Blog literario, la escribiente

El tren de cercanías y el sudor

El sudor resbala de las palmas de mis manos por los dedos, deformes, de tanto teclear currículums que, no se traducen más que en la mísera vida que llevo. Esa angustia que, ahora son estas gotas de agua que se van por la cloaca, son las frustraciones de muchos meses esperando, un solo momento, sólo uno para tener esta oportunidad. Miro por la ventanilla del tren de cercanías los coches que circulan por la autopista, mientras mis manos no dejan de exudar un río frío y ártico que fluye por mis espaldas, estas que resisten el calor de este julio tan triste y solitario, como yo misma, que no soportan este abúlico instante. Y es que la frialdad no es más que desaliento que impasible se adueña de mis huesos, carcomidos ya por los años y, de esta piel que se arruga igual que las sábanas tras el asalto de dos cuerpos que comparten todo lo prohibido que esconden en sus sueños. Los surcos cosechados en mi cara, intentos de lograr superar las vicisitudes de la vida, se ahondan cada día más al percibir que el germen de mi persona se marchita por las pisadas de un Atila que arrasa todas las esperanzas que guardaba en la hucha de mis deseos. El rictus de mi rostro es enjuto y mustio, similar a la orquídea de mi escritorio, deshojada y agotada de no poder florecer con la primavera. Mis cabellos ondean confundiéndose con las nubes, y es que sufren un proceso metabólico que nunca quise imaginar. Blanquean de la misma manera que la mano de mi abuela encalando casas ajenas con la escobilla de cerdas, tercas con el no color de pintar paredes e intolerantes con los gérmenes escondidos entre la piedra de muros invictos por el tiempo. Quiero creer que es por la edad, aunque mi vecina veterana ya en estas lides, dice que son las preocupaciones, causa única y última de estas mechas. Quizás sea así, tal como ella dice y, es que no puedo contrariar a quien con noventa años te explica qué es la vida. Tal vez, mis cincuenta no sean lo suficientemente generosos para otorgarme el título de graduada en la vida, continúo siendo una alumna, aventajada, posiblemente, pero solo eso. La realidad es que los últimos años son más que la consecuencia de mi torpe experiencia en mi arduo caminar y, de la ineptitud que muestro para responder al instante ante cualquier contradicción. Describirme en pocas palabras es una tarea más que sencilla, un sustantivo me define: fracasada.

El sudor no deja de mojar mis manos que se frotan intentando entrar en calor; el tren avanza acelerando al par de la autovía y frena continuamente en estaciones de paso, donde las gentes desarrollan sus historias más personales con la rutina de colgarse sobre muros exentos de lealtad. Agachan sus cabezas, hurtando la mirada al sol, al clamor del parpadeo de mensajes y whatsapps, obviando saludos de educación o, quizás la soledad que les acompañan. Yo también sucumbí a los encantos de un teléfono de última generación. Me atrincheré en el anonimato de preguntar y responder a “fieles” amigos con la esperanza de no caer más y más en la servidumbre de justificar lo injustificable. Desayunaba y cenaba con las teclas adheridas a mis yemas. Dormía lo justo y necesario para cerrar un ojo y abrir el otro, dependiendo de sintonías ahogadas en un móvil. Todo, por querer ser alguien, con futuro en un mundo donde improvisar se adueña del momento y el ruido de muchos, no acallan las sombras del pasado. Todo, por perseguir la fe en mi misma, extinguida cuando cierro los ojos, y en la afonía de mis miedos.

El sudor aumenta, recordando meses atrás, cuando no era incapaz de desconectarme de redes tejidas por encantadores de arañas. Hasta que la ruina tocó mi piel, cera destilada en Coca-Cola sin más azúcar de no ver salida. La palidez comulgó con las ojeras y juntas han dejado su huella en la estrechez de mis formas. Y aquí me veo, en un tren sin más nombre que cercanías, el que aproxima el ronroneo de la gran ciudad a la apatía de mi lugar, vías paralelas sin más punto de intersección que mi inapetente lengua. Relegada de los foros que exigen conformismo a sus posts; descartada de los chats que prometen imposibles; excluida de horizontes lejanos apostillados en mentiras enviadas por emoticonos ingratos; olvidada por conocidos y extraños cuando la basura es el lugar elegido para mis poemas y, de este sudor que nace de mis sentimientos. Huyendo de todo ello en un tren de cercanías que puede, me devuelva la libertad, o quizás, me remita al infierno de mi corazón, ardiendo en el formol de embalsamar sueños.

El sudor aumenta en un goteo incesante, un charco invisible se ha formado a mis pies que, chapotean entre las dudas de continuar el trayecto o bajarme en la próxima estación. Mas, debo decidir que quiero, si seguir viviendo en un avatar o escribir páginas, donde el negro del Word se sobrepone a un documento en blanco. Sueños y pesadillas, imaginadas muchas y vividas muchas más; versos dibujando cuerpos unidos por los envites del amor y, lágrimas renombrando momentos asustados por el desamor.

¿Qué quiero?

La locutora teleprogramada anuncia mi destino. Un minuto y, el tren se detendrá ante mi decisión; intento secar los fluidos de mis manos, desangeladas de no aguantar más tanto frío, en un pañuelo bordado con los colores del arcoíris. Erguida sobre mis tacones, atuso mis cabellos tensados como mis nervios, en una coleta alta aparentando ser más alta. No puedo olvidar que la verdad siempre encuentra su realidad y mi, metro y medio se evidencia por mucho que yo lo quiera disimular alzada sobre mis sandalias preferidas y, en un peinado que también me estira los miedos trazados en mi faz. Ajusto mi falda negra hasta justo las rodillas, ocultando las estrías de dietas consumidas en marcas sobre los muslos de unas piernas que temblequean. Y desabrocho el botón superior de mi blusa de seda, resplandeciente en el lívido rosa, resaltando unos pechos engreídos en un sostén de pega, para encubrir su pequeñez y esa ingravidez que cuelga en el calendario.

Segura de mirar adelante, bajo del tren, pisando un asfalto que quema en incertidumbres, pero con la esperanza intacta de una oportunidad recibida en la bandeja de entrada de mi correo. Aflora una entrevista que solo exige de mí, mis escritos, todos esos que guardo en el desconcierto de nunca ser leídos, y que he recogido con la promesa de protegerlos en mi joyero, vacío de oro y lleno de bisuterías.

Con los labios, en el rojo pasión de comerme la vida de nuevo, y mi bolso más grande, donde duerme mi portátil, confesor de mis culpas y más errores, asciendo las escaleras que me expulsan a la estación de Sans, donde las gentes se entrecruzan y los destinos, huyen o se acercan.

El mío estar por averiguar en estos momentos.