Celia

Blog literario, la escribiente

Celia, relato

El frío del invierno esculpe sus piernas que se esconden tras sus botas altas e infinitas a diez centímetros del suelo. Su caminar, algo atropellado, ondula su frágil y esbelto cuerpo en un vaivén de contradicciones a cada paso. En unos, la firmeza exalta sus curvas que lucen en la penumbra de las farolas que, decoran una calle desnuda de cualquier deseo de ofrecer vida a los que por ella van y vienen. Sus puertas metálicas y sus muros de cemento adormecen de cualquier actividad; la noche no es más que una pausa enmascarada de la euforia del día en actividades de entrar y salir camiones y, personal que se someten a lo impersonal de ellas. El final del día no es más que un paréntesis a lo frenético de él a la vista de Dios y, de inspectores de trabajo. Bajan persianas para encerrarse en el misterio de la oscuridad para producir. Los únicos transeúntes a esas altas horas son los gatos que juegan con los ratones al límite de las alcantarillas por donde, se va toda la inmundicia acumulada por las horas. Sólo los pasos de ella, resuellan en el asfalto con un grito de desesperación. De tanto en tanto, sus prisas arañan con tanto clamor el suelo que chirrían las paredes por donde pasan. Su vestido que destella como una estrella que decae con el fulgor del amanecer, no consigue el apego necesario para ganarse la confianza de su piel. La ligereza de su tela que intuye todo aquello de lo poco que queda de ella, y el pequeño detalle, de lo abreviado del  espacio que, ocupa en su cuerpo no consigue cubrir el temblor que la domina. Ni siquiera esa falsa chaqueta que destaca en un charol de imitación logra amparar la sutileza de sus brazos y, esas manos que imploran algo de calidez.

La niebla se impone una vez más, dejándose caer con lo plomizo de su humedad, calando los huesos raídos por la monotonía y el hastío de no poder salir de allí. De esa espiral de infortunios que se reiteran noche tras noche. Celia es su nombre de guerra, trastabilla una y otra vez en el miedo, cuando gira la cabeza para apartar de ella, el delirio de un perseguidor. Una lágrima seca emborrona el eyer line, dispersando su negro por el contorno de sus ojos cuyo enigma se dibuja en el azabache de su iris. El rímel intenta despegarse de sus pestañas, consiguiendo lo contrario, apelmazarse en un desasosiego disimulado en la longitud de la que presumen. El carmín de sus labios aparenta la sensualidad de su femineidad, la pasión de querer amar, más allá de allí, el bermellón de su boca solo disimula la soledad que la ocupa cuando lenguas extrañas hurgan en ella la ambrosía de su inocencia. Presa de su sino, Celia se vende a un lenguaje que no entiende, un idioma que otros dominan y se traduce en monedas de cambio enriqueciendo a su dueño. Ese, que rompió su virginidad cuando aún los dieciséis estaban por llegar y con la complicidad de un portal, cuando el alcohol resbalaba por el interior de ella en una noche de fiesta, cuando divertirse era divertido y las risas se contagiaban. Mas, el capricho de su depredador que, ojo avizor reclutaba jóvenes con aspiraciones de sueños cuyos imposibles se ajustaban a la distancia de la realidad con sus bolsillos vacíos de economía; laceró su interior con rasgaduras insoportables de aguantar. Sodomizó su perdón con la amenaza como chantaje, y mientras un hilo de sangre resbaló por la entrepierna de Celia, supo en ese instante que no podría escapar de los instintos del que la doblegaba.

Celia mira adelante, sin fijar la mirada en ninguna parte, se aparta un tenue mechón de sus cabellos impuros de tanto tinte reiterados para dar color a una vida indefinida por la desesperanza; este intenta tapar su destino, sin más pretensión de hacerle creer que todo es posible. Por ello, Celia vuelve la vista atrás para asegurarse de que nadie sigue y lee sus pasos, aunque una ráfaga de recuerdos se subrayan en sus ojos. El momento en que su proxeneta le lee las condiciones de su cautiverio y ella, con la vergüenza corriendo por sus venas ya corruptas por el semen no deseado y una raya inhalada que engañará el vacío de su memoria, el agravio en su lengua mientras se muerde la congoja con los dientes de su vulnerabilidad. La opción solo fue una, pues aquel vil personaje de cuento de princesas nada más sabía de estrategias para conseguir el sí de su víctima. Desde entonces, Celia permanece a su lado, con el desgarro en sus arrojos y una condena que pende sobre su cabeza. Dos años cumpliendo sentencia sin más juicio que el de su conciencia. Y de esa cadena no sabe salir.

