En la calle

Blog literario, la escribiente

En la calle, relato

Por la calle abajo va ella con su vestido de algodón, incólume de lágrimas, con la pureza del blanco aún no desteñido por lo añejo del tiempo. Ella con sus pies descalzos deambula por la calle, trastabilla un paso sí y otro también, contando los errores que ha sumado desde que tomó la única decisión de su corta vida.

La oscuridad de la noche es su cómplice, las sombras del pasado se agazapan detrás de los portales para asustar a aquellos transeúntes a los que se les ha caído el tiempo encima. Son pocos los que quedan por refugiarse en sus casas, Bernardo el tabernero; Julia la peluquera; Ignacio un polvo de última hora con su secretaria le entretuvo. Ella vacila cada vez que pasa por debajo de una farola, teme que sus claroscuros se rebelen y estallen en medio de la acera rompiendo los adoquines, donde los encuentros son posibles y las huidas, verdades por contar. Se gira un aire gélido, anuncia que el invierno está a la vuelta de la esquina, la hojarasca se arremolina a sus pies que ya lucen encarnados por los cristales rotos de botellas y, pequeñas esquirlas de basura que la gente va dejando como un rastro para saber que existen, que están aquí. Ella olvidó los zapatos debajo de la cama, donde guarda todo lo que necesita esperar otro momento. Tan sólo, se levantó, se miró en el espejo por si se encontraba y al ver que no estaba allí, abrió la puerta y se lanzó a la calle.

Ella acelera el paso, va de un lado a otro tanteando las paredes, su pelo serpentea con el aire, ondeando al cielo. Es una proclama, una rendición de que nada está en sus manos. El aire nocturno le devuelve la misiva, enredando su melena rubia en una maraña de nudos imposibles por deshacer. Ella impertérrita asume su decisión, intenta mirarle a los ojos, pero Eolo confundido por su identidad, los cierra por temor a ser vencido. La euforia se adueña de ella, una risa desconcertada se escucha en el silencio de la noche. Ella ríe, ríe tanto que se le doblan las piernas, sobre el asfalto se recoge sobre sí misma, esconde su rostro afilado por la tristeza entre sus muslos consumidos por el hambre de imposibles por lograr. De la risa al llanto solo un paso que ella da, allí en medio de la calle, sobre el duro del asfalto se deshace en un continúo de lágrimas, que se cuentan por millones. Ríe, llora, llora, ríe así está ella, lejos de lo que puedan opinar los otros.

El miedo al porvenir es el pretexto que ella tiene como respuesta ante tanto desquicio, al dolor que le oprime el pecho en un acicate que le aguijonea sin saber el porqué. Las dudas caen sobre ella misma, dicotomías de si sus manos son suficientemente eficaces para sostener la vida de otros o si su boca sabe mantener una conversación con el que tiene enfrente. O si podrá amar por toda la vida o quizás, conjugar el amor requiera más de una. Dilemas que se encienden dentro de ella, hiriendo sus entrañas que se descuelgan para huir de ella. Son tantos los castigos que ella infringe a su cuerpo, que los huesos se han declarado enemigos de ella. Es tanta su soledad…

La madrugada se echa encima, una neblina espesa e implacable se alza como contrincante. Ella, en medio de la calle, sobre millones de fantasmas que le sirven como cama, esconde su cara entre las manos, reza en voz alta, una plegaría que expíe sus pecados, esas culpas que la persiguen día y noche. El fracaso de no corresponder con besos a quién le hacía sonreír. Abandonar a su suerte algún que otro amigo. Desatar el sufrimiento a quién le importa con sus idas y venidas por los suburbios donde se trafica con sustancias prohibidas. Cultivar la desconfianza en un desierto. Reza, grita en alto —perdón, Señor, perdón—, y la sinrazón se convierte en una llamada para revolverse sobre ella. Un hilo de voz se desliza por su garganta, que se ahoga por su propio vómito, mientras un caudal de orina abdica de ella, para encerrarla en un círculo. El runrún de su cabeza eleva el volumen enfureciendo sus células.

Ella, recuerda y no olvida, los días pasados se fueron para no volver, sólo quedan sus heridas cosidas a la piel, estragos que son ruina en una boca desdentada; en unos dedos deformes; en una cabeza que se rompe a pedazos y un alma hundida en la oscuridad.

El insomnio de tantas noches, el traqueteo de tantas ideas frenéticas intentando encajar y la inanición de perderse por un agujero se apropian de ella, dominan sus movimientos inseguros, por esa calle alejada de todos y tan cerca de sus tormentos. Ella, en medio de la calle, con su vestido de algodón que ya no es blanco como la inocencia, ahora se tiñe de tiznones de las cenizas de su destino.

Ella, se mimetiza con el suelo, es una más de todos esos parásitos que reposan allí; una más de todos aquellos despojos que embrutecen la calle; una más de los sintecho durmiendo la ebriedad. Una más de las palabras inapropiadas que se escriben en los muros.

Ella se rinde y, espera que amanezca para recomponerse.

2 Comentarios

  1. Las dolencias sociales, la indiferencia y el desprecio a la incompetitividad llevan a las calles a quienes se consideran debile sociales para que el resto se averguence en lugar de auxiliarles. Desgraciadamente es así de horrible, aunque quede tan hermoso cuando tu lo expresas.

    • Ese fracaso personal que muchas veces es social te conduce al hundimiento más absoluto convirtiéndose en enfermedad que te mata. La debilidad no es tanto de las personas sino del entorno que no entiende a aquellos que precisan de más comprensión por sus sensibilidades y su vulnerabilidad.
      Muchas gracias, Alberto.

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