Carta a mi hija, la mujer que crece

Blog literario, la escribiente.

Míriam, mi hija, la mujer que crece.

Querida hija.

Las cartas, misivas que ocupan el espacio donde las palabras se convierten en un talismán para la eternidad, pretenden dibujar en la profundidad de su significado, revelar verdades imposibles de verbalizar con la boca que la mayoría de las veces se atropella con la lengua. Ya sabes, mi querida hija, lo taciturna que en muchas ocasiones se convierte la mía, sellándose por horas, días o semanas en el sigilo del silencio, es cuando dejo de decirte cuánto «te quiero». Mas, echo mano de una hoja en blanco, es entonces cuando el milagro se hace realidad y te declaro lo que llevo dentro. No olvides, y sé que no lo haces, que esos momentos forman parte de este ser que es tu madre.

Madre, una palabra tan grande que se me llena la boca de lágrimas, nunca de tristeza, cuando aquel nueve de septiembre se me abrió el más hondo de los agujeros que tengo y en una exhalación apareciste tú, esa caballera negra, menuda, sosegada, y con la sonrisa como bandera. Cómo decirte, mi querida hija que rememoro una y otra vez, para aferrarme a ese recuerdo que me dio la vida de nuevo, para seguir viviendo. Desde aquel instante fuimos dos en la tierra de los hombres, para seguir siendo una en el mundo de los sueños. Y así seguimos quince años después, compitiendo con la realidad en una carrera de saltos de obstáculos donde caigo una y otra vez, y ahí estás tú, ofreciéndome la mano para levantarme de nuevo, para seguir combatiendo las dos, siempre juntas contra la dificultad siguiente.

La madurez que es tu segunda piel desde el primer día que abriste los ojos, crece en proporción a ese cuerpo que ya es una flor que ha estallado en una primavera eterna. Te miras al espejo donde los selfis se reflejan en un móvil que te acompaña a donde quieras que vayas, elocuencia que la adolescencia se ha hecho tu dueña, sintiendo el orgullo de esas curvas que delinean todo tu espíritu, esos pechos contundentes y firmes con la arrogancia de retar a la gravedad, y la voluptuosidad de esos labios de frenesí. El miedo me encoge el corazón, en un puño que no sé abrir, por si toda esa belleza que desprenden el brillo de tu sonrisa, el contoneo de tus caderas y esa caballera que se derrama en inocencia son lanzadas contra las cuerdas de quién se apodera de todo ello, mancillando toda esa pureza. A pesar de ello, sonrío cuando vienes a buscarme y me enseñas el último «musicality», nos reímos con todas esas poses forzadas por la extravagancia de destacar. Me invitas a compartir uno, me instruyes con la paciencia de esa maestra que llevas en la sangre e insistes una y otra vez con la torpeza de mis gestos, y es que siempre he destacado por la falta de coordinación entre extremidades y cabeza. Y luego seguimos riendo con eso que hemos grabado, tú en primera línea y yo, detrás de ti, pues tú eres la estrella, mi estrella.

La estrella que guía mis días de agonía cuando el dolor se revela en un caos que altera todo mi yo. El sufrimiento azorado por este amasijo de huesos carcomidos por termitas que yo alimenté, se oculta tras mis ojos, y evito que tú lo veas. Mas, ahí está tu destreza para saber que naufrago en mis miedos y abres tus libros de historias ciertas, de amigos y conocidos, y me lees para desempolvar mi tristeza. De esa manera, tú me medicina, alivias todas mis flaquezas, con la complicidad de las conversaciones en el sofá que resiste los vaivenes que nos da la vida, mientras miramos vídeos de «reggaeton», ya sabes lo que opino que el machismo del que huyes se contradice con todas esas letras, pero no puedo olvidar que tienes quince años y te acompaño tarareando melodías imposibles en mi incapacidad de lenguas. Conversaciones que se alargan en la madrugada ante una película en Netflix comparando la ficción y la realidad, mientras chocamos en opiniones y aún así encontramos un atajo que nos acerca mucho más.

Querida hija, mi niña que ya es mujer, el orgullo babea por las comisuras de mis labios, has sabido salvaguardar toda esa identidad que te hace tuya en la seguridad sustentadas en tus piernas. Firmes y tenaces, sin contradicciones, sólidas y valientes para los «no» que hay que dar en la vida a aquellos farsantes que se hacen pasar por amigos, o a aquellas circunstancias que imponen su dictadura evitando sentimientos. Vértigo me produce esos «prontos» cuando te parte la sonrisa y el llanto crece en ti, y aún así te dura unos segundos cuando acabas de un manotazo con todas esas nubes que quieren atormentarte. Es cuando descubro que algo bien he hecho en mi vida, ser madre, la tuya, sin sustitutas ni sucesoras, soy yo tu madre la que siempre he querido enseñarte a no ser como yo. El resto es tu inteligencia, la habilidad de no morderte la lengua, sin nudos en la garganta y la luz brillando en esos ojos intensos y negros como el azabache de los míos.

