Hubo un mañana

Blog literario, la escribiente

Hubo un mañana, relato

Hubo un mañana en que el alba anunciaba sueños escritos en la pared, grafitis que garabateaba con las ganas corriendo entre los dedos. El sol reventaba sobre la ventana, con la intensidad de quemar todo aquello que sobraba de más sobre el quicio de la puerta con el argumento de disculpar lo que no entendía.. En él, apoyaba mi hombro para que aguantase todos los fallos que habitaban en mí; esa locura de estar bocabajo cuando los pies apuntaban al techo con la obsesión de tocar el séptimo cielo, mientras mi caballera divagaba al viento que se colaba por la pequeña brecha que distanciaba la puerta abierta de la cerrada; un espacio equivalente a la caída de mis pestañas cuando observaba con una mirada tornasolada como dormitabas entre el bostezo de tenerte que levantar y el calor que aún incendiaba la cama, después de una noche en desvelos vehementes con los besos. Hubo un mañana, en que tenía fe en el amor que nos tuvimos, sin más promesa que un instante más a cada minuto, como si en ello nos fuese la vida, como si ese único momento fuese el último resuello que nos quedaba antes de morir. Las declaraciones de amor anidaban sobre los árboles del parque donde nos confiábamos historias remotas con final feliz. La inocencia iluminaba nuestras retinas con la entrega refulgiendo entre ambos. Enamorarse no era una duda en el titular de la prensa diaria, mas, cuando veníamos cargados de engaños sobre la espalda, decepciones transcritas en los posos del café y celos redimidos en los mismos pecados que quisimos olvidar. Así, como el que no quiere la cosa, un día tropezamos en el rellano del piso, la casualidad se adelantó a todo lo demás, los vecinos husmeaban por el ojo de la puerta, el aire se cortó en nuestro aliento y, un misterio nos cegó las intenciones con un beso cobijado en el sabor de nuestros labios. Sin prisas, con la calma ondeando en el aire, el éxtasis se hizo propietario de los dos con el precio de tener el mismo recorrido de ida y vuelta.

Hubo un mañana, en que el oxigeno que inhalábamos, inspiraba los versos que acumulaba en posits de bolsillo, que extraía con la ternura de acariciar tu pelo, tan profundo y rotundo con tus sentimientos para, no olvidar que eras real. Te llamaba Libertad, porque tú habías derrocado las rejas de todos mis miedos; me hablabas de los desafíos que debería lanzar como piedras sobre un río de aguas bravas. Lanzarme a ellas con tu mano salvaguardando lo que era, no solo era un riesgo, si no una verdad por la que apostar. Y a contracorriente de toda la gente que, en ausencia de una vida propia, pronosticaban la hecatombe en la nuestra. Cuchicheos que saltaban de aquí para allá con la invención de un final pergeñado en la tumba de nuestra vida, palabras esculpidas con martillo y punzón, con el dolor persiguiéndonos. Huimos de ellas…

Hubo un mañana en el que la vida no se equivocaba de fotografía. Éramos nosotros los que vibrábamos al ritmo del corazón y nuestra imagen, solo era el fiel reflejo de un ojalá cubierto por nuestras ropas, mientras los cuerpos se batían en duelo de envites y gemidos. Entonces, el rollo de película se imprimía en el suelo, cuando el torbellino de sube y baja, de cantos de sirena comulgando con el misionero aullaban a la luna. Piel con piel fundida en todas nuestras intenciones de mirarnos a la cara para resolver eso que terminaba en la cama. Ella, se quejaba de todo eso que hacíamos con las luces apagadas y cuando el sol arqueaba mi espalda sobre tu ombligo. Así, inmunes a los virus de todos los demonios que circulaban fuera de nosotros; vacunábamos los mañanas con nuevos propósitos tatuados en la piel.

Hubo un mañana, en que convenía creer que las canciones se escribían para nosotros, cuando la radio emulaba una historia de amor sin final. Escuchábamos el paraíso con melodías alejadas de la decepción en esos pequeños detalles que nos rodeaban. El aroma del perfume que tanto te embriagaba en preguntas con respuestas en mi escote. La llama de las velas formando un círculo entre tú y yo, diseñando la cuadratura perfecta entre los dos. El dosel de donde colgábamos los brazos para adentrarnos el uno en el otro, mientras las sábanas nos sostenían con la seda de sus caricias.

Hubo un mañana en que dormía tranquila acunada entre tus abrazos, con los despojos de lo que fui, fuera de mí. Un mañana que no precisaba de pedir permiso para volver a nacer, pues morir no estaba en nuestro vocabulario, y descansaba en el equilibrio del hilo que unía la punta de los pies con el suelo. Hubo un mañana en que olvidarte era, prohibido en los diez mandamientos fijados detrás de la puerta. Uno a uno, recitábamos con la fe de lo más puro entre las entrañas, mientras Dios bendecía este amor.

Hubo un mañana en que no tenía conciencia de que el dolor urgía por entrar, cuando aquella mañana, te callaste para no volver hablar. Una maleta y un «cuídate» fue tu equipaje, y sin mirar atrás saliste por mi puerta. Aquella mañana supe que el principio tiene su fin, y mi fin se fue contigo.

4 Comentarios

  1. No sé que ingredientes empleas, no sé si relatas sucesos vividos o no, ni me importa pero el caso es que me la haces vivir a mí. He disfrutado tus mañanas como si estuviera en ellas hasta llegar a la dela despedida que me ha dejado un profundo vacio. Me descubro de nuevo ante tu letras. Un abrazo Dolors.

    • Millones de gracias. Ya sabes cuando se escribe hay un poquito de todo, real e imaginario. Un beso.

  2. Relato melancólico, otoñal, cargado de sentimiento. Lo importante es haber vivido esas mañanas, haberle sacado todo el zumo a la naranja que es la vida y no perder la esperanza de que vuelvan otras mañanas hermosas que vendrán. Un beso, cuídate.

    • Estoy segura que llegarán esas mañanas. Un beso, Fernando 😘

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