Blog literario, la escribiente

Enrique Laso, escritor

 

«Llegué a la vida Como una explosión de estrellas, Como la invención de Todas las palabras, Como un grito que se hubiera Estirado para Crear otro lenguaje Llegué con todo el poso Del tiempo deseado, De los años desvencijados que Arrastraban mis padres, De los recuerdos rotos de mis abuelos, De las grietas abiertas Por el Universo en la piel carcomida del espacio Llegué como llegan todos los hombres: Con los ojos abiertos para Ser abastecidos de luz y esperanza, Con una capacidad infinita para Abrigar los sueños…»

Cuando pensé en homenajear a Enrique lo hice por un dolor en mi conciencia. Desde que me inicié, en el mundo de las redes sociales y de la literatura, uno de los primeros autores con el que me encontré fue con Enrique. Era fácil tropezarse con él en Twitter, sus posts te saltaban automáticamente de la misma manera que la brisa del Levante enreda la melena. Publicitaba y promocionaba sus libros, más de 200 libros publicados entre manuales y novelas, así que simplemente en promoción tenía que dedicar un tiempo muy importante para ser visible y, lo más importante, que lo viese todo el mundo que entra en redes captando su atención. Todos los que nos movemos en ellas, en esa madeja de circuitos que vienen y van por un espacio infinito e incomprensible para aquellos que no entendemos la tecnología más allá de apretar un botón de «enviar», sabemos el valor de la expresión «ser visible». Enrique, no sólo era aparente, sus tuits se diseminaban a lo largo del día, como las margaritas de una primavera florida y lluviosa; luminosa y benevolente. Los ojos de seguida se detenían en la portada de los Crímenes Azules y en ese añadido de que era el autor más vendido de ebooks, dos millones. ¿Cómo no detenerse ante el mayor referente para un autor independiente? Así para una neófita como yo, que tropecé en este mundo por una casualidad, aquel hombre de sonrisa eterna era y es mi ejemplo. Y es que todos quieren ser Enrique Laso, todos los que se inician por un motivo u otro, en este mundo tan complicado de escribir y publicar. Más aún, cuando se roba el tiempo a los días al finalizar la jornada laboral, cuando sacrificas sábados y domingos a la familia, los amigos, las aficiones…. De repente, alguien parece tener la pócima del éxito, un mago que de su chistera surge el triunfo como el que no quiere la cosa. ¿Y quién iba a apartar la mirada del prestidigitador de tus sueños? Así era Enrique, no sólo un ilusionista, en el sentido estricto de la palabra, cumplir sus ilusiones, si no que no improvisaba lo que hacía, lo tenía todo bien estudiado y analizado. Por ello, era un especialista de marketing,  Licenciado en ADE, Diplomado en Marketing, Master en Dirección Comercial, Master en Dirección de Marketing por el ESIC y PDD por el IESE). Este pacense, que no le asustaba madurar, sus 46 años escondían el niño grande que quería seguir siendo, había dejado de ser la Roca del primer relato que escribió con 8 años. Dejó de ser un pedrusco abandonado en cualquier camino, para convertirse en un sol inspirador. Luz azul que entraba y entra a raudales por cualquier dispositivo en formato digital olvidándose de ser El Rumor de los Muertos para revoletear en el universo de Libélulas Azules. Ese hombre-niño que corría a contracorriente de Eolo, para llegar a la meta como ganador, necesitó de Infancia Perdida,

“Hacía dos años que había pasado tres días en coma por un intento de suicidio: no podía soportar mi fracaso existencial, esencialmente como escritor. Había ganado ya varios premios literarios, pero ninguno de suficiente entidad. Este poemario lo consiguió, y me abrió las puertas a una sucesión de maravillosas experiencias relacionadas con la Literatura. Entre ellas, ser mi primer libro publicado, en 1995”, para arañar la realidad y soñar que “Allí las horas se comían plácidamente unas a otras”.

Él mordía la vida con ahínco, y no se mordía la lengua, Facebook eclosionaba con sus denuncias, ya fuesen sociales, ya fuesen para criticar a su plataforma de despegue que era y es Amazon. No tuve la oportunidad de saber que opinaba de capitanear, un barco llamado «Generación Kindle», liderar la autoedición en plataformas digitales y valerse de las redes sociales para vender lo que escribía.

