El momento de Cayetana

Blog literario, la escribiente

El momento de Cayetana, relato

Se pasa la punta de la lengua por los labios, algo resecos por la falta de hidratación, y es que hay días que no tiene un momento para ella, unos solos minutos de reencontrarse con la mujer que se esconde detrás de todas esas que, ante el mundo proyecta. Madre ante todo; esposa por compromiso contractual; eficiente empleada por necesidad mensual…El gesto de palpar los sentidos con la punta de la lengua delata en Cayetana la manera como corresponde con el tiempo para reflexionar sobre los avatares en que los días le responde, buscando motivos para tomar una u otra decisión. Ese mínimo acto inherente a ella, nace mientras friega los platos de la cena acumulados sobre la encimera laminada de una cocina donde, la pulcritud se manifiesta por todos sus rincones. Todo está en su lugar, ni siquiera un vaso descuidado sobre la mesa donde tienen lugar los encuentros primarios con el estómago. Ni una silla ocupando más espacio del que merece, ni una migaja de pan en la tarima del suelo que levita con la ligereza de flotar en el espacio. Cayetana pasa el estropajo por el plato en un acto automático de sus manos, tienen tan aprendida la lección que no descuidan ningún poro de la superficie esmaltada. Tanta naturalidad en la escena diaria y cotidiana que, la mujer no se cuestiona si es obligación o deleite. Por ello aprovecha, esos instantes para divagar por su cerebro, muchas veces en la necesidad de solucionar problemas inesperados y, otras muchas para respirar hondo e imaginar que se halla a años luz de aquel lugar, inventando historias que escribe en su interior. Esos minutos en que su cuerpo actúa por una parte, ajeno a los tejemanejes que su cerebro urde sin permiso para ello, mientras este versiona caprichos a la imaginación o, se atreve a responder los desafíos de la vida; es el momento en que reposa de la locura de los días, cuando todo son prisas por llegar a tiempo a cualquier lugar o carreras por consumir los segundos con la sensación de aprobación y condescendencia en cada fracción. Cayetana se relame los labios, humedeciéndolos con las imágenes de su desasosiego, intentando interpretar cada una de las escenas albergadas en su dolor. A pesar de la madurez de sus ojos, cubiertos por una nostalgia que en claroscuros refulge con su brillo, la fragilidad de su piel precipita copos de nieve, puros y livianos adscritos a los años y, la tenacidad de sus ajetreos sin desistir en su imposibilidad; su cabello ondula en el aire reivindicando todo el que le atraviesa con sus reflejos dorados como espejo del destino; la pequeñez de sus huesos, menudos como las letras del DNI, ocupan cualquier hueco para llenarlo de la sensualidad que desprende en cada señal; las curvas de una silueta que transpira la ropa, trazando una carretera zigzagueante y emergente con los sentidos; su voz suave, apacible y de pausas continuas con las palabras, concediéndoles un respiro antes de ser emitidas para ser cómplices con su significado. Cayetana disimula su edad ajustándose las tendencias de moda de low cost con la elegancia de un Carolina Herrera; la sencillez que vierten los poros de su piel es sinónimo de que menos es más cuando se nace con el guapo en la cara y la belleza late en el alma. Ella sigue fregando platos, los vasos de cada uno de los que forman su hogar, pequeño, pero, acogedor, aunque en ocasiones la ferocidad de algún que otro león enseñe su malhumor y sus reproches. Otras veces se ve alterado por ciertas cosas que quieren imponerse a marchas forzadas. Ella se dice que son «cosas de la vida» o de la «edad». En realidad, ella acepta todo lo que se le viene encima, construye puentes sobre océanos de desapego, de decepción y desconfianzas. Es una trabajadora nata con las buenas intenciones, se remanga y se pone a ello, ladrillo a ladrillo, sin el egoísmo de pedir cuentas por ello, ni más facturas. aunque el desencanto le cobre intereses de demora. Ella es así, atractiva con el vaivén de sus caderas al unísono de su mirada profunda, encriptada en un pasado que nadie sabe, porque ella no es de esas que confiese todos sus pecados, ni vomita excusas por ellos. Más bien, los expía con la resignación de subsistir con ellos, sin el perdón como liberación, presa de cada uno que aumentan su condena con la culpa como sentencia. A pesar del interior tumultuoso y alborotado que coexiste con ella, en la boca de Cayetana siempre se dibuja una sonrisa espantando cualquier sesgo de perturbación que oscile por dentro. Mientras el estropajo se siente afortunado que unos dedos finos y sutiles, deslizándose entre el áspero de su aspecto, la mujer alía su mirada con el azulejo que desde enfrente le guiña con sus tornasolados colores. Ella, se deja llevar por el ritmo de sus manos y sus ojos reflexivos, perdiéndose en los vericuetos de la última discusión, cuando las palabras son balas acribillándole el cerebro. Intenta no pararse en ellas, para no desangrarse más de lo debido en las intenciones de cada una, cuando su emisor las enarbola con la amenaza de hacerlas verdad. Tampoco quiere detenerse en los detalles del contrincante como en la voz grave imponiéndose a la sinrazón de sus motivos; intransigente con ella, nunca escucha cuando Cayetana apacigua su malhumor con esos silencios que sólo ella sabe pronunciar evitando batallas, de antemano perdidas. La prudencia es el tono que adopta para no confundir al rival en interpretaciones malintencionadas, donde los puntos de vista no son más que adornos añadidos que abultan algo más. Los aspavientos de él, son armas intimidatorias que adquieren mayor peligro entre los dedos con sus brotes de furia y cólera. Ella no teme por sí misma, le preocupa más que nada —qué pensarán los vecinos—. Cayetana, siempre tan moralmente modélica con los demás que olvida ponerse firme cuando la sensatez es de ella y nada más de ella. Por ello, suplica, ruega y se arrodilla ante su adversario solicitando un receso ante tanta advertencia. Asiente a sus palabras cabizbaja y con las lágrimas revientan sus ojos, para romper los vasos como «chorros del oro» que   refulgen como un sol de verano, brillan y queman sus anhelos de venganza en la superficie de ellos. Ella no se puede permitir esos pensamientos, es tan cuidada y esmerada con sus valores que un ademán fuera de lugar la trasvasa a naufragar en una tempestad. Así la educaron, con el defecto de ser mujer, sumisa y complaciente con los demás y, sobre todo con el hombre dueño de su nombre y su condición.

