Cuando las terapias dejan de funcionar

Blog literario, la escribiente

Cuando las terapias dejan de funcionar

Cada vez estoy más segura que las cosas suceden por alguna razón que se nos escapa de las manos. El descubrir que con la palabra puedo expresar mucho de lo que llevo dentro, compartir lo bueno y lo malo habita en mí, se traduce no sólo en satisfacción sino en terapia personal. Crear sea de la manera que sea, a través del arte, es el mejor ejercicio de manifestarte y crecer más y mejor.

Gracias a los estudiantes de Psicología de México, por escucharme con tanta atención; gracias a mi doctora, por confiar en mí, por reforzar y motivarme a seguir en este empeño, por darme la oportunidad de exteriorizar mucho de mí, que públicamente no he hecho.

Si mis palabras y mi experiencia pueden servir para una sola persona, la causa está más que ganada.

Esta es la conferencia, cuyo título es, «Cuando las terapias dejan de funcionar» que he dado para ellos y que la publico, pues creo que quizás pueda ser útil.

«Cuando las terapias dejan de funcionar»

La memoria sabe en, que momento debe acercarse a nuestro pensamiento de puntillas o pisando con la firmeza sobre el asfalto. Nos recuerda con recuerdos cuando debemos subir la escalera que accede al desván donde guardamos todo aquello que pasó de moda o, quizás ya no, nos era más útil que un estorbo en nuestras vidas. De esa manera acumulamos una caja con una etiqueta que dice fotografías, en ella se preservan en tonos sepia, ajada por un tiempo demasiado pasado o, por colores que se desgatan de no ver la luz, el niño que un día fuimos, la familia que tuvimos, los primeros amores y, el día que decidimos que la independencia no depende de otros, sino de nosotros mismos. En algún baúl heredado, se quedaron las palabras que un día nuestra madre o tal vez, nuestra abuela o tía nos dijo en consejos que nunca fueron intenciones en voluntad. Junto a ellas, otras que se nos hizo un nudo en el estómago cuando su pronunciamiento no fue más que, el límite al entendimiento, la deslealtad de un amigo, los celos de un hermano, los reproches de un novio, la venganza de un enemigo, la intolerancia de un padre… Guardamos tantas cosas, unas innecesarias y perentorias, un óbice al espacio que nos distancia para llegar antes a la realidad; otras entrañables y mágicas en la punta de una varita que nos devuelven los sueños que tuvimos, y aquellas que renacen de las tinieblas en la angustia que amenaza nuestro equilibrio.

La memoria para bien o para mal, siempre está ahí en la punta de la lengua para hacernos presos de lo que hicimos o de lo que omitimos. Aunque, la verdad, tal como se muestra se distorsiona con el chantaje que nos hace para rendirnos a sus pies. Intento mirar dentro de ella, para extraer del lugar que ocupa en mí, el retrato de la joven que fui, cuando el doctor Gascón diagnosticó que lo único que me pasaba es que tenía “anorexia nerviosa”. Una palabra extraña, rara, de difícil pronunciación, ajena a mi vocabulario, al de mi familia que, en su modestia, las palabras encontraban la frontera en el día a día entre el humilde trabajo y el hogar. Por mucho que apriete los párpados o los dientes para ver mi cara con casi 18 años, con el pelo revuelto en ondas difícil de dominar, quizás porque ya entreveían lo complicada en que me definiría. Lo cierto es que no veo aquel día, aunque la bata de aquel hombre, su altura superior a la medía nacional que contrastaba con la mía, inapreciable, y su cabello enmarañado anunciando una genialidad reprimida, se presenta ante mí como si fuera aquel instante. De la misma manera que la palidez de mi madre cuando el desasosiego se apoderó de ella, cuando dejó de escuchar a aquel hombre que le hablaba de no se qué enfermedad, nunca jamás escuchada por ella. El trauma se impuso en nuestras vidas y el fuego del infierno no sólo se inició para mí, sino también para ella, aquella mujer que no tenía más recursos para la compasión que unas manos ásperas y curtidas en la frustración del trabajo y, el desconcierto del diagnóstico. En aquellos tiempos, esa nueva enfermedad todavía no era más que dos palabras especializadas en las revistas de medicina, pues en este país que cree saberlo todo, no sabía más allá de sus fronteras. Tampoco la información fluía con las prisas y la inmediatez de hoy en día. La globalidad se entendía con el fin de la Guerra Fría o rompiendo muros que separaban una misma ciudad en dos, mientras los políticos decidían quién sería el nuevo dueño. Tiempos en que la herencia de callar ponía su fin en la democracia.