Pero, esta noche algo se remueve por dentro de ella, los clientes inoportunos desahogan su amargura en proposiciones deshonestas, Celia ha aprendido a no asustarse de ellas. Su piel se ha curtido de ellas, y de las injurias que le escupen al escote, y cuando las nalgas les plantan cara a sus fracasos cuando la virilidad no resiste el poder de ellas. Ella, esa joven que ya es una vieja ha aprendido las artes del oficio, cuando satisfacer no es más que un cumplido al ego del comprador de turno. Unas veces ebrio de todo el alcohol que se interpone entre un mostrador y la boca; otras veces aquel que se refugia de la rutina o, aquel que busca algo nuevo que le seduzca. Y el maltratador consolándose de las palizas que ha dado; el joven que quiere definir su identidad y se confunde con los géneros; el que va de paso y necesita aliviar la bragueta; y el rico que juega con su tarjeta… Hombres que se califican por ellos mismos y que, Celia sabe confiarse a sus intenciones para que su dolor menoscabe en lo más ínfimo de su interior. Quizás ha sido que, la herida de las últimas palizas se ha abierto desangrando toda la ira que pica como la sal. Tal vez, en que ya no tiene más que perder, pues ni el dinero acumulado ni las últimas tendencias en lo insustancial de sus días pueden limpiar toda esa «mierda» en que se ha convertido. El asco le repele de tal manera que ni La vie est belle ni Chanel nº 5 pueden perfumar el hedor que siente. Quizás sea la impotencia y la frustración que le acompaña cuando testigo de la condena de la última añadida a la lista de blancas por tratar. Una niña aún en sus ojos, con la derrota entre las piernas, mientras el silencio gritaba por ella; las lágrimas teñidas de rojo incendiaban al proxeneta que la desvirgaba con el cólera de un dios mancillado. Celia obligada a no quitar la mirada, para que aprenda que no hay más dueño que el que ordena su voluntad. Se resiste, mas un bofetón que le afea su mejilla le abre a la realidad. Sobrevivir como lema.

A pesar de que se repite una y otra vez, la frase que la ha aguantado, algo en ella se quiebra y escapar se convierte en una obligación. La culpa busca su desequilibrio, pero Celia le desobedece, entiende que solo pretende arraigarla a un destino que nunca ha elegido. Estaba en el lugar inadecuado, en el momento más inoportuno, cuando su depredador abrió la caja de Pandora y Celia, se rindió. Mas, un haz de luz se cuela por su entrecejo, exhausta de ser una muñeca que se infla según la urgencia de unos señores que sudan mezquindad. Tantos golpes sin escrúpulos, tantas palabras insalubres, tantas rayas aleteando por la nariz, tanto alcohol seduciendo su olvido, tanta desnudez prohibida atacando sus pecados… Tanto que, rebosa el vaso.

Celia aligera más el paso, sin alterarse de los copos de nieve que empiezan a blanquear su figura. Pretenden cubrirla de toda la pureza que un día perdió. Su mente se dispara con un único sentido. Salir de allí, del lumpen que la esclaviza a aquella condena. Corre, mientras el asfalto intenta congelar sus intenciones, resbala y cae, una, dos y hasta tres veces, pero ya nada la frena, se levanta una, dos y tres veces, y continúa ligera como el aire, con unas alas incipientes sobre su espalda, aliviando el peso que achica su tamaño. Vuela sobre sus botas de vértigo, aguijoneando el hielo que a sus pies quiere atormentarla. Supera todos los obstáculos, y una luz al final de la avenida titila con la sensación de que es la conclusión a todo ese sometimiento, ese pánico que se despierta con la luz del alba y no duerme porque se declara insomne. Una palabra se anuncia en la perspectiva de sus ojos; una palabra que le devuelva quién fue; la joven que salió de fiesta, cuando divertirse era divertido y, los amigos no cobraban por reír con ella.

Celia apresura más y más, le apremia poner el punto final a tanto desquicio, y la palabra que brilla desde un punto del horizonte, le alienta, la anima, —un poco más, que ya llegas—. Por fin se encuentra bajo la palabra, colgada de un anuncio luminoso, enganchada al edificio custodiado por uniformes que imponen la ley.

Celia levanta sus pestañas, ya aliviadas del rímel y los lametazos de lenguas sórdidas, lee la palabra con la certeza de abrir un nuevo libro donde los sueños no sean imposibles.

POLICIA.

4 Comentarios

  1. Una realidad más del mercantilismo y la prepotencia actual de la codicia monetaria, esquistamente relatado donde la crudeza del fondo empaña la belleza de la forma pero que consigue su fin, o eso creo, mover algo en el interior de quien lo lee. En fin dos buenos ejercicios en un solo escrito, despierta conciencias y atrae al lector.

    • Ojalá, se pudieran mover conciencias, pero por desgracia miramos hacía otro lado. Muchas gracias, Alberto, un abrazo.

    • Realidad actual que muchas jóvenes están sufriendo. Gracias, Igor un abrazo.

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