Almanaque

Blog literario, la escribiente

Almanaque, pensamientos

Me despierto, nada convencida de escribir como todos, o como muchos sobre un año más en mi historia. La duda es un sabor algo agrio en mi boca que saliva tan poco que, la sequedad de las glándulas de la garganta se han perpetuado en el paladar. Tan sólo, me acompaña mi música que cada día me dice, —un poco más—. Olvidaba, mi Coca-Cola sobre la mesita, y la luz tenue y sosegada de una lamparita que irradia soledad y silencio en la habitación. Su sombra se alarga por todos los rincones asombrada de que de nuevo sea capaz de golpear el teclado con palabras que se habían tomado una tregua, mientras reflexionan sobre si vale la pena todo eso que habita en ellas. Por ello, intento disfrazarme de toda esa felicidad que el día apunta sobre un cielo oculto tras la niebla que se delata por la ventana. Es tan asfixiante que contemplarla se muestra intransigente con mi parpadeo angustiado amenazando con volver a lacrar mis ojos como un cerrojo. Aunque después de co(habitar) con ella tantos años, he descubierto, que en ocasiones solo bastan cinco minutos para que el sol se abra camino en ella. La bruma húmeda me cala los huesos desde hace tanto…, que he olvidado apuntarlo en el calendario.

Bonita palabra y a la vez relegada a nada más ser una locución en el diccionario, —almanaque—, nacida del árabe, del cuál denostamos por la connotación de estos tiempos, un tufillo a migración, fundamentalismo, terrorismo y miseria, al que esta España —tan contemporánea, tan de cuarta generación, tan esmerada en demostrar su competencia en el desarrollo de los que por la calle van, y cuánta mentira rechina en su bandera—,  no puede mirar a los ojos porque la vergüenza puede más. La amargura de nuestra orografía nos hace ser olvidadizos y  una pizca de obtusos por mucho que el salero se quiera imponer. Por ello, somos capaces de renunciar a nuestra memoria histórica para ser nada más que pasto en los libros de Historia como si no fuera con nosotros. Ya vuelvo a desviarme, siempre me sucede, empiezo y me disperso en humo por el cielo, disipándose al instante en invisibilidad sobre los sentidos. Almanaque, una «parada en el viaje», un respiro cuando el resuello te violenta la garganta en punzas de lanzas con todos los rencores que, no se aceptan, pues hemos aprendido a mostrar la cara amable de lo que somos, sin embarrarnos en toda la «mierda» que, escondemos bajo la marca de la que nos vestimos.

Almanaque, una parada en el tiempo para girar la hoja del calendario sobre los rastros de un ciclo que desea acabar, creyendo ingenuo que el nuevo será mejor. Medito sobre ello y, no niego, que una picazón me solivianta el estómago. El mismo ritual de todos los años, el desasosiego se apodera de mi cuerpo, bullendo en la sangre y, congelando las intenciones de luchar en mis huesos que, cada vez más quejicosos y reumáticos, ya no prometen más decisiones. Así, impertérrita, la inquietud de esta noche domina las expectativas por muy de lentejuelas y brillos incandescentes me vista. Ropas que disimulan la merma de una mente angustiada por el día de después. Con el maquillaje sobre el rostro, pretendiendo dar imaginación a una mente que se deja vencer por la depresión, sin espacio a algo de ilusión; borra cualquier hendidura del año que se acaba donde las ausencias duelen más que los clavos de Cristo. Un año de días enturbiados por el lamento de tanto malestar. También de malentendidos que no saben perdonar que una quiera cambiar a esta edad. De reproches y saldo de cuentas que no se conforman con la bondad. De la fidelidad a los valores que resiguen en puntos suspensivos sobre los lunares de mi piel. Del amor que siento cuando el sol se cuela por la ventana abierta, dando calor a lo poco que queda de mí de aquella que fui, cuando las circunstancias aún no me habían cortado la cabeza en tanta melancolía. En esta cobardía que eclipsa mi vida en una penumbra que me hace tropezar una y otra vez. En la intolerancia de los que nos son tolerantes con los demás, cuando los insultos se adueñan de la prudencia y la empatía. En la extrañeza que alberga mi pensamiento cuando mira por el ojo de la cerradura de un después que nunca llega. Cuando sobre la cuerda floja de las líneas de mis manos intento mantener el equilibrio en un futuro que se anuncia similar al hoy que se va. Ni las uvas ni el cava, ni siquiera la ropa interior teñida de rojo por un día o, ¿puede qué por más? No creo, ahora que los cincuenta se alquilan por un año en mi habitación. La menopausia, es el precio a pagar, cuando las hormonas ya no se alteran por nada, y siendo sincera no lo echo de menos. Quisiera volver a sentir «mariposas» revoleteando en mi estómago cuando me cegaba con el amor. Pero las vendas se caen, por que si no gangrenan las ganas, cercenando la realidad de cuajo en la furia de la frustración. La calma llama a mi puerta en un toc-toc donde los detalles cuentan tan poco, como los pecados expiados y desterrados al purgatorio. Sólo quiero inspirar con la pausa de la poesía, con esa calidez de nostalgia en los andares, lentos y cautos con las piedras del camino. Un caminar de balanceos al ritmo de los versos, hechos de carne y hueso, para que la belleza esté en las letras retratando todos los huecos del destino, las llagas que supuran arrepentimiento; las heridas que exudan tristeza y las lágrimas que adornan tantas mañanas, opacas por las sombras y temerosas de ser las últimas.

