Se va…

Blog literario, la escribiente

Se va…

Se va, se va el sol de media tarde y yo me voy con él, como tantas otras tardes, huyendo de esta realidad que me apremia en razones que ya no sé entender. Corro sin mis piernas, ajenas al cansancio de mi cabeza, y deciden ser independientes del resto de este cuerpo que lánguido y torpe se desorienta en el minutero del reloj. No me sirve y menos me consuela, «eres aún joven», «te queda mucho por vivir», yo no quiero contestar que «ya he vivido todo lo que tenía que vivir», para no ser maleducada y menos aún darles más tema de conversación en chascarrillos que ni me van ni me vienen. Mas aún así me doy el placer de subir a mi rayado coche de golpes de no saber calcular con el ojo, vago de tanto observar, donde meterlo en huecos tan pequeños como las gomas que sujetan mis cabellos. Así, adelante y atrás, primera y marcha atrás, volante a la derecha y volante a la izquierda, consigo encerrarlo prisionero como yo misma entre dos que no se conocen. Subo al coche, aturdida del sol que se escapa de otra tarde más. El motor ronronea, quejicoso acepta mi súplica de enfilar la carretera sin más destino que ningún lugar. Releo la última frase y, rememoro cuando planificaba en una hoja cuadriculada cada minuto del día. Era tal mi previsión de todo que no descuidaba ningún detalle, ningún cabo suelto que no encajase en todas las improvisaciones que pudieran acontecer. Sabía de donde partía y cual sería el lugar al que quería llegar, con puntualidad inglesa y la mente organizada en organigramas que olvidaba una vez cumplidos. Esa era mi vida, sin sorpresas ni envestidas; sobresaltos ni acometidas…, y así mustia, marchita como todas las orquídeas que morían con la persiana levantada y tantas lágrimas ahogando toda esa mentira.

Y ahora con la distancia del pasado, árido y arrugado, instalado en mi sofá, decidiendo que aquí se está mejor que vagabundeando por aceras extrañas y escarbando basuras donde se mezclan promesas rotas y sueños hechos trizas. Descubro cuánto dejé por el camino organizando un destino conformado en lo confortable de no asustarse. Y sin querer, echo la vista atrás, donde las migajas de mis emociones sirven de alimento a los cuervos que me sacan los ojos. Alimañas, que revolotean cerca de mi nido para seguir haciéndome daño. No saben, esos pajarracos, que ya no estoy en sus manos, toda su maldad ya es inmune a mí. Me he vacunado con inyecciones de puestas de sol y de estrellas fugaces que caen para recordarme, que mañana habrán muchas más. He dejado de planificar, de ordenar y organizar el reloj; de seguir las convenciones de dormir y comer a tal hora; de decir buenos días cuando quiero decir adiós; de quedarme con las ganas de un beso y ahora, beso aunque sea al extraño de mi «amigo», de ellos me alimento para seguir sintiéndome viva, mujer y persona. Sí, persona de esas que evita juzgar quién eres y a dónde vas; de esas que solo le importa las intenciones que escondes debajo de la almohada o las que publicas en Instagram, guiñando un ojo a la libertad de ser y poder.

La carretera es mi paraíso, en ella desentraño los grises de mis cabellos, mientras el aire brega por enredarse en mi melena, colándose por la media ventanilla abierta. A través de ella, el oxigeno fluye con más pureza por mis venas, y es que me pierdo por caminos de segunda, donde los baches son parches de alquitrán fragmentados por aguantar tanto peso, el de tractores y camiones cargados de animales camino al matadero. Así sufro el traqueteo del coche en mis huesos, cuando se clavan mis rodillas en el cuadro de mandos, intentando dominar las charlas que mantienen en el cerebro mi yo y la realidad. De hecho, soy una más de esas reses destino a morir.

Cómplices de mí, el coche y la carretera, cuando despejar el pensamiento se convierte en una obligación para no deshacerme de mi misma. Levanto las pestañas por encima del volante, procurando seguir la línea continúa que marca la calzada. De repente, aparece la incapacidad de mis manos, hurtadas de la firmeza precisa para seguir el trazado. De nuevo esa rebeldía, convertida en ineptitud para hacer revoluciones y cambiar mi interior. Cambios que no se hacen más efectivos que en las dudas en las que me convierto. Aún así, me resisto a salirme de lo programado por esta moral que me desquicia y esta educación de ser la mejor. Lucho, lucho contra todo ello, de ser un número más en oficinas bancarias, en la tarjeta sanitaria o en un DNI que me identifica como invisible. Confundo toda esta utopía con la que me parieron y, me pregunto de dónde me nace si hay tanta distancia entre mi madre y yo.

Avanzo sin prisas, la radio de fondo, su ruido me recuerda que aún estoy aquí, entre los vivos y no entre sueños imposibles de ser verdad. Calles de personas sin más condición que querer, con pies dispuestos a caminar y correr junto al que tiene a su lado. Un sol que ilumine la oscuridad de las miserias humanas y una luna conspiradora de amores de película, de esas melosas y con final de «comieron perdices». Pero nada de eso es cierto, sin fronteras ni algoritmos que marquen el ritmo del corazón. Sin palabras con contenido por compartir ni silogismos que ayuden a pensar. Ni siquiera premiar la duda pues de ella se aprende a razonar ni de admirar la poesía, en ella la vida se ve mejor. Sin amor entre dos, qué importa el color, si son hombres o mujeres, trans o sólo personas que se meten en la cama buscando nada más que, la compañía del silencio para sentir el roce de una mano o de una boca, de unos dedos o de miradas de deseo.

A veces necesito pisar más y más el acelerador, dejarme llevar por la adrenalina del que pasará. El siseo de la carretera baila a mi son, agarrada a mi cintura y yo me dejo llevar, me contoneo a su capricho, cayendo en la desidia de medía tarde, cuando el sol a punto de caer me ciega la mirada y, cerrar los ojos es una necesidad para seguir este baile. Subo, subo por un camino sin fin, recordando que la caída puede ser peor, a las puertas del averno donde me esperan pasado y presente pasando lista por mis ruinas. A pesar de ello, no quiero dejar de seguir más y más, y no hay más razón que la de huir de:

MÍ.

6 Comentarios

  1. Magnífica visión del desencanto, ese estigma que nos persigue dentro de la vorágine donde transcurre nuestra vida, y que tú sabes explicar de forma que todos nos sintamos identificados. Como siempre… Tú.

    • No has podido definirlo mejor. Muchas gracias por entrar, leer y comentar. Un abrazo.

  2. Que bonito sería vivir la vida sin el corsé de las normas no escritas que el roce con la sociedad nos va susurrando al oido y poder pisar el acellerador hasta donde quisieramos… que bonito sería si nos atrevieramos. Me sigue gustando como escribes Dolors.

    • Gracias, Alberto ojalá pudiera escribir de otra manera. Un abrazo.

  3. Ya. No tenemos ni puta idea de dónde queremos ir. Y mucho menos para que. A mí solo me salva contar mis dudas y mis vacíos. Poca cosa. Tú relato es magnífico.

    • Gracias, Ricardo. Mi camino es incierto. Un abrazo.

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