Martina, la fugitiva

Blog literario, la escribiente

Martina, la fugitiva
reflexiones, relato

La dulzura de sus ojos impide contemplar el dolor que en ellos encierran. Siempre ausente de la realidad que le acorrala como el cuervo carroñero sobrevolando su víctima, renuncia a su vuelo para no mirar el momento. Martina acusa el paso del tiempo cuando entre paredes asépticas y pastillas devoraba las ansías en hambre y vómitos. Su rostro es el retrato de unos pómulos marcados por los dedos que ahogan su garganta en silencios que sólo resuelve un espejo. A pesar de ello, Martina, mantiene la sonrisa, en una cortapisa de dientes desgastados por los jugos gástricos; mellados, y algunos ausentes de una boca voluptuosa en besos jamás concedidos.

Ella, sigue viva, aunque la muerte se le escurre de las manos en tantos instantes, que ha perdido la cuenta de ello. No sabe bien qué es lo que le pasa; si nació con el destino de arrastrar tanto sufrir entre sus piernas, o quizás el querer archivar alguna que otra tarde de domingo de niña, en el baúl de los recuerdos. Tal vez fuese buscar la perfección entre algodones de mujer complaciente o, posiblemente todo un poco. Aún así, Martina no sabe desprenderse de todo ello, y se asfixia entre las hojas del calendario, rebuscando respuestas que se repiten una y otra vez. Levita entre pensamientos, mientras descubre lo poco que le queda por conquistar. Lloró desamores; sufrió deslealtades; rehuyó infidelidades; ocultó mentiras; conquistó la maternidad; se sorprendió de sus porqués; renunció a ser ella misma por ser la de otros y sobre todo amó. Amó tanto que desvaluó su significado en virtuales sueños, imposibles de lograr. Amó con la certeza de ir a la Luna a seducir la fortuna para ser amada… Y entre tanto viaje interestelar los besos de ida no tenían respuesta en la Tierra. Las caricias se escapaban en humo anclado a un laberinto, cuyo hilo de regreso se rompía a la vuelta. Martina, insistía en querer amar y su condena fue repetir, y caer en el mismo error. Incomprendida, derrotada y malgastada por tanto delirio de amar; decidió el exilio; presa del dolor de alejarse de todo lo que más le estremecía los sentidos, para evitar dañar más y más.

Martina consume sus recuerdos en silencios que se abren paso en una estepa de compasión, dónde ya no cabe tanta tragedia. Repudiada por quiénes no la entienden, ya no se mira en el espejo, sus cabellos ya no lucen el dorado de un aura donde muchos se perdían en su calma sedosa y exquisita, ahora ya platean entre migajas de polvo de oro, que se esfuma con una brizna de ceniza. Su cuerpo se ciñe a un cinturón escuálido de tanto pensar en todos los pasos dados, en decisiones fruto de la desesperación. Su boca se sella a cada minuto que avanza entre palabras cuyo su significado ha olvidado: la fidelidad de querer por los tiempos; la lealtad de compartir; la confianza de quién le tiende la mano,,.

Las heridas de Martina ya no cicatrizan, supuran más y más escuchando los reproches de la que no la entienden. Sus lágrimas se clavan entre las estalactitas de sus recuerdos. Clandestina, huye entre bosques arrasados por los indolentes que tanto saben de ella. Fugitiva de quiénes juzgan sus actos, sin más defensa posible, una delincuente condenada al ostracismo sin esperanza de reinserción. Jueces y señores que se muestran indiferentes al perdón de sus pecados, y al indulto que de los labios de Martina recitan versos con sabor a hiel.

Entre un bosque de qué dirán, Martina cae y se levanta con la dificultad de sumar arañazos, y espinas clavándose en sus huesos de cristal. Los sueños ya sólo son monstruos que explotan cada noche en el terror de no ver de nuevo el día. Y sigue corriendo, entre árboles corroídos por las mentiras, calcinados por fuegos vengadores, ortigas desertoras y matorrales enredando pesadillas.

Martina corre, se aleja de lo mundano, queriendo atrapar su quimera, la que despunta entre arcadas de sus entrañas y la hambruna de su soledad. Olvida que un día fue una princesa que se pudo ver, a ser la mendiga que vagabundea su verdad. De su mano un adiós y de sus pupilas, la oscuridad.

2 Comentarios

  1. Nunca hay que dejar que la oscuridad impere en la vida… Desgarrador, Dolors. Un besín.

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