Blog literario, la escribiente

Carrie, la voz aterciopelada, templada por la vida

La barra del bar se había convertido para Carrie, el lugar donde consumar todo el malhumor que acumulaba durante el día, en noches de lunas apagadas por la frustración. Sus ojos azul turquesa, naufragaban en un mar de aguas arremolinadas por el choque de olas rompiendo en un acantilado de adversidades. Los cabellos negros desgastados por algunos mechones de fucsia aniquilados por el exceso de agua oxigenada se mostraban castigados y rotos de tanto atusar pensamientos. Ella, que orgullosa siempre había presumido de su melena majestuosa, cayendo sobre sus hombros de huesos torturados por aguantar el equilibrio de cafés y copas en una bandeja de ida y vuelta sirviendo en el ForgesCut, la cafetería estelar de Ford Nelson. Ya no se sentía ufana de ese pelo que ahora solo recoge en una coleta atada de cualquier manera. El fucsia no es más que un color muerto. Carrie acaba las noches con un tequila en una mano y sobre la barra una cerveza a la espera del siguiente trago dejando la vista perdida en ningún punto en concreto del bar de carretera entre Haines y Dalton City. En él se congregan aquellos que su existir es más que una carga a las espaldas; en él se reúnen aquellos clientes que requieren de mucho olvido, tras una botella ya sea de wiski o de cualquier cosa que atonte los sentidos y el sueño aparezca como una cárcel donde encerrar pesadillas. Carrie es una más de aquellos que han tocado fondo, en el Coyote Bar. El turquesa de su mirada se agrieta en un gris desvalido en la lágrima que se le escapa, mientras los souvenirs de su vida aparecen para ser vendidos al mejor postor. Esta noche, como tantas otras, necesita ahogar las penas y soliviantar toda esa soledad que le llena días y noches, desde hace tanto…

Carrie vuelve a su niñez, entre las ensenadas de su pueblo que tiempos atrás vivió la gloria de los veteranos de guerra. Ella nació entre redes y barcos de pesca; su padre un veterano del Vietnam enganchado a los traumas de esa guerra atroz y traicionera, recaló allí como si hubiera acabado en cualquier otro lugar. Un pueblo marinero, donde el salmón se abre paso del océano al río para ser presa del hombre. Su color anaranjado intenso delata la calidad de una tierra fría y densa en el hielo de sus aguas, y en la nieve de sus montañas; denominador de origen de Alaska. Michael, el padre de la solitaria de la barra, se casó con una nativa de la tribu de los Tlingit, Susie, de mirada rasgada y pequeña estatura, encerrada en su propia historia, que ahora no viene al caso. La unión de tan extraña pareja, fue Carrie, la dulce y pequeña de ojos turquesa. Creció con el agua entre sus piernas, las olas testigo de su voz cadenciosa fueron las asistentes de sus canciones aprendidas del tocadiscos de su padre. El country se repetía a cada hora, alargando los días de invierno, cuando la oscuridad no tiene horas suficiente en el reloj, y en verano la luz perdura todo el día. Entre punteados de guitarra y voz melosas y a veces, rasgadas, Carrie creció con las botas camperas en sus pies y un banjo colgado de la pared de su pequeña habitación. Johny Cash, Dolly Parton, Eagles…, entre tantos fueron espejos donde cultivar su voz entre canciones de amor y muchas más, de desamor. Corretear entre los bosques frondosos de abetos, arces y osos convirtió su niñez en una patria de libertad donde su voz crecía en la armonía de la paz que respiraba. Los sueños de ser una estrella del folk culminaban sus noches, mientras la adolescencia arremetía con la voluptuosidad en sus pechos y en la sensualidad de sus labios.