Sigo tus pasos, detrás de ti, aunque no me veas, ahí estoy mi querida hija, con la poesía ocupando una parte de mi mente y, en la otra vigilante de quién pueda hacerte daño, pues en esta sobriedad y la serenidad que son mías, saco garras y uñas para defenderte de quien te arranque de mí. Aspiro a rellenar los vacíos que de pequeña te dejé, cuando los hospitales eran mi segundo hogar y el trabajo mi prioridad, en todo el tiempo que puedo estar contigo, cuando necesitas un chófer que te lleve de aquí para allá, al encuentro de tus amigos, de fiesta en fiesta. En alejar todos esos monstruos que pueden aparecer cuando menos te lo esperas. En consejos de gratuidad perpetúa cuando te repito incesantemente «se buena» y me contestas «ya lo sé, mama». Sé que lo eres, y lo creo así, ya sabes cuántas veces te he dicho que «el mundo es de los buenos»… Y que aproveches la oportunidad y el sacrificio que hacemos tu padre y yo que, aunque nos separe un documento declarando oficialmente una ruptura desgastada por tanto conocernos; nos une un ser único y maravilloso que eres TÚ, nuestra hija, mi hija; para que aprendas más y más, estudios que empujen tus alas a volar alto, el límite lo tienes tú superando las vueltas de la vida, y lejos, tan lejos como desees para saciar toda esa curiosidad que te cubre de los pies a la cabeza.

Salta, ríe, llora, vuela, descubre, ama…, sin miedo, sin nada ni nadie que te ate a un yugo ni que te flagele en dudas ni dicotomías. Equivócate por ti misma, créete que tu puedes salir de cada tropiezo. No mires atrás, y si lo haces que sea para que veas que estoy ahí lejos pero cerca, tan cerca como el viento que enreda tu pelo, son mis dedos que te acarician para que no sientas soledad. Sonríe, siempre sonríe, aunque quieras llorar, así el sonido de tu carcajada escandalosa enviará al infierno tus temores. Sufre lo justo y necesario en amores y desamores, ya sabes cuánto lo hemos hablado, se independiente alejándote de quién te exija dejar de ser tú. No engañes ni mientas a no ser que tengas que ser piadosa para no provocar daños. Como te digo, «la mentira tiene las patas cortas y se le coge en un renuncio», así que no lo hagas. Vigila esa lengua que te desata…, en palabras que no caben en mi vocabulario y no son necesarias para explicar que te pasa y, los improperios y ofensas no conducen más allá de la esquina, eso sí dejando detrás de ti un rastro imposible de borrar.

Querida hija, la mujer que ya eres, sigue siendo quién eres, mirando hacía adelante y mejorando, siempre mejorando. Sé que lo que hasta ahora te da «palo», dejará de hacerlo, y será el momento de que des un salto al vacío sin cuerdas ni arneses, pero con un colchón que serán mis brazos, por si precisas caer para volver a tomar impulso.

Querida hija, en esta mañana en el que reluce el sol, que tiene tu nombre, soy yo la agradecida a Dios o a ese «alguien», que cuida de nosotros, en mis adentros sé que es mi padre que siempre está ahí a mi lado, como yo estaré en el tuyo; a quién no tengo palabras suficientes por el mejor regalo que un nueve de septiembre me sorprendió entre los brazos, esa niñita tan chica que cubría la mano de su padre y el alma de su madre.

Mi querida hija, no tengo mucho de lo material, bien lo sabes, mas poseo todo el amor medido en infinito, sin números que atosiguen sentimientos; también todo lo vivido que llevo tatuado en la piel para que sepas lo blanco y lo negro; la luz y la oscuridad; el cielo y el infierno…

Se tú misma, acuérdate de mí aunque pasen los años, aunque ya sea ausencia. Recuerda que viniste para darme la vida y yo vivo por ti.

 

Eres

Día, de sonrisas y, noche de conversación

Sol, iluminando la vida y, luna guiando sueños.

Eres

Sal, chispa de mi vida y, miel endulzando heridas

Lluvia en gotas al alba y, mar donde calmar mis ansias.

Eres

Euforia de sentirse libre y, alegría a borbotones

Desenlace a todos mis sueños y, petricor de mi piel.

Eres

Colibrí, regalo del cielo y, resiliencia a la realidad

Rosa de primavera eterna y, hojas de otoño crepitando el olvido

Eres

Contemplación del infinito y, gratitud sin reproches

Felicidad hecha instantes y, valentía palpitando amor

Eres

TODO el universo hecho mujer.

6 Comentarios

  1. Dolors, sabes que no me gusta enredarme en criticas a escritos ajenos, pero en esta ocasión debo hacer una excepción. He detectado que falta algo, pare que salga “redondo” al igual que le pusiste banda sonora, debías habernos mostrado a los lectores tu rostro en el momento de escribirlo. Nos haces pensar en todas madres que quisimos.

    • Gracias, Alberto hoy la protagonista es ella y debo dejar mi lugar para que luzca como ella es.

  2. Precioso, Dolors…, es una maravilla como escribes, lo que transmites, y lo mucho que quieres a tu hija. Un besazo

    • Muchísimas gracias, Maria ella es mi TODO. Un abrazo.

  3. Precioso, es verdad. Y muchas felicidades a tu hija. ♥

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