Escribir, un arte; no todos estamos preparados para ello. Creo que Enrique estaría de acuerdo conmigo en negar la afirmación de que «todos pueden escribir». ESCRIBIR con mayúsculas no sólo precisa de saber combinar palabras con cierta gracia, y que suenen bonito a los oídos. Escribir es un don, es algo innato que te corre por la sangre y que palpita en la cabeza con tanta insistencia, que se escapan de ella para ser ideas con significado. Escribir para que te lean despertando en le lector la inteligencia y removiendo sus entrañas. Y eso no todos podemos. Pero, Enrique sí, su genialidad relucía en sus ojos, y los transmitía en el folio. No sólo sabía trabajar con método y disciplina, la necesaria para documentarse y plasmar toda su sabiduría con el hilo irrompible por el que el lector se aferra sin caer en el vacío de lo insulso e insípido. Enrique te cuida, de asesinos sin escrúpulos, y te guía con la cordura de quién no quiere caer en la locura de debatirse si ser o estar.

«Ya nada de mí mismo tengo

Vago por el mundo poseído por el terrible dolor

De estar y ser en cada una de las cosas

De amar y vivir en cada uno de los elementos»

En ello coincidía con él, quizás fue eso, reconocernos en todas esas inquietudes que a días se convierten en un llanto interior que se desborda por los sentimientos sellando la boca, y otros días se desbocan para desbordar las palabras. Y Enrique desata todos esos conflictos interiores en que los humanos coincidimos, esas luces y sombras que proyectamos, aunque no queramos.

Más allá de los números y las estadísticas, dos millones de libros vendidos, número uno siempre en las listas de Amazon, trece seudónimos con los que despistar al lector, 200 libros publicados, récord de España en atletismo de 800 metros lisos… Más allá de todo eso y mucho más, de ser abanderado como autor independiente, sin reglas ni compromisos que aten sus escritos; promotor y vendedor de sí mismo; reflejo de noveles que quieren seguir sus pasos, pero él corre tanto y tanto, que seguir su estela es tan imposible como las intenciones colgadas en el aire. Más allá de codearse con los más altos poderes que nos dominan, experto y analítico de la sociedad… me quedo con el ser, con el amigo, con el conversador, con el rompedor de normas, con el que corre con la libertad y su verdad.

«No dejes nunca más que

El viento celoso arrastre aquellas frases

Construidas tan solo para abastecer

Eternamente mi memoria»

Me quedo con el que no le importa ser el maestro que todo lo enseña, sin egoísmos ni vanidades; con el valiente que no se detiene ante los imposibles; con el padre que ama por encima de todo y que engendra la fuerza, la templanza, la alegría, el ingenio y el ejemplo de lo bien hecho desde la disciplina, el sacrificio, el método, la curiosidad, el aprendizaje y el amor a una hija orgullosa de ser quién es, la hija del hombre que todo lo pudo. Me quedo con el que nació siendo poeta,

«La palabra niña salía de tus labios

Como un cristal.

Como un pedazo de cielo penetraba

En mis manos,

Y las hacía callar para siempre»

Con el provocador de conciencias,

«La muerte es el mejor invento de la vida

Retira lo viejo para dar paso a lo nuevo

Ahora os toca a vosotros, es vuestro turno…»

Con el creador de historias, con el que no se rinde, el optimista y positivo a pesar de los pesares. Al cercano, al espontáneo, al retador, al consejero, al cálido… Al libertador de libélulas azules, agua y aire, metamorfosis de avanzar con los misterios de la vida y de la mente. Al alegre, el humilde y el noble que siempre encuentra la manera de calmar a los que tienen prisa por llegar. Con el que se adapta a las circunstancias, el que mantiene el equilibrio y se contorsiona en la cuerda floja con la levedad de entender que pasamos por la vida para ser recuerdo. Con el que nace y se renace y no cae en el olvido de donde proviene; con el que calla las bocas de quiénes no ven más que un triunfador. Con el que te zarandea para que despiertes.

«El tiempo

Que es como un viajero de segunda,

Se fue dejando la ropa en la ventana,

Y de ellas ha quedado

                                           Presa mi memoria»

Enrique, el hombre azul donde la inteligencia adquiere el valor de genialidad, el hombre azul donde las emociones se elevan al cielo de ausencias y recuerdos; al paladar donde «la palabra que tanto me gustaba/ en la niñez/ se pronuncia ahora/ de manera constante». Enrique, la chispa de sus ojos miraban sin distorsionar la vista, más bien desde las mil y una versión que se puedan dar como respuesta. Enrique el viajero incansable de vuelos transoceánicos y de historias míticas.