Frota y frota, apartando de su cara un mechón de sus cabellos en la medida que aparta lo ocurrido durante la cena, cuando la caja de Pandora se abre y se desata el cataclismo. Una palabra desafortunada, la rebeldía de su hija adolescente que contesta a su progenitor dominante con la fusta de sus creencias y, ella responde con la desfachatez de la edad, plantándole cara con la arrogancia de quién todo lo sabe. Cayetana con sus ruegos clama a los cielos que la buena conciencia de cada uno de ellos se imponga ante tanto destrozo. Ni sus lágrimas hechas añicos por el momento ni el griterío que se establece como norma en la discusión apacigua el mal genio de uno y la obstinación de la menor. La mujer pierde los nervios en la medida que se desvanece precipitándose al helado suelo donde reposan los improperios. Ese instante es el punto de inflexión para que la hija huya a su habitación, y el esposo espabile a Cayetana con un bofetón. Tras la escena consumada en un hecho grotesco, lacerante y despiadado, Cayetana consigue levantarse, acomodándose la falda de tal manera que ningún pliegue quede a la vista. Con un —ahí te quedas—, el marido le da la espalda, alejándose de ella. Con la mejilla ruborizada ante los dactilares que le atormentan, una lágrima se le escapa a Cayetana, rondando al parqué del suelo y, retrocede indignada a su lugar de origen, para empañar las pupilas de la mujer que una vez sobrepuesta, recoge los destrozos de la cena y con sus ademanes ralentizados en la compostura de la buena educación, recobra su sentido servicial y benévolo entregándose por entero a la tarea de cada noche: fregar los platos.

6 Comentarios

  1. Me ha encantado el título y la frase final ¿es ese su momento? ¿el de lavar los platos? ¡Qué triste! Es una pena que existan escenas así. Porque existen. ¡Queda tanto por hacer para acabar con la desigualdad y los malos tratos! Te paso un relato que también habla de ellos y por desgracia inspirado en la historia de una amiga: https://www.aveceshablosola.com/2017/11/25/injusticia/
    Espero te guste como a mí el tuyo. Un abrazo virtual.

    • Muchísimas gracias por leerme, comentarme y compartir conmigo lecturas que nos tocan la fibra. Gracias de corazón y un abrazo virtual.

  2. Mientras lo leía una de mis reflexiones se ha producido en el momento en que Cyetana es recompensada con un bofeton por propiciar la huida de su hija. Al leerlo estaba leyendo lo que esperaba leer y en eso radica el peor de los problemas de la violencia de genero, en la creciente normalidad con que la vamos recibiendo a diario. Otro punto culminante de esas aberraciones se produce cuando la propia victima «recobra su sentido servicial y benévolo entregándose por entero a la tarea de cada noche: fregar los platos» y se convierte en complice a la vez que victima. Esa normalidad a la que la casuistica nos empuja es el abono de la violencia de genero
    Has conseguido plasmar esta aceptación ´de las vicitimas que se da en gran parte de las ocasiones en que se produce, con una redacción objetiva y alejada d elas partes y, estoy seguro, de tus sentimientos, que entiendo pretende describir la reacción de la propia victima, para la que soportar un bofeton o el deprecio del macho alfa, no es más que uno de los deberes que se le imponen como la mujer que ha de encargarse de que la casa esté limpia.
    Literariamente se goza del relato aunque lo que transmite repatee ese ideal que un creimos alcanzado y que cada vez parece más lejano. Un abrazo Dolors.

    • Realmente es como describes. Hemos normalizado escenas tan rutinarias y a la vez sangrantes con nosotros mismos que sin ellas no sabemos ya vivir. Cómplices de la situación, la víctima ya no discierne si lo es. Muchísimas gracias por tu aportación y sentido común. Un abrazo muy grande.

  3. Qué facilidad tienes para hacer reflexionar, para lograr que el lector empatice sea un tema ajeno a su realidad o no. ¡Cuántas Cayetanas hay por el mundo! Enhorabuena, princesa.

    • Sí, Laura demasiadas. Muchísimas gracias mi querida amiga. Un abrazo.

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