Los monstruos de la guerra no dejaban de perseguir a su padre, y cuando Carrie cumplió los dieciséis, el alcohol acabó con él en una noche de frío invierno, cuando su coche se deslizó, sin más en un mar que empezaba a congelarse. La tristeza sumió a su madre, Susie, en una depresión que la ausentó de la realidad; Carrie aún siendo la reina del baile de graduación, deslumbrando con su figura emergiendo en una racial belleza y, en una voz ponderada por las lágrimas del último año colmado de desgracias, se olvidó de vivir para salvar a los demás. La cafetería de día, donde servía desayunos grasientos en manteca de cerdo, crema de cacahuete, tortitas y bacon se convirtió en una rutina que salvaban a su familia. De noche, el saloon era el punto final donde cantaba para hacer realidad con su voz, los sueños de los que allí recalaban. Los estudios se acabaron en aquel instante, para desgastar sus zapatillas cada día y sus botas camperas cada noche. Coquetear con el alcohol y alguna que otra raya fue una costumbre que se impuso en su devenir. Los chicos, el refugio donde sentir el calor en una tierra que suspira frío desde el cielo a la tierra. A punto de cumplir los dieciocho, descubrió que las curvas que delineaban su cuerpo crecían sin más, hasta que comprobó que el motivo de ello, era el bebé que esperaba. Era tal el rumbo de su vida adolescente que por mucho que intentaba recordar quién podría ser el padre de la criatura, olvidó caras y nombres. La cruda realidad se impuso, no solo tenía que cuidar de sus dos hermanos pequeños, una madre desquiciada por la melancolía, si no además de la niña que crecía en su interior. Sus sueños, de ser estrella de la música, se quedaron aparcados en su habitación. El trabajo fue la norma, consumido entre cigarrillos y alcohol. Muchos días para finalizar el mes se sometía al más impuro de los deseos, vendiendo su cuerpo a turistas que con la cartera llena de dólares y la visa oro, buscaban los servicios de tan especial persona. Carrie ondeaba su melena y su escote libre de servicio, mientras su familia dormía en su casa de madera desgastada por el viento del Norte y el salitre, desvencijada por falta de mantenimiento y rechinando a gritos la necesidad de una mano de pintura y un tejado nuevo.

Su voz aterciopelada por la nostalgia se fue arrugando por el sufrimiento que inspiraba sus letras. Un gringo de Texas, ojeador localizando a quién poder explotar, se fijó en ella, una noche de luna llena, cuando el sol de medianoche se imponía en verano, para gozo de turistas y extraños. El americano le prometió el cielo y la fama si ella accedía a sus condiciones. Carrie que con veinte años se ahogaba en Fort Nelson, lejos de sus sueños de niñez, no se lo pensó dos veces. Creyó que siendo famosa podría ayudar a su familia más que sirviendo cafés y desayunos, o en el intercambio de su cuerpo por dinero. La inocencia de querer salvar su vida y confiar a espuertas llenas de quién le prometía días de felicidad, inclinó la balanza para abandonar su hogar.

Aterrizó con su maleta, en ella sus botas camperas y su voz plena de sensibilidad. Quería llenarla de todas esas cosas que facilitaran los días y los años a su familia. Pero en ella sólo tuvo espacio para cuerpos extraños que solicitaban su servicio a cambio de un futuro disfrazado de oro, cuando sólo la conveniencia era la razón. Pisó con tacones altos en la noche, descalza en las madrugadas y desnuda el alma por las mañanas, hasta que una sobredosis de cocaína y muchos chutes de alcohol concluyó con sus sueños de estrella.

Con la vergüenza entre las piernas y la cabeza cabizbaja volvió a Fort Nelson, donde le esperaban sin preguntas, aquellos que habían prescrito en su memoria. Dejó de morir en vida para ir sobreviviendo de nuevo entre cafés y copas. La inercia del reloj la arrastró a cumplir años, arrugando un poco más cada segundo su voz, rasgada por la tragedia de cargar con ella en la monotonía del vacío y la frustración.

Carrie, con cuarenta aún conserva esa racial belleza de madurar con la culpa y el dolor; la barra del bar aguanta sus lágrimas para no dejarlas caer al suelo. Entre sus manos el vaso de tequila que se lleva a unos labios resecos por la soledad de no encontrarse. El líquido áspero arde en sus cuerdas vocales conquistando el infierno que tiene dentro. Carrie ya no puede más, los pecados del pasado pasan factura y les piden cuentas denominándole SIDA. El country ya no puede acallar sus demonios y su universo explota en un momento, cuando de su cintura saca una pistola que apunta directa a su boca.

En un charco de sangre, Carrie desviste su vida, enmudeciendo para siempre, con la única compañía del camarero de turno que, sin más limpia la sangre de encima de la barra.

Carrie vivió en el inicio de sus sueños, y muere sin ser vividos.