Reseña: COMPRIMIDOS PARA LA MEMORIA O RECUERDOS COMPRIMIDOS de Alberto Giménez Prieto

Blog literario, la escribiente

Comprimidos para la Memoria o recuerdos comprimidos, libro de relatos

Los recuerdos nos llaman

siempre insisten

no soportan que los abandonemos

y tienen toda la razón del mundo

porque son los ladrillos del pasado….

 

los recuerdos nos llevan al origen

se convierten de pronto en semilla

de las oscuridades y las luces

que vinieron después y despacito…

 

RECUERDOS  – Mario Benedetti

 

La poesía, quizás es la manera más certera de trazar y sombrear los recuerdos con la melancolía que la memoria tiene pendiente en ese espacio que desconocemos de nuestra mente. Estoy convencida de ello, de la misma manera que nos definimos por los recuerdos que almacenamos, procesamos y recuperamos cuando la piel los evoca. Como escribía Cesare Pavese

“La riqueza de la vida está hecha de recuerdos, olvidados”.

Hasta que un regreso, un sueño, un secreto, una visita inesperada, un encuentro no previsto, un olvido, la falta de fe, la «irreversibilidad» de la mente, un mote, la soledad, un diagnóstico, un disparo, el silencio, un mal momento… Te trae al pensamiento sensaciones y momentos pasados, el gusto de una venganza, lo invisible de los ojos, un cuento en boca de tu madre, el olor del pueblo con su pan recién hecho y el cotilleo de sus gentes, el ruido en tus oídos de un silencio abrumador. Comprimidos sin blíster para una Memoria que a veces desea olvidar y otras obligada a recordar, que Alberto Giménez nos acerca en forma de Recuerdos Comprimidos, que se exprimen en dieciséis relatos en la que la ironía armoniza con la melancolía de unos personajes abstraídos de la realidad. Cuentos que el autor narra con un tono de sarcasmo y mordacidad en muchos casos Recuerdo Envenenado, Un Largo Sueño, El Infierno está Empedrado de Buenas Intenciones…, para que el lector no tropiece de golpe con la cruda realidad. Alberto Giménez observa su entorno, personas sencillas con vidas corrientes, pero que cuando cruzan el umbral de su casa y cierran la puerta, se desata el caos en su memoria consecuencia de lo más oculto de sus vidas. Sintetiza en relatos o cuentos el testimonio de lo que un buen espectador anota en su libretilla que la acompaña dónde quiera que vaya. De esta manera no olvida describir con exactitud a personajes unas veces envueltos de inseguridad, invisibilidad, desconfianzas, soledades, escepticismo, enfermedad, venganza, desamor, pecadores, perdedores…

Como bien decía Pío Baroja,

“En buena parte somos la prolongación de nuestro pasado; el resultado de un recuerdo“.

Buena prueba de ello es Jacinto en Recuerdo Envenenado que, de vuelta al pueblo donde se crio y creció, demuestra la vulnerabilidad de su persona, inseguro, iluso, conformista, apático, confiado, indeciso, frágil, dependiente, fracasado, optimista sin perspectiva ni futuro, ignorante, penitente… Un «cornudo» que no sabe enfrentarse a su pasado, a las mujeres que han formado parte de su vida: el amor de su madre; una esposa narcisista y manipuladora; una exnovia conciliadora y vengativa…, un pueblo que cotillea a sus espaldas. En dos palabras «un pobre hombre» victima de su frustración. Cómo bien señala su nombre, Jacinto es la representación de un hombre «muerto y un lamento» adornado de vida para disimular. Un preso del recuerdo.

Si Jacinto es un pobre hombre, otros le acompañan en muchos de los relatos que Alberto Giménez escribe. Como Gabriel en Un Largo Sueño, un «soñador» de altos vuelos que muere en su propio sueño, y es que la vanidad y el ego, en muchas ocasiones nos puede matar. Ignacio, personaje de El Infierno está Empedrado en Buenas Intenciones, un «caprichoso y mal criado», un machista que vive en una «infancia perpetua» y en la comodidad de una madre culpable, condescendiente y tradicional que esconde quién es su hijo en verdad. O Javier en Aquella Visita Indeseada, el hombre melancólico que persigue en lo onírico de la noche, a la mujer de sus sueños, aquella que una tarde de estío, cuando la adolescencia estallaba, le regaló tres horas de miradas y amor. Y en sus sueños encuentra la felicidad. Antonio, protagonista de El Virgen, un adolescente descubriendo el sexo a toda costa para borrar la reputación que le precede que, es la risa entre los amigos. Cándido y deseoso cae en brazos de quién no cree; inocente no imagina que nunca podrá desmentir su apodo. El autor nos presenta en El Invisible de nuevo a «otro Jacinto», un alma en pena que pasa desapercibido incluso para las esquinas, es «como si no hubiera nadie», un inexistente, un bulto, un objeto más. Y qué decir de El Gafe, Félix un aojador que todos evitan y que acepta su suerte y, Emilio, el amigo, a contracorriente. O el soldado de Empatía, un soñador despierto, temeroso del sufrimiento, obediente y leal que despierta de su sueño sin mala conciencia. El abuelo y padre generoso y profundo de Un Día de Soledad, cuyas claves internas se ven alteradas y puestas en entredicho por ese refrán que dice «cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar» en lágrimas de «egoísmo» que los demás, más jóvenes no pueden entender. Y es que no hay más soledad que envejecer por muchos recuerdos y sueños que ocupen los días. De la misma manera que el marido de El Ocaso que, cuando las circunstancias empañan su vida, maldice los argumentos que justificaban la incomunicación o las voces batallando en la rutina del matrimonio. Y en Un Agradable Recuerdo, la resolución a un adiós que sólo él sabe contestar sin respuesta de vuelta,

