Septiembre

Blog literario, la escribiente

Septiembre, pensamientos, reflexión

Retoman las calles ese ritmo que imprime vida a la ciudad. Los coches se encadenan unos a otros, cuando el semáforo de la esquina se pone en rojo, dando paso a transeúntes que no dejan de escribir en sus teléfonos móviles o aquellos otros, los menos, que consultan su reloj de pulsera, creyendo que el tiempo corre menos si lo observan. Sin olvidar a los pobres abuelos que, en una mano se apoyan en un bastón que aguanta toda su vida, tan etérea como el aire que respiran, y en la otra consuelan al nieto de las ausencias de sus padres que, en un horario de 8 a 6 se dejan los huesos. El sonido que late en los escaparates, se reduce a conversaciones tan huecas sobre tendencias de moda ahogando la soledad que les acompaña; chismorreos sobre la vecina de enfrente matando las horas del aburrimiento de repetir día a día los mismos gestos; la última novedad de dispositivos móviles, comprimiendo nuestras vidas en una tarjeta SIM y quemando la vanidad en fuegos ajenos… Los niños se inician de nuevo en colgarse a las espaldas mochilas que pesan más que ellos, entrenamiento con una marca enganchada en la piel con lo que les queda por vivir, inocentes de no saber cuánto de insoportable es cargar con el pasado hasta tropezar una y otra vez sobre la misma piedra. A pesar de ello, escuchar el tintineo de sus dientes que no esconden para iluminar los rostros de quiénes los observan, incluso oír el gorjeo de los llantos de aquellos otros que, se niegan a pasar la puerta de la escuela, recordándote que tú también fuiste ese niño del que no queda nada. Y aún así todo ello es un oasis en medio de tanto runrún.

Se cogen de la mano el anochecer y el amanecer, acortando días de rutinas y melancolías para buscar amparo en noches de abrazos al sofá, bajo la manta de lana sintética, imitando el calor que desprenden dos que se besan con las ganas escondidas en sus barrigas. El sol entorna un poquito sus ojos y su brillo reluce con un guiño a la suerte, de que las tormentas de media tarde no inunden bajos y garajes, donde se guardan las viejas fotografías de veranos en el pueblo o cuando el sueldo daba ya para ver el horizonte en el mar, junto a cajas de plástico que acumulan el polvo que se levanta de caminar por desiertos ausentes de recuerdos. Bikinis de otras temporadas desechados por desacertados, bañadores fluorescentes izando una bandera blanca de compasión, pantalones de pata de elefante pisando amigos de otras épocas, y esos de pitillo, constriñendo los michelines adquiridos de tanta falta de tiempo para calmar la ansiedad de no llegar a donde nos reclaman, apretando la tripa en las falsas mentiras del espejo… Camisas floreadas de colores inventados por un ordenador, vestidos imposibles de sustentarse en los hombros, cayendo por su propio peso porque menos es más, eso dicen los que creen que la poesía no es más que retórica gratuita. Ropa de verano abandonada a su suerte…

Septiembre toca a la puerta, invitándose a difundir el final de la alegría compartida en redes sociales, apagando la luz de risas y promesas, escritas en una servilleta. Toma asiento en la cocina mientras humea el café anhelando calentar la planta de los pies, pues ya refrescan las mañanas, y sacia la ansiedad de las entrañas. Observa el quejido de los huesos cuando el dolor no es ajeno,  y se le nubla la mente cuando aparecen los reproches de, tú pudiste y tú no quisiste. Finge que la felicidad se acomoda en una tarjeta de crédito acumulando deudas que te encadenan de por vida. Aún así, septiembre muestra su amabilidad tendiéndote la mano con algún día más de piscina o de aguas marinas, ultimátum para que redimas tus excesos. Mas, entre sus dedos se escurren las noches de perseidas y viajes con destino a la fantasía de nuestros secretos.

Septiembre toma el mando de nuestro televisor e improvisa la cartelera de la nueva temporada, sin dar tregua a otra opción. Ordena y manda que, las vírgenes sólo están en los altares y, el resto desvirgan su inocencia corriendo más que el carné de identidad. Septiembre es el vagón de cola de fiestas y festivales, brindando un lunes al sol, y dando los últimos coletazos a un sueño de verano. Septiembre se traiciona así mismo, renegando del que fue séptimo en algún momento para conformarse en ser el noveno de un «top ten» que exige ser doce porque caben más instantes. Septiembre choca con las letras y no está seguro si es mejor para sobrevivir, tener menos que no compliquen la pronunciación.

Septiembre juega distorsionando agosto en una película de final feliz y, se esconde detrás de la puerta para asustarnos con resacas, facturas y grasas pegajosas. Urde una estrategia haciéndonos creer que todo es aún posible con nuevos proyectos cargados sobre la conciencia de no lograr su objetivo, y silenciando que el otoño está a la vuelta de la esquina cuando las hojas muertas caerán sobre nosotros.

Tragedias de la vida.

 

 

 

6 Comentarios

  1. Una magnifica fotografía en profundidad de lo que llamamos humanidad dispuesta a enfrentarse con los arquetipos que hemos denominado septiembre.

    • Septiembre ese que calla que acecha el frío para quedarse. Gracias, Alberto.

  2. Hermosas remembranzas que todavía no has vivido, Dolors, por eso admiro tu capacidad de ponerte en los zapatos de otros. ¡Me ha encantado!

    • Muchas gracias, Blanca lo intento. Gracias por leerme. Un abrazo.

  3. Muy buen retrato del fin del verano y el comienzo de las rutinas, todo con la sensibilidad de siempre. Enhorabuena!

    • Muchas gracias, Laura esa es la idea. Un beso.

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