Blog literario, la escribiente

Dos extrañas, pensamientos.

 

Una ventana da para mucho, tanto como para observar el mundo sin ser reconocido, en esas rarezas que se convierten en incomprensibles para tantos. Los huesos vuelven a agonizar en ese dolor que se clava en punzadas de estalagmitas en cada uno de mis movimientos. Duelen en esa frialdad de morir poco a poco mirando por la ventana con la calma de esperar el último momento. Son mi debilidad, este armatoste que tengo como cuerpo; parido en la flaqueza de gritar cuando menos se lo espera. Mientras me dejo llevar por este mal que se impuso en la noche de hoy, veo como los primeros rayos de sol se clavan como dudas en mi despertar. No sé si despertar o quizás un duermevela que me lleva a enredarse con los recuerdos. Siento la extrañeza en todo mi yo, me sostengo de puntillas en una superficie que se quiebra cuando apoyo los pies con la levedad de mi peso. No me sorprende, no consigo hacer memoria cuando dejé de ser yo, para convertirme en lo que soy. Si me tuviera que definir, sería: la disociación de una rama que se mueve con la brisa de la primavera o se quiebra con los azotes de los vientos huracanados, que sin mayor aviso soplan a mi vera. No sé, desde hace tanto, me observo desde la esquina de mi habitación, mientras mi otro yo hace la cama; consulta su e-mail, o simplemente lee un libro en la rutina de los días.

Desde las alturas de mi habitación, no reconozco esa figura que taciturna se mueve de aquí para allá, buscando excusas para seguir en el intento de vivir. Una extraña que reside en la melancolía de tiempos que algún día vivió y, en esos que imaginó cuando la desesperanza se adueñaba de ella. Esa otra que camina arrastrando los pies, trémula de sus propios pasos por si pierde el ritmo de continuar, añora lo indescriptible en palabras. Años de terapia, horas y minutos encapsulados en millones de segundos perdidos en palabras huecas con el especialista de turno, no le han servido para describir con exactitud que espera y que busca de la vida.

Yo aquí, como un colibrí que mantiene el equilibrio agitando las alas incesantemente, abriendo los colores de mis plumas en un abanico de claroscuros que resplandecen en aquella otra que camina con sus heridas. No siento más que pena por ella. Ella, no sabe apreciar lo que tiene a pesar del dolor que fulmina su mirada. Tiene tanto….

La miro en la extrañeza de una ausente, cuando de niña esperaba los domingos para compartir con su familia, la paella y la Casa de la Pradera. Ella, ya no recuerda el calor que le ofrecía tener a su padre al lado con el cigarrillo entre las manos, y las lágrimas a punto de perderse por su rostro, cuando la miraba a sus ojos viendo cómo se convertía en mujer. Él presentía la debilidad de esa criatura que divagaba en silencios escritos en cuadernos repletos de historias inventadas. Era otra vida, que ella dejó en una caja de seguridad olvidando la clave de acceso. Quisiera acercarme a ella y enviarle un SMS con ese pin que le abra las puertas allí donde dejó la imaginación. Ella, ahora se reitera en todo lo perdido o quizás que nunca consiguió; vive en todas esas mentiras que ha construido para alardear de valor donde solo hay temor. La buena esposa que todo lo entendía; la madre amorosa que se desvivía por su cría; la mujer resignada a un trabajo que nunca fue el perfecto. Me asombra, mientras cambio de esquina para tener mejor perspectiva de ella que se consuela en abrir los ojos, aunque no observe nada. Tengo ahora mejor visión de esas pequeñas pecas que pueblan su cuerpo. Siempre se rascaba una de cierto tamaño encima de su pecho izquierdo, cuando la ansiedad se hacía cómplice de su miedo. Era tal su ímpetu que en más de una ocasión conseguía arrancarla de su lugar. Inocente ella, creía que podía eliminarla, así como así, igual que los recuerdos que, aunque olviden nombres y rostros, se acumulan uno por uno y unos, encima de otros, para desmoronarse cuando tiras de uno de ellos.

Nunca tuvo la sensualidad de sus amigas ni siquiera la mínima belleza de conquistar corazones con su cuerpo. No era una espiga bamboleándose con su juventud, más bien el garrote abandonado en un bosque de frivolidad. Se retorcía entre ser como sus amigas o ser ella misma, y en esa batalla siempre perdida, se devanó la cabeza sesgándola en ideas que la apartaban más y más del resto. Fue cuando la debilidad de su cuerpo empezó a manifestar la futilidad de su cerebro. Siempre girando sobre ella misma, una peonza que daba vueltas hasta que caía de un lado para no volver a levantarse. Inventó una vida compatible con la razón de los demás, sonreía con la tristeza pintada en los labios; lloraba si los demás lloraban; por la mañana iba al trabajo y por las noches se entregaba a los brazos de su amante. Aprendió a persistir en esa invención, eludiendo sus pecados y trasnochando en imágenes añoradas.

La sigo con la mirada, mientras intenta salir de la cama que la tiene atrapada en una muselina de sábanas que rasgan su piel. El helor de su sangre se ha hecho dueña de todo lo demás, no existe ya nada que pueda calentar tal cuerpo. Tirita entre los labios, susurrando porqués que ella misma no sabe contestar. El nacarado de sus brazos se confunde con esa mente que en blanco no sabe que pensar. Y así despierta, entre el dolor de tanto hastío, mustia de ya no saber que esconde entre sus sentimientos; abatida en los recuerdos; extraña consigo mismo; muerta en vida; sumida en tanta melancolía que la soledad es su única compañía.

Revoleteo por todos los rincones de la habitación apercibiéndome de toda ella, intentando averiguar que esconde en tanto sufrir; que precisa para vivir; donde reside un solo pensamiento que la haga feliz.

Sí soy yo en dos, la que es un colibrí en la luz del día y aquella que ya no es nada cuando el silencio se adueña de ella.

Dos en una, una en dos; dos extrañas que no se reconocen en la trampa de la vida.