«—Te voy a complacer. ¿Querías un recuerdo agradable? A ver si te sirve este…»

O el estudiante que no entiende a la «llorona» de su madre en Empezaba a Entender que es lo que sucede. Por último, Bernardo el maestro tallador, que firma su obra, profeta de lo que sucederá, y causa de venganza en La Lágrima de la Virgen.

Aunque parezca que el autor tan sólo se centre en hombres, más bien y desde mi opinión, «flojos» de carácter, irresolutos, inseguros y soñadores, depresivos y tristes, las mujeres son fundamentales y necesarias en este libro. Leo entre líneas y por encima de ellas, la admiración por la mujer. Mujeres fuertes, valientes, decididas, temerosas en su justa medida dependiendo de sus circunstancias. Resolutas y con templanza en las manos. Maternales y seductoras. Amantes y amorosas. Tiernas y a veces, con cierta pereza para salir de su conformismo. Vulnerables, pero tercas. Con grandes anhelos muchas y otras convencidas de su rutina. Mujeres corrientes, de las que pasean por las calles con el cesto de la compra, profesionales con zapatos de agujas y «putas» que se venden por sacar adelante lo que más aman. Mujeres reales, de carne y hueso. La vecina del rellano, la psicóloga de turno o la que se queda en la esquina esperando el precio de la vida. Mujeres sin fe y las que conocen a Dios. Mujeres luchadoras, beligerantes con su destino….

Y es que sólo una mujer puede preguntar:

«—¿Hacen falta motivos para besarte?—»

Una pregunta que lo dice todo y que nos define.

Alberto Giménez, con esa prosa exquisita, un vocabulario arrollador, singular y excepcional, sin vulgarismos ni vulgaridades para ser incisivo en los sueños y en las evocaciones de sus personajes, denota ironía y sarcasmo; realismo y costumbrismo; denuncia situaciones en lo onírico de los sueños; persigue la enseñanza y el consejo para el lector. Motiva, incide e indaga en la mente tanto de los personajes como del que lee. Para que reflexione, deduzca y encuentre el ejemplo en la punta de la lengua. El autor es directo, descriptivo en lo conciso, sin adornos innecesarios ni florituras que redunden en banalidades; no interviene como narrador, son los personajes los que se definen y nos transmiten sus dudas, sus temores, sus debilidades, sus derrotas, sus muertes. Relata lo justo y necesario para ponernos en contexto, en escena para que sea nuestra imaginación las que se coloque en lugar de los protagonistas, de los secundarios, de las circunstancias. Buscar y rebuscar en el fondo de la memoria de cada uno de nosotros empatía, comprensión, denuncia, renuncia y en fin, la propia vida para que aprendamos de ellos. Con esa narrativa que me recuerda a clásicos como Quevedo y más cercano a Pérez Galdós.

La memoria es un archivador que almacena, codifica y recupera aquello que se guarda en ella. Y en ella guardamos momentos, olores, fotografías, palabras, un gesto, un rostro…, emociones. Y es esa la copulación del ser con lo archivado, las emociones nos embriagan de nuestro pasado bueno o malo, pero que nos deja su huella en nuestra personalidad, en nuestra conducta, en los conocimientos adquiridos, en nuestra reputación. Y precisamente todo eso es lo que el autor detalla con el respeto que requieren las personas, desde la observación y sin juicios ni prejuicios. No hay peor verdugo ni peor condena que nosotros mismos y nuestra conciencia. Sin olvidar, que por mucho que queramos, los recuerdos recuperados nunca se ajustan estrictamente a la realidad, los moldeamos a las nuevas circunstancias, a otras interpretaciones que se adecuan mejor a nuestros propios intereses. El miedo, a enfrentarnos a ellos nos impiden crecer personal y emocionalmente.

«Los recuerdos son engañosos porque están coloreados con los eventos del presente» -Albert Einstein

Comprimidos para la Memoria o Recuerdos Comprimidos no es uno más de los libros de relatos que pululan en el mercado literario, ni siquiera un libro de autoayuda. Es la muestra de que la memoria nos pone en nuestro lugar. Una lectura que desentierra nuestros recuerdos para enfrentarnos con el tiempo y las heridas.

«A veces no conoces el verdadero valor de un momento hasta que se convierte en memoria».  -Dr. Seuss

Conmovedor y emotivo; reflexivo y con una melancolía que no pesa entre las líneas, de ello se encarga Alberto para que fluya rápido y ágil entre las manos sin el sopor ni el aburrimiento de tiempos pasados. Excelente lectura. Gracias, Alberto por este regalo en papel que me ha abstraído a mis inicios con la lectura.

«… los recuerdos embrollados con los olvidos de una época que creía recordar pero que nunca sucedió. Hacia tiempo que la quimera confinó la evocación»

 

Blog literario, la escribiente

Alberto Giménez Prieto, escritor

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