver a empezar de cero.

Madre e hija se funden en un abrazo, comprueban que el amor está en otro lado, lejos de aquel que de tantas desgracias las proveyó y que tanto les robó. Las lágrimas corren ligeras en un caudal que mana por primera vez, ausente de tristezas, para ser la promesa de dejar el tiempo pasado por el camino.

Un nuevo inicio despierta en la habitación a pesar de todas las heridas que aún supuran por los rincones y, los muebles viejos que tienen por compañía, renquean.

Como si no hubiera pasado el tiempo, una madre y una hija hablan de la valentía de la vida, un lunes cualquiera de una semana más.

2 Comentarios

  1. Es la vida misma. Bello rrelaro

  2. Es una historia que me resulta familiar, cuyos personajes me resultan conocidos, en que el final se adivina desde el principio, pero aún así es una historia que mantiene enganchada mi atención, como hipnotizado, temiendo que mis presagios no se cumplan, a la vez que esperando que lleguen al puerto esperado. Es un relato en que la maestría con que se ha escrito te mantiene pendiente de su propia redacción sin que importe demasiado si el final es el esperado… bueno la verdad es que si importa. Me ha gustado mucho Dolors.

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