María y su goma de borrar

Blog literario, la escribiente

María y su goma de borrar

María quería una goma de borrar, le urgía dejar en blanco y sin tachones, errores cometidos, con su caligrafía de letras redondas, aprendidas en cuartillas de dos renglones. Había olvidado que el último trozo que le quedaba de su goma de nata se le había comido en el último examen de matemáticas, cuando los problemas se les hicieron tan grande que olvidó como resolverlos. No había sido porque no hubiese estudiado, ni siquiera por no prestar atención en la hora de clase. Todo lo contrario, María era un ejemplo de alumna, sus profesores admiraban la curiosidad por aprender que en sus ojos brillaban; la madurez que adoptaba tras ser corregida en respuestas inexactas; la paciencia adquirida de aguantar a compañeros que no hacían otra cosa que meterse con ella. Sí, María con doce años apuntaba maneras de un futuro repleto de éxitos en todo lo que se propusiese. El orgullo de sus padres era tal que cumplían todos los deseos que por su boca emitía. Pero hasta para eso, María era especial, sabía leer bajo la mirada de su madre consumida por el esfuerzo de tanto trabajar, y en los de su padre releía las estrecheces que pasaban para llegar a final de mes. Por eso, María nunca solicitaba nada que no tuviese que ver con sus estudios. Libretas donde escribir lo que la imaginación le inspiraba; lápices del 2 para trazar las palabras con buena letra y una goma, sí una goma de borrar, para que sus errores no dejarán huella.

La tristeza se había alojado bajo los párpados de la niña; se oscurecían en forma de tatuaje ennegrecido y ensangrentado de semanas sin dormir, dando vueltas en su pequeño colchón de ochenta palmos. Un solo error, una equivocación aparecía en su libreta. La cuartilla en la que destacaba dicha errata había multiplicado su tamaño por dos, y duplicado el dolor de la niña. La cuestión era que ya no tenía nada con que borrar. Se lamentaba de sus nervios en el examen de mates, apoderándose el miedo a un suspenso por su ansiedad. El pequeño trocito de goma con sabor a nata fue el ansiolítico para apaciguar su angustia. Y dio resultado, morder con ahínco los minúsculos granos de borrador le devolvió la seguridad en las respuestas. Aprobó y con sobresaliente, no se le podía pedir menos a María, sinónimo de trabajo, esfuerzo, rendimiento y eficacia con su cerebro.

Después del examen, María se deshacía por escribir aquello que en su cabeza regurgitaba incesantemente. Una pesadilla que debía anotar para que no se hiciera olvido. Descifrarla era una cuestión de vida o muerte para María. Esa tarde con la euforia del triunfo sobre sus hombros, una vez conocida las notas, se precipitó como si un mar embravecido le abriera los brazos, a las níveas páginas de su diario. Hacía unas semanas, un nudo ahogaba la garganta de María, era de tal magnitud que la saliva no encontraba un recoveco donde humedecer su boca. La sequedad, se había instalado de forma permanente en los labios que anunciaban cierta voluptuosidad de una adolescencia incipiente, y ahora con tonalidad pálida, manifestaban la inquietud de la niña. Algo, un suceso se había quedado grabado en su retina tan negra, como aquello que le desataba los temores. Imágenes sobrepuestas que confundían y aturdían a María en hechos que no podía entender en su corta edad. La niña no tenía amigas con quien compartir aquello que le turbaba, y además, ninguna de las más cercana a ella, podría comprender todo aquello. Y tampoco podía recurrir a una persona mayor, ¿qué pensarían de ella? Una cosa tenía clara María, eso no era bueno y no podía anunciarlo a los cuatro vientos. En esa lucha interna por saber que hacer, buscó el consuelo en lo que más aligeraba sus debates internos. Su cuaderno donde anotaba lo más importante de su vida. Y aquello, le gustase o no, lo era, de ello estaba segura. Sabía que de una manera u otra marcaría toda su vida. Trazaría su destino si no acertaba con la respuesta correcta para resolver todo ese dilema que la sostenía en el aire, a punto de caer en un abismo.

Sin prestar demasiada atención a su buena letra, María se desató con frenesí en dar constancia de lo acontecido. Escribía con la rabia entre sus dedos, apretaba con tal ímpetu el lápiz que de seguida una pequeña callosidad apareció entre ellos. Un fuego abrasador encendía las palabras que escribía María, los renglones se gastaban enseguida de la misma manera que los minutos transcurrían, raudos y veloces, encendiendo más y más el rostro de la cría. El rubor se incrementaba en proporción a las palabras escritas. No comprendía su significado, mas lo cierto es que sabía que aquello no era bueno. Las lágrimas se apoderaron de la chiquilla, querían apaciguar ese infierno que le quemaba las entrañas, era tal la quemazón que, mientras no dejaba de escribir, se retorcía en aquella silla de enea, donde quería hallar alivio a tanta pena. Sin embargo, deseaba desahogar en sus letras la ira, el miedo, la impotencia…

Cuando acabó de relatar con minuciosidad lo que sus ojos fueron testigo, aquello que se cuerpo contuvo con el espanto como espasmos, la violencia de ser corrompido con la crueldad del que se siente poderoso y poseedor de él. Eso que profanó su inocencia en la indulgencia de demostrarle que ya no era una criatura, sino una jovencita a la que abrazar por la cintura y recorrer las curvas que empezaban a dibujarse en el físico de María. Ella, sin entender que había sucedido, como “aquella cosa” que no se podía pronunciar le asestaba una y otra vez, envites con la brusquedad de hacerla sangrar; algo tan huidizo como el dueño de “aquello”, que se escondía en su vejez para ser víctima de compasión y verdugo de personas castas.

María, necesitaba su goma de borrar, con la presteza de no dejar huella por aquello que había escrito. Hechos y un nombre que bendecía aquellos actos depravados. Un error querer escribir, un desacierto buscar consuelo en las líneas en blanco. Ella, entendió que las letras no le devolverían su inocencia; no podría volver atrás y ser la cándida niña que solo quería escribir cuentos y poesía; la futura mujer que tenía un futuro abierto a un mundo de conocimiento. Escribir no podía echar las manecillas del reloj atrás, ni devolver el calendario a una tarde antes de todo aquello.María quería su goma con sabor a nata, para mordisquearla y volver a ser ella misma; la que murió en las palabras prohibidas.

Se estremece su cuerpo, mientras con furor arranca cada una de las páginas de su diario. Las palabras se caen al suelo, donde las pisotea con apremio para no ser nunca más revividas, para que no sean verdad. Hace añicos las hojas, pequeños trocitos deformados y diseminados por el pavimento, igual que ella que ya no es ella, es otra María.

Llora, María, se ha quedado sin goma de borrar.

2 Comentarios

  1. Extraordinario, Dolors, con éste te has salido. Has conseguido que creciera en mí la indignación.

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