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LUCÍA Y EL REPOSO DE LAS PALABRAS de Pepa Fraile

Me peina el viento los cabellos 

como una mano maternal:

abro la puerta del recuerdo 

y el pensamiento se me va.

Son otras voces las que llevo, 

es de otros labios mi cantar:

hasta mi gruta de recuerdos 

tiene una extraña claridad!

Frutos de tierras extranjeras, 

olas azules de otro mar, 

amores de otros hombres, penas 

que no me atrevo a recordar.

Y el viento, el viento que me peina 

como una mano maternal!

Mi verdad se pierde en la noche:

no tengo noche ni verdad!

Tendido en medio del camino 

deben pisarme para andar.

Pasan por mí sus corazones 

ebrios de vino y de soñar.

Yo soy un puente inmóvil entre 

tu corazón y la eternidad.

Si me muriera de repente 

no dejaría de cantar!

 

Me peina el viento de los cabellos  de Pablo Neruda

 

Cuántas veces a lo largo de nuestra vida buscamos una excusa intencionada o, a veces, las mismas circunstancias qué nos desemboca en ese río de aguas turbulentas que son los recuerdos. Reafirmándome en las palabras de Woody Allen, “…y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido”, las dudas de sí, el recuerdo almacenado en un momento concreto quiere serlo o es más, una pérdida que se sufre con tanto dolor que la melancolía la ornamenta de la realidad que se quiso y no se tuvo. El recuerdo no se puede argumentar sin su contradicción, el olvido. ¿Recordamos para olvidar? ¿Olvidamos para no recordar?, cuestiones que se plantean más de lo que se pretende. La distancia es esa línea en el espacio y/o en el tiempo que distorsiona la realidad, adaptándola a la necesidad más acuciante del momento. Evocar el pasado no es un acto que se ajuste a coordenadas estrictas y asépticas de la memoria, la imparcialidad de lo vivido se difumina con el tiempo y se engañan con nuevos sentimientos; nuevas versiones sobre un mismo suceso; valoraciones y apreciaciones sobrevenidas cuando se evidencia la verdad absoluta, registrada en boca de todos los protagonistas del recuerdo.

Recordar para olvidar; recordar para expiar culpas; recordar para reconciliarse con la realidad; recordar para empezar de nuevo; recordar para vivir; recordar para perseguir la verdad… El recuerdo, como herencia, es lo que siento para definir Lucía y el reposo de las palabras de Pepa Fraile, en una palabra, aunque tras esa palabra que encierra un solo significa se esconden tantos sentimientos, pensamientos, sentidos y emociones…, reposan tantas vidas, qué describir esta historia de amor y mucho más, en una sola palabra, es una forma sencilla por mi parte, para traerla a mi memoria y analizarla con los honores que merece.

Debo sincerarme, es el primer libro que leo de Pepa Fraile, podría elaborar una tesis muy personal sobre lo que me despierta uno u otro autor, según lo que veo a través de las redes sociales y, de curiosear su trayectoria y obra. Puedo decir que, unos me anestesian y otros, una necesidad de saber más leyendo su trabajo, pues en un primer contacto la piel se me eriza. Es el caso de Pepa Fraile, su seriedad para promocionar su trabajo, la cautela y la calma que me transmite su trayectoria y, esa positividad y encanto que le da a sus presentaciones son razones más que, suficientes para saber como escribe. Y sin pecar de vanidad, aún puedo comprobar que no me sigo equivocando cuando apuesto y confío en un autor, en este caso en Pepa.

Lucía y el reposo de las palabras, en la complejidad de una trama donde dos historias paralelas se simultanean con idas y venidas en el tiempo; en los vericuetos emocionales de sus protagonistas; en la escenificación de los sentimientos alrededor de la creación artística como un fondo que, en silencio contempla la obra de sus autores con la condescendencia de quién respeta sin juzgar lo creado. Lucía y el reposo de las palabras es una declaración de amor sin más compromiso que la aceptación; un testamento abierto con necesidad de su reconocimiento; un diario íntimo e intimista donde descubrir las vueltas de la vida y cómo un hecho, un solo hecho cambia el destino proyectado en el horizonte en el reposo de las palabras que lo configuran; un enigma por descifrar; un perdón por admitir; errores y remordimientos por discutir y asimilar. Lucia y el reposo de las palabras, es más que una novela romántica, es la exaltación del yo con sus luces y sombras en una conversación entre tú y yo a media voz. Es el tiempo rindiendo cuentas creyendo que, los milagros existen y son necesarios, impregnando el aire de armonía y vida.

Bruno Radocolo, un escritor sumido en el dolor de la pérdida de su esposa, Amina; abocado al alcoholismo para ahogar sus penas; falto de inspiración y de Musas para volver a escribir con ilusión; un «urbanita» controlador que rehúye de su infancia; un padre «discapacitado» tras amputarse la paternidad por los remordimientos y la inseguridad; un ser anodino dormido en sus vencidos laureles; un desamparado que sobrevive en la tristeza y la nostalgia de un pretérito presente; un huérfano falto de una última conversación con una madre recién muerta; un naufrago buscando su identidad. Bruno, en el proceso de entender que es ser un «viudo» debe hacerse cargo de la herencia legada por su madre, Lucía. Para ello se desplaza a Villahermosa del Río, lugar donde su madre pasó una parte importante de su vida y donde finalmente murió. Aunque en un primer momento, Bruno esquiva los recuerdos vividos en aquel lugar durante su infancia, con la necesidad de liquidar todo aquello que lo arraigue con aquel pueblo que le aleja de su altivez. Pero, un accidentado tropiezo con Arlet, una terapeuta que ejerce entre el pueblo y Barcelona, le obligará al reposo durante semanas que transcurren entre el dilema de liquidar todo el patrimonio de su madre, para hacer borrón y cuenta lejos del lugar. Y la magia que desprende la casa de su madre en recuerdos de «aquellos maravillosos años» de su infancia junto al descubrimiento del diario secreto de Lucía, estratégicamente escondido para ser descubierto obligarán, a Bruno a replantearse de nuevo su vida. En el transcurso del tiempo entre una cosa y otra, el escritor se debatirá con sus monstruos, con su pasado, con los secretos jamás desvelados, con la soledad y las ausencias, con el arrepentimiento y la conciencia, con el amor renacido en la confianza y la aceptación, con la inspiración renovada en la humildad, con el papel del padre olvidadizo, con el descifrador de la verdad y el que abre los ojos a su entorno, con el que se reinventa y crece en su interior de menos a más. Con el inventor de historias y el que resigue la suya propia.

