Blog literario, la escribiente

La siesta, relato

Se aletarga la tarde en una ingravidez que se ata en mis ojos. La pesadez es tal, que estoy segura de que de un momento a otro caeré de bruces sobre el suelo empedrado de esta casa que resuella nostalgia. Parece que ella y yo, somos un solo cuerpo adormecido por el calor del verano, en un duermevela que va y viene como esta melancolía que, igual decide saludarnos que despedirse en silencio. La casa, robusta y noble con sus muros de piedra y arcilla, saluda desde la cima al resto del pueblo que a sus pies se extiende entre secanos de trigo, olivos y almendros en la banda derecha del río que lo divide, seco y yermo como las tierras que riega en lamentos y desconsuelos; y en su banda izquierda igual que otro universo conquistado por las lágrimas de todos los muertos que cayeron tiempo ha, olvidados ya de cualquier memoria, en una guerra de hermanos contra hermanos sin más motivo que defender o atacar a un caudillo ególatra. Allí sobre los sembrados de patatas y hortalizas; entre la sombra de cerezos y parras, en medio de acequias que riegan tal mansedumbre, se esconden los recuerdos de los más viejos. Blanca como la cal, azulina en algún rincón de tanto que le toca el sol en la solana del mediodía, entre pitas y chumberas, lugar de encuentro de mininos sedientos de un poco de leche y mucho pan, y de algún perro solitario mendigando un poco de cariño; parada y fonda de burros y mulos en el abrevadero de su puerta y, ante todo su poyete famoso, donde pasan la tarde las más viejas del pueblo entre el chismorreo de los últimos acontecimientos y desdibujar el pasado en retazos evocadores de una juventud desdentada por el paso del tiempo.  Así reina la casa de mi abuela, enredando historias entre la hiedra de su fachada, enraizada entre sus muros y fundamentos, manteniendo el equilibrio de sus habitaciones que en declive parecen descender hacía el pueblo. Las ventanas bien abiertas, agitando las cortinas de primaverales flores en la gasa confeccionada entre zigzags de pequeños pespuntes queriendo coser todos los besos que ocultan aquellas estancias. La madera de sus portones reluce como un faro guiando los pasos del pastor que desde el monte trashuma con las ovejas buscando su destino. Desde el alféizar, saludan cada mañana los pajarillos revoltosos que anidan bien cerca, despertando a los que desafían al sol entre la duda de quemar a primera hora cuando las pocas ganas se instalan en la cama o, esperar la hora de cuando todos zascandilean sin saber muy bien donde aterrizar. A pesar de ello, el mirador de su azotea es donde se reúnen aquellos que buscan una razón para vivir. Y es que no puede haber más motivo para seguir adelante que el riesgo de contemplar todo aquel paisaje entre los sonidos del silencio emitidos por la calma chicha y el runrún del pensamiento que gravita a sus anchas buscando motivos para ser fiel a todos sus sentidos.

En la siesta de todos los que la habitan, la casa y yo conversamos. Es un diálogo reposado, quizás por los cuarenta grados que aprieta por la sombra; yo desde el rincón del comedor, en la mecedora que ha consolado tantas dichas y desgracias; bajo el cojín que preside su asiento, manuscritos y fotografías en sepia, desgastadas y marchitas por el tiempo. Eran otras batallas de otros que perdieron una guerra, aunque no la dignidad, ahora con la piel ajada por los años y la memoria en blanco en su despertar; duermen en el sigilo de la siesta con el cansancio sobre sus ojos, como el plomo de matar, mas la vida ya rehecha entre los costurones de la casa que firme mantiene unidos los afectos que un día se tuvieron.

