El pionero 2.0 - La princesa ya se ve

El pionero 2.0

Blog literario, la escribiente

José, el pionero 2.0

Sus pupilas irradian la paz de quién ha bregado en tantas guerras que, ahora solo buscan inspirar la calma de conversar con el sonido del silencio que se despliega a sus pies; un bosque donde el abedul se erige al cielo con los brotes emergiendo del invierno helador. Qué decir del tejo que se retuerce sobre sí mismo, su madera ennoblece las aguas intensas y revueltas del río que lo envuelven. Álamos que tiemblan, cuando con sigilo se abre paso al acecho de furtivos hostigando a los duendes del bosque, que en pequeños huecos encuentran el bálsamo de vivir. Desde su atalaya, su cabine como él la denomina, profundiza con su mirada en ese escenario que es su paraíso. Lo observa desde su trono, algo quejicoso y cojo, tres patas lo sustentan de la misma manera que el mundo se aguanta en el mar, el cielo y la tierra; vadeando ese desnivel con un trozo de madera donde se apoya el peso de sus pensamientos. Su cabeza perfecciona la simetría de un pasado, en la primera línea de la noticia y de sucesos que, bajo juramento queda en sus adentros; y un presente, otorgado a complacer sus inquietudes entre la Naturaleza y la lucha medieval.

Y es que él, no es un hombre cualquiera.

Sus sienes es el contrapunto a la realidad ajena a él. El plateado de sus cabellos  se recogen en una coleta, crin de nobleza ibérica en tierras desconocidas protegida por el sombrero del primer pionero que conquistó esas tierras. Sus sentidos se inquietan cuando algo fuera del orden natural de ese espectáculo que es, el río que riega sus dominios o de ese bosque donde se adentra con la seguridad de no dar un paso en falso. Husmea cada aroma diferente que el aire remueve para recordar que, aún en primavera el frío puede ser intenso hasta golpear con pequeños cristales de nieve. De la misma manera que cabizbajo camina, no por estar aturdido en problemas mundanos, eso no va con él; sus ojos rastrean cada piedra en el sendero, por si algún furtivo se ha colado donde no le llaman. Observa cada agujero nuevo en el barro del deshielo, vacío de raíces añejas pues los osos negros se hicieron acopio de ellas; por si uno de ellos o quizás un Grizzly se acerca tras sus espaldas. Sobre ella su escopeta, del 300.R.M , rápida y certera, siempre a disposición de su amo, por si acaso. Y es que él no tiene que pedir permiso para defender sus dominios. A la izquierda de su cintura un hacha, afilada con la cordura de ser utilizada, bien para apartar zarzas y matorrales, o cortar leña para refugiarse en las noches de aurora boreal, cuando los azules y verdes se confunden en rojos y naranjas, efectos imposibles de simular en una pantalla de cine. En la derecha de su cinto, un puñal, largo y puntiagudo como la astucia para manejarlo; igual corta una manzana que, degolla una liebre para cenar, en esos lapsos de tiempo, en el que él se adentra en la profundidad de la montaña para aprovisionarse de paz, que es todo su capital. Días de conciliarse con lagos y montañas, que fluyen en la quietud de no ser conocidos, sólo por él. Aguas férreas de oro en su fondo, así es el Yukon, la matriz de pioneros en la fiebre desatada por acumular minerales preciosos, oro y plata, para zanjar deudas de una sociedad consumista. Mas, él, a pesar de la habilidad de toparse con ellos, renuncia por coherencia con su forma de ver la vida.

Su figura, altiva y espigada, comulga con los hombres y mujeres de esas tierras. Inconformista, intenta entender porque los indios nativos de las Primeras Naciones, tlingits, no defienden aquello que es suyo, y que, a golpe de guerras y normas del hombre blanco, perdieron. Tradición y cultura; tribus y tierra. Ahora, denostados en poblados donde el alcohol corre en el silencio de la noche y el conformismo de una pensión que acalla cualquier tipo de reproche, los indígenas deambulan sin Norte, entre la chatarra de viejas camionetas y el sistema occidental. Él, un guerrero, un caballero siempre fiel a sus valores y al entorno; un amante de la sencillez primitiva de una cultura que, se extingue por la decadencia de sus gentes; lucha por su memoria; por revivir del olvido enseñanzas del viejo jefe de la tribu, un mano a mano con el espacio que nace de volcanes y nieves, rodeados del arce que en su cornamenta cuelga regalos y ofrendas, el caribú que alimenta el pueblo; el lobo cuya astucia se delata en sus retinas profundas; el oso que en paz pasea entre los abetos y los abedules en la lentitud de sus pasos, hurgando en el ambiente raíces y bayas, o esperando a los salmones que remonten el  gwich’in, el río grande, tras su estancia invernal en el mar. Y ciervos y cabras; pumas y coyotes; cuervos y águilas… Enseñanzas de trampas, de curtir pieles que abriguen y que adornen el salón. De mejunjes que curen heridas y sanen la vida.

