—Mamá, sólo fue un mal sueño.

 

Blog literario, la escribiente

—Mamá, sólo fue un mal sueño. Relato. Imagen: Laura Makabresku

Las manos trémulas de la madre se desatan en gestos de difícil comprensión para la joven, que con los ojos anegados en un mar de lágrimas imposible de navegar, asiste con la espalda adosada a la pared fría y pétrea de la habitación, cómplice de toda la situación. Los dedos desenfrenados de la mujer que, disimula las arrugas de la piel en su pequeñez, y entumecidos por una artritis que le restan dignidad al poder de asirse a las caricias, se disputan un espacio con el aire que decide dejarles su lugar para evitar cualquier confrontación. La boca, desbordada de improperios, de quejas no resueltas de otros tiempos; de blasfemias inconfesables…, de lamentos y agravios conservados en una lata con fecha de caducidad. La mujer de mandíbula desencajada por la amargura del momento, rechaza cualquier sonido que venga fuera de su mente. Su cerebro perfora una y otra vez, incesante, la defensa de sus trincheras, aposentadas en una montaña de complicado acceso denominado, por terapeutas y especialistas en la materia, como depresión. Ella, solo entiende la premura de sabotear la realidad con gritos apegados a la congoja, vencida por una razón que habita en el des(quicio) de la puerta que da acceso al equilibrio.

La joven aturdida por las imágenes que, observa desorientando su voluntad de reaccionar; no deja de susurrar con el miedo ahogando su voz, —mamá, por favor, para ya, para ya—. La mujer no oye a la joven angustiada; no escucha a la «niña de sus ojos», no atiende a las súplicas y el desconsuelo de la chica, cuya palidez se desconcierta con la soledad de una bombilla que, desde el techo se mantiene leal a la escena. La madre sabotea cualquier intento de acercamiento de la adolescente que, con el temor de dar un mal paso, procura la ternura, mientras ella litiga con un ejército de espectros que invaden su memoria. Un quejido, un aullido de una loba herida de muerte, estalla en el corazón de la perturbada; la respiración se le para por unos segundos que se hacen eternos para la chica que expectante y contrariada no sabe qué hacer, el nazareno se adueña de la madre, mientras golpe a golpe como si formase parte de los 400 de Truffaut, desafina sus movimientos desubicados de donde nacen. La espuma nívea y espesa, fruto de la cólera que sale de sus entrañas, desdibuja aún más el rictus vencido por el resentimiento y, un resquemor que le escuece en las mejillas. La adolescente presa de tanto dolor, y de la ruina que tiene delante, quiere abrir la única puerta de esa habitación claustrofóbica y mezquina que, pueda salvar de algún modo a la madre que la parió.

Sin perder el horizonte marcado por los gestos obscenos y belicosos de la mujer; muecas matando moscas inexistentes; aspavientos para sacarse del cuerpo los demonios que la dominan; tics exorcistados en las retinas que se acodan en ninguna parte… La joven inundada por tanta locura, con el fracaso de haber perdido antes de empezar; rota por el sufrimiento que cae a sus pies; desamparada por el sigilo de los ausentes tras la pared que, callan tanta demencia; dominada por el alma en pena que anda de aquí para allá sin saber que baldosa pisar; obligada a la inmunidad de cualquier sentimiento que se avenga a la pobre loca; comprometida a buscar respuestas a su corta edad…

Se aproxima con la cautela de ponerse a la altura de la madre que se debate en una refriega con su propio cuerpo, asqueada de lo que proyecta. La distorsión de unas manos gangrenadas por la rutina de morir en vida; unas piernas que no aguantan su propio peso cuando huyen de lo liviano para abordar lo mórbido concebido. Un pecho fuera de su caja de música, sorda de tanto latir sin más sonido que no existir; arterias y venas encharcadas por burbujas de aire contaminado por la desidia de no descifrar esas voces que, martillean con la persistencia de la gota de agua en la piedra del camino. Huesos carcomidos por la carroña que sobrevuela su vida, extirpando un ojo por aquí y un riñón por allá, cobrándose deudas pendientes con intereses usureros de recuerdos saboteados por enemigos desconocidos. Dientes fuera de lugar, incapaces de morder más allá de la culpa que, en caída libre infectan su boca en un herpes repulsivo y repelente de besos anhelados en otra historia. Una maraña de pelo esclavizado a rendir cuentas en cualquier momento, olvidadizo de la fe que un día mojó sus encantos.

La hija, una vez que apaga el fuego de su corazón que arde por la desesperación, logra poner la mano sobre el pomo de la puerta, helado por un pasado de desabridos, entreabriendo una brecha por donde se cuela una ráfaga de aire fresco aliviando el ambiente de pesadumbre y, un haz luminoso del sol de una primavera incipiente que, ciega por unos instantes a la madre que yace sobre el anquilosado suelo, embrutecido por tanta agonía.

Un silencio respetuoso impera en el instante, mientras la madre se dobla sobre sí misma, y en posición supina se recoge para guardar sus vergüenzas; la hija la contempla con el amor agarrado en su pecho y en un acto de valentía, se acerca a la madre llorosa y penitente, para decirle:

—Mamá, sólo fue un mal sueño.

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