Lo cierto, es que aquello de la anorexia nerviosa era nuevo para mi familia, para mí, para una ciudad disfrazada de moderna, pero que aún no estaba preparada para tanta novedad. Con el tiempo, esa misma ciudad presume de una unidad especializada para dicha cuestión. Aquellas dos palabras supusieron un antes y un después en mí. Una brecha separó la realidad de los sueños y esa grieta, horadó y enraizó en mí. Germinando en la víctima de la qué no sé si quiero desprenderme.

Aquel día murió una parte de mí que aún no había empezado a vivir. O tal vez, la maté con los argumentos de que nunca sería una verdad perfecta, un nombre propio cuya inmortalidad ascendiese a los cielos acomodándose al lado derecho de Dios. Pensaréis qué cuánta prepotencia de alguien como yo, pero después de un acto de contrición, de vagabundear por la penitencia y el perdón, cuando el tiempo ya no es un calendario, sino la cuenta atrás al último destino; de un acto de fe en la reflexión, en buscar una explicación al desatino de toda una vida. Después de cuando las terapias dejan de funcionar, la escritura se manifiesta para dar luz a todo eso que jamás he sabido gestionar. El inconformismo en mí misma, la vulnerabilidad que corre por mis venas cuando la sangre se agría con la culpa de molestar; la decepción como definición; la frustración en el currículum, la ansiedad de tener prisa y ahogarme en la carrera, cuando la resiliencia huye de mí en una inspiración; la apatía de no enmendar errores; la timidez como traición; la boca que se enmudece por no ser locuaz; la susceptibilidad irracional y esa sensibilidad que se arrodilla ante el miedo a perder lo que nunca tuve. La perfección de ser perfecta en la imperfección; la condescendencia transferible a gustar a los demás; la imprudencia de la indecisión; el silencio como arma de defensa; la obstinación en la obsesión; la distorsión de mis ojos cuando la luz me ciega y la oscuridad se refleja en el espejo; la melancolía como filosofía de vida y, la tristeza como manera de ser. Y el pretérito imperfecto como conjugación.

Después de que tantas y tantas terapias se han quedado por el camino, por el aburrimiento de la juventud; por la desinformación de quién te atiende en frases hechas, que ni siquiera entiende su significado, por no acertar con la suficiente puntería en la diana de tu necesidad; por la lástima de tu familia en palabras que siempre suenan a lo mismo; por la ira desatada en un tira y afloja con los demás; por el dolor que aparece por todas partes; por la perversión del castigo y el placer de dominar con la fusta de la vanidad; por quemar recelos y resentimientos en el abismo del olvido; por la desilusión brillando en el techo; por la dependencia de ser víctima de mí misma. Cuando todas esas terapias no saben explicar el misterio de todo esto que soy, o tal vez, por que sus teorías se desvanecen en el aire de mi mente. Confusa, perdida, abatida, liviana, abandonada, etérea, inexacta, inconsciente, añorada, siempre en la cuerda floja…