Yo me balanceo, mientras pierdo la vista entre los olivos que se ponen al mismo nivel de mi cabeza, acunando mis miedos entre sus hojas de verde oro, que en susurro cuchichean sobre la palidez de mi rostro y ese sueño inquieto que no deja reposar mi alma. Pequeñas escenas que se repiten entre el sudor de mi piel, exudando el calor del exterior, aunque las paredes de la casa aligera, entre el grueso del cañizo y el barro del que está hechas, el poco aire caldeado que se infiltra por alguna brecha que se abrió cuando las disputas de los abuelos apuntaron hacía su blanca pureza. Y es que de tanto amor que se profesaban, de vez en cuando tropezaban con los celos que todo lo oscurecía en un chantaje de palabras ya archivadas entre sus muros. Ahora a ellos, solo les queda disfrazar de gestos delicados y cariñosos, de gestos ralentizados por los frágiles huesos, de gestos robados entre la mañana y la tarde, cuando aún sus ojos se prenden de la luz del Sur; gestos que dulcifican sus vidas sabiendo que aquel puede ser el último de sus vidas. Imagino querer tener un final como el de ellos en el ondulante movimiento de la tarde que sosegada zigzaguea entre las moscas que insistentes y molestas revoletean entre mi sueño desafiante y desalentador, un infiel entre los conflictos que debato dentro de mí. Mis pobres y arrugados abuelos, ¡pobre de mí!, ellos sí, han escrito una historia de amor y sufrimiento; de sacrificios y pérdidas; de pobreza y mucha hambre; una vida trazada en cada surco de su piel horadando y cultivando una cosecha que ha dado sus frutos. ¡Pobre de mí! que yo solo me mezo entre los delirios de entender que hago aquí entre tanta pureza de sentimientos que no albergan rencores ni odios, y la incertidumbre de querer ser como mis ancestros; dormir la siesta sin el peso de querer aparentar lo que no se es; dormir con el reposo del cuerpo, olvidado de la fatiga de correr sin meta a puertos que no llevan a ninguna parte que no sea una cuenta corriente; dormir en el descanso de llegar a viejo pudiendo escribir una historia que continuará…

El perfume del jazmín trepa por el exterior de la casa hasta cada una de las tres ventanas que, se abren al horizonte donde el cementerio da la bienvenida a los muertos y, aquellos incautos que recorren los senderos para llegar al pueblo. Su aroma me arrastra a un sopor, donde los brazos decaen por la gravedad de no poder y me hipnotiza, evocando un amor descarriado de besos y pequeños detalles que venzan mi soliloquio.

Titubeo en la compasión que se me agarra a mis muslos y en la mecedora que acelera el ritmo en proporción a los complejos que tengo, esos que simulo ondeando la melena que destella cuando Lorenzo se conmueve de ella. No es más que un simulacro de que todo va bien, cuando en sus raíces encanecidas por todo lo que las agitan, profundizan en el abismo de la noche. Los dorados que de mí se desprenden no son más que una ilusión óptica de conquistar algún corazón que de poquito a poco entienda esta maraña de pensamientos.

Una pequeña brisa se amotina alrededor del final de la tarde, usurpando el lugar que abandona la canícula. Bostezos y suspiros traspasan los tabiques, los muelles de las camas chirrían por la herrumbre de los años, cuando sus invitados inician el protocolo de poner los pies en el suelo. El portalón de una ventana golpea incesante por el aire que se ha levantado, anuncian una pequeña tormenta de fango y rayos, para poner el punto final a una siesta que decadente de no creer ser verdad, se eleva en la ingravidez de mi imaginación.

Y es que desde este dolor que avaricioso se apodera de mí, necesito la urgencia de inventarme una tarde de siesta, cuando no existían sufrimientos ni mentiras; cuando las notas a pie de página no eran más necesarias que aclarar conceptos; cuando los rayos de sol bañaban mi piel con la calidez de mi madre que me abrazaba; cuando llorar no era más que un acto de torpeza por tropezar con una piedra y, ahora es la derrota de caer y caer aún más sobre la misma y no poder levantarse.

Echo de menos aquella casa que refulgía modestia, pero siempre altiva, lucía el calado de sus muros, limpios de dudas y con un solo silogismo, cuidar de sus moradores; defender sus argumentos y protegerlos de sus infiernos. Resguardar del sol incendiario de agosto y refrescar entre sus muros, el perdón y los afectos. Echo de menos la mecedora consejera entre el vaivén de su balancín y las preguntas que le hacía a aquella ventana que me abría un mundo de paz. Ahora, su madera se quema en otras hogueras y yo, solo hago que recordar aquellas siestas.