Él, un español gallego, adoptivo de tantos sitios, conquistador de tierras extrañas, allá donde el silencio suena con la brisa de Eolo, donde las danzas encumbran a los dioses cuyas ofrendas son la madre naturaleza; un superviviente que se desliza entre señales del cielo, en el murmullo de los árboles, en las huellas de pies o patas. Un hacedor de fuego, entre las chispas de las piedras; un mago de soluciones en unas manos sutiles y etéreas, invisibles a los ojos de los demás. Un cautivador de sueños donde la utopía cohabita con su voz pausada, alejada del ensordecedor ruido de pantallas de televisión. Uno más de esos que huyó de rutinas y de desgastar los días entre aceras y humos de coche. Él, que se enamoró del Mackenzie y de los glaciares que se diluyen en su cordillera. El conquistador, hechizado por los ojos de su musa; una hada blanca con ojos que refulgen fuego de amor. Ella que conquista su atención entre rosas salvajes y brebajes ancestrales, suavizando la piel de su amado o acariciando su pelo. Él con su inglés perfecto y ella con su castellano impronunciable, juntos hablan un mismo idioma, el que no necesita traductor ni diccionario, ni más intérpretes que sus manos entrelazadas, el del amor. Improvisan cada amanecer entre costumbres milenarias y aquello que les acerca a sus seres más queridos.

Y a pesar de vivir en la certeza de su pensamiento, de no cuestionarse su presente; no es ajeno al runrún de una España que naufraga en ideologías, se enfrenta fratricidamente como Caín y Abel, se arrastra por los mercados bursátiles mendigando las migajas de los grandes… Él, hecho a si mismo, preguntando el porqué sí y el porqué no…, no guarda rencores que agrien su pequeño paraíso, allá dónde la gaita reposa entre el verde esmeralda del terciopelo de su bolsa y los pulmones de él.

Él, cuyo nombre es del carpintero, José, fuerte e ingrávido, versátil y prudente, electriza en cuánto lo escuchas. Historias de duendes, gnomos y elfos de bosques donde la niebla se aposenta en el instinto de dar brío al sol de medianoche. Relatos de pioneros, conquistadores de sueños muertos en aguas bravas, rápidas como las hojas del calendario. Ella, Shauna, con nombre de diosa, enamora con la sonrisa aseverando todo lo que él cuenta. Ella, que no necesita más halagos que los que él le profesa en una taza de café. Ella, cuya belleza se cuela por las aristas de él.

Él y ella, perdidos en su universo de anhelos, entre flores silvestres y nieves perpetuas; en su cabine de objetos singulares, dónde la cama de sus momentos preside la estancia; hogar que abre sus puertas a peregrinos lanzados al encuentro de sí mismo y amigos fieles en el tiempo. Cabaña de simétrica madera, refugio de caminantes y de hijos que necesitan la libertad de ser ellos mismos.

Así son José y Shauna, dos que son uno, prendidos de un paisaje en la ataraxia de una soledad compartida. Almas acendradas en los tiempos que corren en un Canadá que se aísla de aquello que no va con ellos.

2 Comentarios

  1. Un amigo fotógrafo me dijo que la prueba del nueve en fotografía estaba en convertir en bello lo grotesco. Dolors lo consigue y consigue una bellísima y delicada descripción, en prosa escrita por poetisa, que de un entorno, no ya rustico, sino lo que a ciertos elementos de nuestras letras podría parecerle salvaje e incívico, extrae una nobleza y una belleza que solo se aprecian cuando estas habitan en los ojos de quien lo contempla. Gracias por este magnifico souvenir canadiense Dolors.

    • Muchísimas gracias, Alberto por tus palabras, su belleza me gustaría que se correspondiese con mi escrito. Pero, desde mi ojo de lectora superas todas mis expectativas. Gracias, gracias.
      En estos tiempos resulta chocante encontrarse con personas que huyen de todo lo que huele a consumismo y superficialidad. Una lección de humildad y de sencillez, eso aprendí tras conocer a José y su esposa. Un abrazo.

Deja un comentario

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 13.875 suscriptores

Categorías

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: