Y un amor de otoño

Blog literario, la escribiente

Y un amor de otoño, relato

La madurez ha llegado a sus vidas de la misma manera que el otoño invade los últimos días de septiembre; sigilosa, imperturbable, y distraída, como si no fuera con ella las evidencias en la piel. El olor a tierra mojada y al hierro forjado, oxidado de mañanas de nieblas y brumas; las hojas muertas clamando piedad cuando son pisadas, juntándose una contra la otra haciéndose compañía, pues el miedo a morir las reducen, a un simple enjambre de láminas crepitando con los tonos del infierno: el naranja llameante, el rojo de la furia, el amarillo desquiciante y el negro de los rescoldos que se agarran a un clavo ardiendo creyendo que resucitarán.

Detalles perversos se anuncian en la piel de Laura, pequeños circunloquios se hacinan alrededor de sus ojos, gélidos en un océano distante dónde la única salida era dejarse llevar por el vaivén de las olas y, cuando el cielo se inquina con la obligación de convivir entre el frío del pasado y el calor de hoy. Los ojos de Laura ya no chisporrotean con el brillo del sol, los cuervos sombríos e iracundos los atraviesan cruzando un árido descampado de carroña y fantasmas reflejados en sus iris. La nostalgia es el pretexto que utiliza ella para justificar la oscuridad que la embarga. En unos días, cumplirá años, —muchos le dicen que debería sentirse orgullosa de su genética—, según ellos no aparenta los cincuenta años que ya duermen en su almohada. Desde lejos puede aparentar treinta y muchos; algo más cerca, unos cuarenta y algo, pero traspasando su piel la decrepitud se adueña de ella, como un mercenario a la conquista del precio acordado. Abatida merodea de un lugar a otro, entra y sale de las habitaciones, abre y cierra cajones y armarios, rebusca y desordena lo que tanto le costó organizar con la obsesión de ser perfecta. Los nervios le traicionan cada vez que atraviesa el umbral de su casa en dirección a calles desnudas de sensibilidad, las mismas que el ruido de los coches acallando palabras de emociones en la boca de transeúntes huérfanos de afectos que signifiquen algo en sus vidas. No consigue respirar cuando la multitud se agolpa alrededor de ella, entre escaparates de imágenes intachables, maniquíes de plástico moldeados por las manos del consumo frenético, de muñecas hinchables henchidas de botox estirando sus sonrisas en muecas histriónicas de que la felicidad es el mejor invento de la humanidad. Laura se ahoga, mientras los hombres unen sus cerebros a un dispositivo adosado a las orejas, le recuerdan cuando los mensajes en su bandeja de entrada eran un golpe contra su sensatez. Notas en una pantalla donde los insultos eran un buenos días y «sólo serás mía» un buenas noches. Eran otros tiempos, cuando su libertad era de otro, de quién le rompía los huesos en nombre del amor. Hasta que encontró una vía de escape y se convenció de que merecía algo mejor. Mira y remira alrededor, voltea a derecha e izquierda, su cara se entona en un morado que rompe el polvo de arroz que es su piel; el otoño se insinúa en la brisa que mueve las hojas, y aprovecha los últimos aleteos del calor para acercarse al centro de la ciudad. Tan sólo quiere aprovechar los últimos días de rebajas para comprar el material escolar de sus dos hijos. El divorcio había menoscabado tanto su estrecha economía que los malabarismos contando euros se ha convertido en un acto de alto riesgo. En sus manos aún guardan los efectos de la tragedia de su funesto matrimonio. Temblequean en cada acción, aunque ella va de valiente y hace ver que todo aquel ayer está muerto y enterrado en un cementerio llamado olvido. Todavía visita a su psicólogo y aún toma aquellas pastillitas que calman su alma, y la mantienen con una sonrisa simulada y encartonada recibiendo la nueva vida. A pesar de los estragos del pasado, de todas las heridas que aún tienen que acabar de cicatrizar, de colocar nuevas fotografías sobre su mesita, de maquillar sus ojeras con corrector y esquivar los desperfectos de salir adelante tras el desahucio, Laura respira belleza en un remanso de paz, un aura que rodea su pequeñez irradiando serenidad. Su melena de tonos ocres refulgen con algunos rojizos incendiando a quién la observa. Su atractivo no es su cara afilada, sus proporciones equilibradas entre altura y masa corporal, la tristeza de sus ojos ni la candidez de su voz. Carlos se fija en ella, nada más atravesar la puerta de El Corte Inglés entrando por Plaza de Cataluña. Piensa que aquella mujer es una realidad, una mujer que no pretende engañar al tiempo y que todo en ella es certeza. Él lleva demasiado tiempo sólo, no comprende el motivo de aquella soledad que se repite una y otra vez cuando se lanza a buscar una compañía que apriete sus huesos. Tantas relaciones fallidas, tantas excusas por respuesta que al final decidió no hacer más intentos con eso llamado amor.

Carlos sabe que es un tipo atractivo, su metro ochenta y cinco, el espigado de su cuerpo, la fuerza de sus brazos y, esas piernas contorneadas de correr millas y maratones, convencen al resto de humanos a primer golpe de vista de que aquel hombre vale la pena. El desorden de su melena desde su plateado de tonos, improvisan sus modales hacía lo salvaje de la naturaleza. A pesar de todo ello, de su buena posición económica y de muchas promesas, Carlos no ha logrado mantener una relación más allá de unos meses. Muchas noches, cuando el frío hiela sus pies o el calor destapa sus ganas, reflexiona porqué las mujeres quieren tanto, exigen mucho más y dan tan poco…  Aún así, se resiste a darse por vencido de encontrar el amor de su vida. Debe darse prisa, pues el reloj empieza a descontar minutos. Por suerte, la buena genética omite los años que en realidad tiene, cincuenta y cinco, y eso sopla a su favor. Cuando sus ojos se ponen a la altura de Laura, sabe que aquella es la última oportunidad de encontrar a alguien que comparta sus horas. La inocencia se marca en la piel de aquella mujer y la sensibilidad respira por ella. Carlos siente un crujido en el centro del pecho, por un momento idealiza a Cupido clavándole una flecha con la sangre del amor. Una sonrisa se dibuja en su rostro dándole el consuelo necesario para acercarse a ella.

Laura lo observa de lejos, cuando al acceder a la tienda, lo ve en la sección discográfica con un disco entre las manos, ajusta bien sus ojos y comprueba que es Hate to see you go de The Rolling Stones. Se fija en la forma como lo sujeta, con suavidad y admiración. Cierta dulzura delatan sus ojos grises y transparentes como las mañanas de otoño, cuando la niebla se abre a paso entre los árboles y entre el cielo, donde se refugia la esperanza. Desde el divorcio, no ha habido nadie en su vida, ni un simple tonteo, no era por oportunidades, pero acabó tan hastiada, tan rota por dentro que necesitaba recomponerse, despacio, de poquito a poco. Y ahora sin saber el porqué se ha fijado en aquel hombre, con barba de tres días descuidada con mucho acierto, pantalones que se adaptan sobre unas piernas bien proporcionadas, aquella camisa tan pija de marca y la cazadora de cuero, y esos ojos…, que percuten el corazón.

Un cruce de miradas, una energía eléctrica y la inercia de encontrarse.

Y un amor de otoño.

2 Comentarios

  1. El amor no requiere edades, tan solo de aptitudes y actitudes. Lo dificil es que coincidan en dos personas. Me ha gustado mucho Dolors.

    • Gran verdad, Alberto. El amor requiere de voluntad para amar y ser amado. Muchas gracias. Un abrazo.

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