Carmen

Blog literario, la escribiente

Carmen, relato.
Retrato de Javier Arizabalo

La opacidad de sus ojos, no expresan toda la vida que se encierran detrás de ellos. Una tela, puede que de araña no puede empañar la vitalidad que su mente teje en cada historia que recuerda. Cataratas que intentan cegar la realidad de un reloj de agujas que parece acelerar a cada vuelta del segundero. Y es que como ella piensa —cuanto más mayor te haces, los días se acortan por minutos, mas, cuando no quieres que corran tanto—. Carmen desde su silla de ruedas, incapacidad sobrevenida por eso de los «años» y una tonta caída que le rompió la cadera en pequeños fragmentos irremplazables, recuerda que, la prótasis de cerámica-polietileno ya no sabría de sus dolores cuando paría en su cama y la comadrona le decía, —empuja, empuja un poco más—, así nueve veces, en ese lecho donde concebía los hijos con el hambre saciado entre el cuerpo de su esposo. No fue fácil, sacar adelante tantos críos entre la miseria de una posguerra que alargaba sus tentáculos por debajo de los quicios de las puertas. Mas ella, no se rindió ante tanto contratiempo y donde —comían ocho, comían nueve—, solía comentarle a su marido, Luís, cuando entre susurros hacían balance del día en un colchón de lana reciclada, mientras los niños más pequeños, dormían cerca de ellos, en más colchones desvencijados por tanto uso y servicio. Tiempos de mendigar por las calles un trabajo lo suficiente digno para servir en casa de «señoritos» engominados en ideologías fascistas. Tiempos de canjear cupones de racionamiento en el economato del pueblo, sin ser bastantes para tantos en la casa. Mucho pan duro y negro como los vestidos enlutados por tantos muertos en la contienda. Tiempo de silencio, donde las voces eran prisioneras en las gargantas de aquellos que temían elevar el tono a cambio de un tiro de gracia como condena. No, la prótasis no podía saber de su dolor cuando murió uno de sus hijos, en una cruzada por la libertad. Los grises desenfundaban sus porras y pistolas acorralando a aquellos «melenas» que cantaban himnos de paz y engalanaban sus manifestaciones de flores. Quiso morir Carmen en aquellos momentos, cuando su hijo mayor, apenas diecisiete años, fue encontrado en la cuneta de una carretera. Una brecha en la cabeza fue su fin, mas, antes lo crujieron a palos descomponiendo su cuerpo en huesos rotos buscando la libertad. A pesar de ello, Carmen enterró a Carlos con las rosas salvajes del bosque de Bellmunt y con las moras cosechadas con todo el amor que tenía. Al día siguiente, al amanecer, abrió la cancela de su ventana y se dijo, —un día más brilla el sol, tengo ochos hijos más que necesitan de mí—. Sacó fuerzas de debajo de toda esa tristeza que le tocaba la piel, y se miró al espejo volviendo a sonreír. Ni la meningitis ni las sequías de los 60 la pudieron alejar de su empeño: Vivir por su familia, sus hijos.

Carmen intenta enfocar la mirada a través de la ventana, gotas de la última tormenta han dejado su huella, desenfocando un poco más el horizonte que apercibe entre las líneas de cornisas y tejados. La perspectiva que aprehende de su interior no puede ser más deforme, quizás por sus pupilas, quizás por la realidad de un gigante que acecha por aplastarla, los días ya se cuentan uno por uno, restando en el calendario veinticuatro horas menos por vivir. Sonríe con sus labios sonrosados por la vaselina que evita ese herpes molesto y que cuece en el ardor de sus sofocones y espasmos. Por un momento desvía la mirada de la ventana, sus manos se aferran a las ruedas de su silla y marcha atrás se acerca a su mesita que entre medicamentos de toda índole: unos para la diabetes, otros la presión arterial, el sintrom, la artrosis y vete a saber que más; destaca en primer plano una fotografía, su familia que les sonríe desde el marco de madera desgastada por los rayos del sol, los mismo que los hacen resplandecer. Una lágrima desciende por su mejilla derecha, arrugada por las campañas a la intemperie, cuando la cosecha de verduras y hortalizas necesitaban de sus manos; cuando reforestar monte era necesidad tras incendios cometidos por la barbarie de insensatos que quemaban el pan de sus hijos, la madera que les daba calor, en bosques ardiendo; cuando las vacas precisaban de su tacto para muñir la leche que saciaban su necesidad. Sus pliegues, hendiduras marcadas más por el vivir cada día a golpe de martillo en una fragua de vicisitudes férreas como las suyas; no desentonan con su tersa frente y su pelo ondulado reluciendo con la brillantina que aún utiliza.

Vuelve a pergeñar la ventana, el aire fresco de la mañana revuelve sus ondas, acariciando cada una de ellas como su Luís, cuando las noches de invierno palpaba sus senos macilentos de tanto amamantar criaturas, y con ternura buscaba el consuelo de los calostros, y colmaba el desconsuelo de un día de duro trabajo. La nostalgia se adueña de su cara y con los ojos cerrados, recuerda cada instante en que ser madre se impuso más allá de su tiempo. El revoleteo de los pequeños alrededor de su falda, momentos de diversión recogiendo setas, explorando bosques, bañándose en los dos ríos que cruzan el pueblo de norte a sur, de este a oeste. El investigar el nombre de las plantas que servirían para pomadas y emplastes; infusiones y tes; aromas solidificados en la piel que se transmiten en todas esas notas y libretillas acumuladas por los años; herencia para sus descendientes guardadas, igual que un tesoro, en una caja de cartón floreada como sus vestidos, de esas que se compran en los chinos; unas escritas a lápiz, con trazos en cursiva, otras a bolígrafo; algunas faltas de ortografía y muchas ganas de escribir para dejar constancia de esa sabiduría transmitida de padres a hijos. No tenía nada más material que el amor a su familia para acompañar las tardes libres de verano o las mañanas de frío invierno, cuando el fuego del hogar necesitaba alimentarse para mantenerlos a todos unidos.

Todo pasa, y así década tras década, Carmen pudo comprobar como sus hijos salían adelante estudiando y trabajando. El esfuerzo demostrado por los padres fueron el axioma de unos discípulos con la recompensa de la seguridad de un buen trabajo y, la estabilidad y la unión de la familia, a pesar de algunos sobresaltos superados con más amor. Carmen se deja llevar por todas esas imágenes de nietos y bisnietos, nombrando a todos ellos sin olvidar a ninguno. Unos más cercanos que otros, pero todos ellos, presentes en su cansado corazón, siempre a salto de caballo de una subida o bajada de su entrecortada respiración. Aunque en este último año empezó a resquebrajarse sutilmente, una ligera brecha que atravesaba su ventrículo derecho hasta la aurícula izquierda le arrebató la energía condensada en la llama de la vida. Aún así resistió el estoque mortal y revivió enganchada a un marcapasos que le dicta cada movimiento que puede hacer. Aceptó lo que el destino había decido por ella, como siempre había hecho, igual que cuando una noche de verano, las tormentas arreciaron de tal manera, enfadando al río que bajo su ventana discurría en la calma de los días. La niña Carmen salvó la vida de la rabia acumulada en las aguas tormentosas y turbias del Ter, arañando la única pared que se mantuvo firme de la vieja casa familiar, mientras le azotaba en la cara ramas y piedras, arrastradas por aquel caudal beligerante. Decenas de personas dejaron su espíritu en aquella inundación que hizo zozobrar a todo el pueblo durante largos años de miseria. A Carmen se le hace un nudo en la garganta, mientras un rayo de sol trepa por la ventana para brillar en su memoria. Fueron años de buscar la suerte en la solidaridad de los vecinos cuando la acogieron junto a su familia en una buhardilla, más un palomar que otra cosa. Compartían dos mantas y un colchón, y siempre la sonrisa en su rostro sacando la alegría que guardaba debajo del refajo, para celebrar que vivían.

Los nudillos algo amoratados, venas rotas por toda esa masa corporal que ha huido porque no tiene que comer, pues los dientes postizos no se ajustan a la perfección, en todas las ganas encerradas en sus encías sangrantes. Y es que Carmen nunca pierde la compostura, acepta todo lo que viene encendiendo una vela a Dios. Mordía los miedos antes que ellos la mordiesen, mas ahora sabe que desdentada no es tan fácil de marcar sus incisivos y burlar el miedo a morir. Una mueca algo torcida, caricatura de una sonrisa coagulada en su carmín rosado, atraviesa su rictus, como una hada cómica que tropieza con los muebles en un cuento de princesas. Sabe que empieza la cuenta atrás con las pausas de las comas, dilatando el momento: diez, nueve, ocho…

Carmen, en la soledad de esa habitación, su último hogar en el último año, cuando los hijos decidieron que estaban tan ocupados para pasearla en la silla de ruedas, o peinarle los grises de sus cabellos ondulando en los mares de la conciencia. Así resolvieron que era mejor poner distancia con la decrepitud y la vejez, y en “El Último Hogar” internaron a la siempre complaciente, Carmen. Cierra los ojos por un momento, y en figuras chinescas se representa su vida, sombras reflejadas por la luz de sus ojos y, luz iluminando la vida de otros. Instantes después, Carmen eleva la mirada al cielo queriendo hablar con alguien superior, quizás Dios o tal vez aquellos que un día estuvieron y ya no están…

—La felicidad es un cuento que cada uno inventa a su conveniencia. Yo, he sido feliz porque así lo creo, y ahora paso el testigo a otros.

Y en un dulce sueño, Carmen se despide de aquella ventana para iniciar un largo viaje.

4 Comentarios

  1. Enhorabuena Dolors, has conseguido que Carmen se lleve a su largo viaje el recuerdo que nos evoca, la familiaridad que nos recuerda y sobre todo el amor que despierta en cualquier lector. Has conseguido meter toda la vida de una de esas heroínas de la posguerra entre unas lineas deliciosas. Un relato difícil de olvidar. Gracias Dolors.

    • Gracias a ti. Existen muchas Carmen, pero esta en concreto me ha enseñado a apreciar lo que tengo. Abrazos.

  2. Qué bonito, Dolors. Un relato de gran sensibilidad. Nunca abandones las letras, has nacido para ello. Un abrazo.

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