«… la vida era una sucesión de planes incumplidos, un cúmulo de circunstancias sin control y una mierda»

Paralelamente a Bruno, en una dimensión extracorpórea, levitando con la punta de los pies en el alambre que es el tiempo, uniendo lo pretérito con la verdad; en la voz tenue y calmada para no romper las palabras en fragmentos imposible de juntar;  la que pinta las heridas de la vida con los colores del arcoíris mientras las lágrimas acontecen como lluvia del porvenir; la que describe y reescribe su  destino en la anemia de las ganas; la que espera un imposible como respuesta a los golpes de la vida; la que añora anestesiada en el trabajo; esa que hace de su fragilidad su sayo cosido con templanza; la novia eterna con el vestido guardado en el baúl del olvido; la que deja la puerta entreabierta para que entren los sueños pendientes; la que se sumerge en la pena, la traición y una conciencia con acento italiano; la que se distancia para no lastimar; la mujer que convive con la hipocresía de su época y los instintos más primarios; esa que teme ser un reflejo en el espejo con miedo a caer en el abismo; una Audrey Hepburn de belleza eterna en el infinito del desencanto. La «…mujer un poco enigmática. Culta, discreta, amante de la música, la historia y la literatura.». Todas esas, son sólo una, Lucía Radocolo, la madre inesperada, la melancólica y serena con los detalles; la que no rompe el cordón umbilical con la familia; la que se adapta a las circunstancias. Lucia, la enigmática, reservada y esquiva, se desnuda en cuerpo y alma en los diarios que escribe a lo largo de su vida, para llenar los vacíos de la ausencia de Paolo, el amor de su vida y, apaciguar la conciencia en el amor de Pelayo García, el marido que la intenta sorprender una y otra vez.

En Lucía y el reposo de las palabras, la historia de los dos protagonistas, dejan de ser paralelas para converger en el punto final de un desenlace, donde ambos respiran la paz que buscaban. Mas, necesitan de otros personajes coadyuvantes que intervienen de tal manera para que ellos crezcan más y más. Como Arlet Centelles que representa la seguridad y la confianza, «una inyección de atrevimiento y una explosión de rebeldía»; Amina, un aura siempre volando sobre las cabezas queriendo ser ya un recuerdo muerto y enterrado para dar alas a Bruno; Octavio, el amigo y agente literario que vela por la salud mental y la economía de su cliente y mejor compañero de vida, con la verdad en la garganta. Paolo, el hombre dormido que despierta para hacerse siempre. Pelayo, el vividor y desconocido padre que en su imperfección se esconde el amor.

Pepa Fraile, cuidando todos los detalles, sin dejar nada al azar, atando nudos; deslizándose por las palabras con la cercanía de los tiempos actuales y, rememorando una época de posguerra entre Italia y España, describe con nombre de mujer dos historias de amor, desamor, soledad, nostalgia, traición, pérdidas, ausencias, vulnerabilidad, estereotipos, secretos, remordimientos, venganza, encuentros, reconciliaciones, aceptación, apatía, fragilidad, frustración, inseguridad, insatisfacción, infidelidad, lealtad, inconformismo y libertad. La autora escenifica cada capítulo con sentimientos y emociones acordes al tiempo y el lugar. Ambienta cada secuencia con la descripción justa y necesaria de lugares algunos idílico como Venecia; la Barcelona cosmopolita, y la plana de Castellón como el núcleo de todo el relato, Villahermosa del Río. Siempre alternando el presente con el pasado con la sabiduría de no confundir al lector entre una historia y otra; además de arrastrarte a través de ella con un hilo invisible del cual no te puedes desprender, obligándote a leer más y más sin darte respiro. Mas, en los entresijos de la novela se respira sosiego con una brisa fresca y ligera que enreda de tal manera para que el lector reflexione. Los protagonistas son los narradores en su tiempo presente para que el lector caiga rendido a sus brazos.

Leer Lucia y el reposo de las palabras me ha devuelto una calma añorada y olvidada. Una reconciliación con el yo y un intimismo que anhelo en mucho de lo que leo. Y todo ello en un recorrido ameno y con el buen sabor de un vino que ha macerado el tiempo necesario para deleitarnos en su ambrosía. Muy recomendable, no puedo decir más y sin duda, seguiré leyendo a Pepa Fraile que demuestra dominio, profesionalidad y a la vez sentimiento y emoción.

«…la vida es un círculo que busca en sus torcidos senderos cerrar todas las puertas para respirar al fin, formando las piezas del «todo» que acaba siendo absoluto»

«El más dificil no es el primer beso sino el último.» – Paul Géraldy

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