Ni el cautiverio en un manicomio de los de antes, un año entre la niebla del duermevela y en la esquizofrenia de salir de allí. Ni el aislamiento en una habitación aséptica mientras todo se derrumbaba a mi alrededor, el amor, la familia, el trabajo…, en flexiones obscenas con el peso, meses que dieron carpetazo en volver sobre lo andado. Psicólogos, psiquiatras, terapias de grupo, pastillas alucinógenas, para la depresión, para no pensar, para esto y para aquello, y que al final acababan por el retrete. Cerré todas las puertas a quien invadiese todas esas mentiras que construí para no tener argumentos y desobedecerme. Me negué a escuchar, a oír razones que nunca he creído, a los circunloquios que giraban alrededor de mí en un tiovivo de estereotipos que se alejaban de mí. Me negué a obedecer a la rutina que querían imponerme. Y me hice esclava de las purgas que descendían por las piernas cuando menos lo esperaba; en desactivar el cuerpo en kilómetros de ejercicio; en la falacia de lo famélico mordiéndome los dientes; en coger la cinta métrica y medir cada poro de mi piel; en escurrirme de la tentación en los brazos de una báscula que oscila y me hace presa. Del espejo que se disculpa de no poder ofrecerme el ideal que yo quiero ser; del pantalón que se afloja o aprieta según las circunstancias, si las controlo en el organigrama del día o son un jarro de agua fría sobre mi cabeza. De lo crónico de la depresión como excusa para lamentarme de la soledad que empatiza con la ruina de mi alma. Del cansancio que se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel. Al apego a esta sinrazón que no descubro más allá de mi habitación, y es que controlar es la escoria que me arrastra a la perdición.

Después de hacer borrón y cuenta nueva tantas veces, para reincidir de nuevo en todo el derroche de la misericordia que se apiada de lo que no tengo, del desierto yermo, vacuo y frío en qué es mi historia; ya no encuentro la reacción a los efectos. Ya no sé si quiero dejar de ser la sorda que soy de palabras ciertas en boca de los que tienen razón, la ciega que tantea por paredes del pasado donde los traumas exudan aguas que ya no mueven molinos; ya no sé si quiero dejar de ser la herida sin cicatrizar, siempre infectada de pus de amargura; o el desafío al destino en un pulso de fuerzas descontroladas. Ya no sé si quiero cambiar de vida, pues no conozco nada más que esta, de reemplazar el calvario donde mi cruz se ha clavado. De este compás de espera de lo que puede suceder y que no sucede porque yo no quiero, pues el pánico grita alto y claro en mis oídos convertida en estatua de sal. Indecisa, sólo quiero el silencio de las voces que murmullan dentro de mí y, no puedo soltar la cuerda que me ata a esta manera de existir. Prefiero la resignación de los días cotidianos mientras la culpa se despierta con el alba y no duerme ni en las pesadillas; prefiero esta conciencia maltratada por los errores antes que el ademán de una mano ajena a la mía y que me pueda dejar caer. Elijo vadear mis tierras movedizas con la muerte en los talones que volver a fracasar en el intento de nuevo empezar. Volar con las alas rotas y precipitarme al suelo sabiendo que de allí no pasaré que, volar alto con las dudas arrojándome al abismo. Con el suicidio en el entrecejo que la travesía de ser una carga de hierro fundido.

Cuando las terapias no te enseñan a quererte a ti mismo, ni guían tus pasos por la luz de la verdad, ni te muestran tu ADN de herencias nacida en la serendipia del apellido, menos aún se sientan frente a ti a conocerte. Cuando las terapias te excluyen porque no te traduces en eficaz moneda, sólo un parásito más en esta sociedad de contante y sonante. Cuando las terapias, no te dan respuestas a preguntas indiscretas, o responden con los tópicos de manual, trivialidades disimuladas en la libertad de desprenderse de lo vivido. Cuando las terapias, quieren poner puertas al campo, límites al infinito, anclarte en la banalidad de ser como los demás, conformistas con el sistema…. Me declaro insurgente, siguiendo las directrices de mi instinto donde la palabra se anuncia como tabla de salvación y el motor, una hija que lo mueve todo.