Muchos han hablado y dicho de Enrique, para bien y para mal; desde el desconocimiento y el entendimiento; desde la valentía y la cobardía; desde la premeditación y la alevosía; desde lo sensato y lo absurdo. Enrique creó su propio perfil, el escritor de éxito, el triunfador, el trabajador incesante, pero Enrique no sólo quería ser todo eso, un recuerdo efímero, un libro sobre una estantería; palabras corridas en una tablet; un número más de economía y eficiencia; un ejemplo… Enrique es una idea, un concepto que se revela en los detalles pequeños que engrandecen los minutos. En el sol de su Sur, en los vientos de la Meseta, en la tierra que cubre nuestras huellas, en el azul infinito del mar; en los idiomas que aúnan personas. Enrique es una conversación con tu yo; una risa continua en las mejillas; un intervalo para confesarnos secretos y pesadillas.

Nunca podré olvidar cuando abrí mi Twitter y la noticia corría como la pólvora, muchos mensajes se acumulaban en mi bandeja de entrada, preguntándome que había pasado, que les informara. En pleno agosto, el frio se adueñó de mi pecho y entré en shock. No podía creerlo, justo una hora antes de decirnos adiós definitivamente, me había dejado un agradecimiento por promocionar sus libros, con el cariño que siempre lo hacía y la complicidad de los que se reconocen y se entienden; de los que vivimos en nuestra soledad por muy acompañados que estemos; los que sonreímos aunque la tristeza y la melancolía nos bendiga cada día. Enrique se fue como el quiso,  «Si te vas a ir… tienes que irte a lo grande. Deja un gran recuerdo. Espero que no me odies mucho. O que dure poco el enfado. GRACIAS» Y yo no soy quién te juzgue querido amigo, ni jamás podré odiarte, ni enfadarme, más bien sentirte cerca y agradecerte tus palabras.

Las lágrimas ya no me cabían y supe que por fin encontró la calma que tanto ansiaba y como Segismundo en La Vida es Sueño de Calderón de la Barca.

«Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son».

Enrique ya es sueño eterno, pensamiento, memoria e Historia. Este pequeño poema se lo compuse para que lo guardara cerca, recogido en el libro homenaje Con los años convertirme en sueño de Ediciones Proust, donde muchos compañeros acompañamos a Enrique en su largo viaje.

«Corres ligero con el ímpetu del viento

cabalgando sobre unos pies que no quieren volver

Vuelas con el aleteo de unas alas

curiosas por saber si la vida es un instante,

o sólo, sueños por perseguir

Fluyes con la impaciencia de una soledad

escondida en la irreverencia de la palabra,

vehemente en un caudal de reglas

que no entiendes

Y es que tú no quieres mentiras

en los verbos que definen la vida

Sólo

siembras sonrisas con la sinceridad

de no ser más que verdad

Vibras, en la cuerda floja de una guitarra

cuando tocas la poesía del amor

frenético con los dedos

Y rompes tu alma,

en un estallido de estrellas

que alumbran el firmamento

para orientar el futuro

Te ríes del miedo

y de la tristeza,

solo con tu carcajada

que enseña los huecos

y los recovecos de una mente

que deambula por el tiempo

Libre, te vas sin zapatillas

con tus pies cubiertos»

-Dolors López

 

Y en sus palabras.

«No he nacido para ser pierna, ni manos, ni labio

Ni siquiera he nacido para ser corazón o cerebro

No nací para restar medía vida trabajando

He nacido para ser lágrima / y beso/ y sabor/ y aliento

He nacido para ser pensamiento

Y de pensamiento en pensamiento

Con las alas convertirme en sueño»

Sólo seré

 

«Sólo seré si no se extingue mi palabra

Si perdura este poema

 

Sólo seré si me sigues leyendo

Si mi verso continúa en tu memoria

 

Sólo seré si mi labio deja de ser mi labio

Para ser el tuyo

Si mi pupila deja de ser mi pupila

Para ser la tuya

 

Sólo seré si la que escribe es mi mano

Y en tu mano la que escribe

 

Sólo seré cuando sea tu corazón el que se emocione

Con mi poema

Sólo seré si en algún momento ese poema

Deja de ser mío

Y pasa a ser tuyo para siempre

Sólo seré cuando mi nombre se borre

En tus recuerdos

Y consideres

Que fuiste tú el que imaginó estos versos»

 

Todos estos poemas son de Enrique de sus antologías Infancia Perdida y Poemas. Nació siendo poeta para convertirse en SUEÑO. 

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