Almanaque, una parada sobre el calendario, en este ciclo de verdades que no renuncian a seguir suspirando con la ventura de existir, por calles donde la multitud se extraña aunque sean amigos en redes inacabadas de tejer. Un ciclo que gira al ton de una música que corre más que yo. Un gira-gira que me golpea con el vértigo de recuerdos tambaleándose en la memoria con la amenaza de precipitarse por entero al fuego del infierno, siendo cenizas en una urna extraviada en cualquier repisa. Un fin de año más, donde las burbujas siguen siendo efímeras en una copa que se quiebra entre los dedos si el desamor aprieta demasiado. O si aparece el amor, ya no con el ímpetu de un vendaval, sino con un leve soplido que te despierta susurrando de un cuento inexistente en las cuentas de la decepción.

Ya no espero más que mañana, cuando todo haya sido un sueño de comensales satisfechos de una gula insaciable por tener y no ser; de confetis empapelando calles ebrias por cambios morosos en la esperanza de que sea para mejor; de campanadas repiqueteando a escondidas por llegar a tiempo a las doce, cuando las agujas del reloj son una generando una medianoche donde todo es posible. Un nuevo amanecer como el de ayer, como el de hoy, que no deje de latir en mi pecho con un poco más de armonía con los días, con este tiempo que se me escapa de las manos como el agua de lluvia, escurriéndose la felicidad entre los dedos.

A los que creen,

a los que se contagian de fe

a los que ven el amanecer en la invención de la poesía

a los que necesitan de los demás

a los que se acomodan, se conforman, renuncian….

Se envalentonan, se miran el ombligo

A los que van a la deriva

a los que se confunden

a los que renuncian

a los inconformistas

A los bienaventurados

y a los que les asiste la maldad, porque me asiste el perdón

A ti

A mi

A todos

Feliz Año Nuevo.

 

6 Comentarios

  1. Tremendo post… describes la complejidad del ser humano desde tu mirada sobre un mosaico de luz y sombra, eres una bellísima mujer, bellísima esceritora, persiste, queda mucho por delante y tienes mucho para dar, y eso no lo tienen todos 😉 FELIZ 2019!!!

    • Tus palabras me alientan viniendo de un maravilloso escritor y persona como eres tú. Muchísimas gracias y te deseo un 2019 lleno de felicidad. Un abrazo.

  2. Bonito repaso de como se puede vivir el cambio de año. Son días donde vemos el que nos falta y nos sobra con más sensibilidad de lo normal.
    Gracias por transmitir, gracias por el almanaque.

    • Muchísimas gracias ahora toca mirar hacia adelante. Feliz año, Josep María 😘

  3. Como siempre que escribes, es un magnifico relato salido desde el alma. Vamos a por un año más en el que habrá de todo, bueno y malo. Claros y oscuros como la vida.
    Lo importante es saborear los momentos buenos, alargarlos y levantarnos de las caídas que todos tenemos. No importa caer, siempre que nos levantemos, si cabe, con más fuerza.
    FELIZ AÑO a ti y a todos los que te leen.
    Un beso, cuídate mucho.

    • Muchísimas gracias, Fernando. La nostalgia es fiel compañera de viaje, a quién le debe su compañía en mis letras. Feliz Año y un beso enorme.

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