Después de tocar la muerte con la punta de los dedos, dándome la tregua de un poco más; de que una mina antipersona duerma bajo mi almohada, amenazando explotar si me declaro enemiga de mi alma caducando con el otoño de mi DNI; después de ser incendiaria y fracasar en el intento, de toda la memoria que ya no quiere olvidar; sólo me queda la poesía que me entiende, que atisba mis delirios, que expresa lo que siempre he callado, la que cumple sus promesas con los compromisos, la que versa el amor cuando lo tengo y la que quema el desamor en lágrimas que descuido. Poesía que respira todo mi aire, se desvela con mi insomnio, se tuerce conmigo en las líneas de un libro; poesía que me apuntala en la realidad que tengo, ni más ni menos. Que me eleva al techo de mi paladar y me ilumina en la oscuridad de mi sinrazón. Poesía que vomita versos mientras yo vomito la ansiedad por el wáter, la convulsión de comer con los ojos cerrados para no ver el final de mi destrucción. Poesía que ni me juzga ni prejuzga; que no persigue desengaños porque los verdugos ya tienen sus propias condenas. Poesía que con su belleza perdona como la terapia correcta.

Cuando la madurez es un signo en mi piel, una puntuación que pretende señalar una pausa arrepentida ante tantas tormentas. Cuando las terapias dejan de funcionar porque nunca me han separado de mí misma, ni de la herejía de mi porvenir. Cuando he profanado todas las reglas del caos y repudiado los comprimidos que me anclan a un sillón, la poesía se revela como el ángel de mi guarda, convertida en una guerrera con los folios como bandera y los versos como arma de construcción masiva.

Cuando las terapias aciertan en sus desaciertos solo cabe sujetarse a la ambivalencia de equivocarse y hallar la habilidad de despertar aquello que duerme en el fondo del olvido. Desenmascararse del antifaz del rostro y mostrarse libre de las cadenas que te esclavizan a tus fantasmas.

Cuando las terapias dejan de funcionar, siempre queda un as bajo el brazo, el que no huye ni es desleal a ti. La esperanza en el rostro de la luna, aunque naufragues en tus aguas.

 

La gota

Gota de sangre, espesa,

coagulando el abatimiento

que se cuenta

en mi piel

No fluye, porque no puede

Tropieza,

Y se golpea

Con la norma de doler

Cae con las rodillas incrustadas

en el algoritmo de no entender

Punzada,

—¿y mi sangre?—

Entre las dudas de mirar

siempre este horizonte

Huérfano de ojos cristalinos

con las ganas de querer

levantarse con los pies

para desgastar el tiempo

Gotea sólo una gota

Helada en el espacio

que me distancia de poder gritar

—Estoy aquí, batiéndome con lo malo—

Extrae mi último aliento

con la jeringuilla de matar

las venas,

inmunes a amar

Discurre, una gota

Profunda, abriéndose paso

con la desesperación

de caer sobre el lecho

Sábanas blancas, impuras de pecar

con los sentidos de la melancolía

Rota

entre tantos desvelos sin oxígeno

para ser partícula en este universo

Se desangra, el cuerpo

en una gota amarga

cuando corrompe lo único puro

que queda en mí

Mi nombre.

 

13 Comentarios

  1. Mereixes sempre tot recolzament i admiracio per el teu esforç diari. Vals molt !😘👏👏👏

    • Moltissimes gràcies, Joan, no és mèrit meu sino de tots el que m´acompanyeu en aquest camí. Petons i una abraçada.

  2. Anims i força que vals molt ! El teu esforç es sempre un exemple.😘👏👏👏

  3. En te molt de merit! Per mi ets un exemple! Tal com ets!

    • Moltíssimes gràcies, Joan, moltes gràcies. Una abraçada.

  4. Gràcies per compartir les teves experiències i per la inspiració per seguir sempre endevant, redescobrint la nostra vida.

    • Moltes gràcies és la meva veritat i la meva experiència. Si puc ajudar aquí hi sóc. Una abraçada.

  5. Buena ponencia. Tu experiencia puede ayudar mucho en estos casos. De no haber sido por la distancia me hubiera gustado escucharte. Seguro que estuviste genial. Un beso, cuídate.

    • Espero que sirva de algo, lo vivido. También me hubiera gustado tu presencia. Un beso, Fernando.

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