El mar amaneciendo

Blog literario, la escribiente

El mar amaneciendo, relato, reflexión

El mar, una perla de Tahití profunda y densa con su gris nacarado, resistiendo el relente del amanecer, aparece en la quietud de las olas, acompañando a quién por su trayecto viaja, mudándole el semblante en una ligera paz que le embriaga el alma. Permanece en el sempiterno de los tiempos con la voluntad de susurrar según el cielo quiera. Si la lluvia comulga con su aroma de salinidad, el entorno es un éxtasis acendrado que perfuma la playa en livianas palabras escritas sobre la arena. En ella, aparecen sinónimos de amores: unos furtivos, otros precoces y muchos juveniles; paternales y prohibidos; eternos y traicioneros; sencillos y convulsos; dejando sus estelas en pisadas esculpidas sobre la arena. En ocasiones, la bravura de este mar que aturde mis ojos con el tornasolado del amanecer; habla con la rabia de aquello que le inquieta en tempestades de preguntar a quién nadie le escucha. Se desencadenan entonces, minutos donde la melodía de su paz se distorsiona en ruido temible para una audiencia que huye en estampida. Es el rugir de quién reclama lo arrebatado, la ataraxia de resistir momentos y pensamientos. Mientras mi vista evita las motas de polvo acumulado en el vidrio del coche con rumbo desconocido, se proyectan mis retinas a esa agua que todo lo llena en su inmensidad. La piel percibe el rocío del alba y un sutil frío me recorre la columna, perdiéndose en la oquedad de mis pensamientos. Es este instante, que quiero salvaguardar de todo lo que me desvela; me dejo llevar por la serendipia de admirar esto que se agita en mi interior. Es la aurora de este día que me guía con la luminiscencia de acompañarme en este viaje, donde dejo atrás, pecados sin perdón y olvidos embarrados en mis pies. La esperanza de empezar de nuevo me causa tanto vértigo que mantener el equilibrio, se traduce en contemplar este mar que me acompaña.

Él conduce, impasible a lo que yo observo; su atención se centra en esquivar los obstáculos que en el asfalto se interponen a nuestro destino. Sus manos se agarran al volante con la misma ligereza con la que recorre mi cuerpo en noches donde se derraman los deseos. Cambio mi visión de esta costa que a ratos muestra lo abrupto de sus acantilados por el gris de sus ojos que se confunden en el infinito del agua. La serenidad de sus ademanes denota la seguridad de la que yo no puedo presumir. Ello, es un suspiro de alivio para mí, donde se concentran todas las tormentas que esta infinidad de mar le acechan. El silencio es el que habla por los dos. No es muestra de no saber que decir, un lapso donde reina la certeza de que ese mar nos une de manera inconmensurable, más allá de lo efímero del momento. Su rostro relajado es sinónimo de la tranquilidad que dan los años. Ha ido y venido por tantas circunstancias que prefiere dejarlas encajonadas en algún lugar inaccesible. Yo no pregunto, he concluido que ningún pasado puede alborotar lo que este presente cuida con el detalle de ser perenne. Él tampoco precisa de preguntarme mis idas ni venidas, las da por asumidas y vividas; eso me ayuda a quererle un poco más. Una muestra de confianza que se agradece en los tiempos que corren. No caer en la retórica superficial de mover aguas que no conducen a ningún lugar. Esculpido su cuerpo en el trabajo de cimas conseguidas, obtiene su fruto en la calma chicha de un tiempo arrebolado por crisis provocadas en ansías de, más y mucho más. Dejó de ser aprendiz de verdades y mentiras, para convertirse en maestro de su propia doctrina. A pesar de la madurez de su DNI, su piel no revela lo voluble del tiempo. Ella no se arruga en ningún momento, asertiva en la memoria y resiliente con la causalidad que le otorgan los días. Sus piernas proyectadas hacían el infinito del suelo tocando, siempre tierra firme, o bien cuando se pierden en el cielo, en el sueño de soñar aventuras pendientes de ser conseguidas; se exhiben imperturbables a los baches del trayecto. El sigilo de su cuerpo grácil y esbelto, esconde lo sólido y resistente que son sus razones para besar con la prudencia de no acelerar lo que, ya se encarga de hacer la costumbre. Desgastar el vocabulario en palabras insignificantes no forma parte de la sustancia de su existir. El dicho y el hecho es su máxima tatuada en una lengua que, se burla de quiénes solo buscan gritos donde nada más cabe la conciliación. Su tiempo no se pierde en divagaciones que se quedan siempre en el mismo lugar; prefiere a los Rollings mientras Angie le descubre la melancolía que oculta en algún rincón de su espíritu.

Desvío mi análisis de él, concentrándome en el paisaje que nos acompaña. El mar, ya iluminado por el primer sol, da paso a bosques que conquistan el verde de la esperanza en la contradicción de la maraña de hierbas malintencionadas que quieren alterar la entelequia del ahora. Prescindo de todo eso que envenena mi alma en culpas expiadas con el cilicio adosado a mis espaldas, una condena de dolor que me lacera en cada movimiento. Pequeñas heridas supurando pus diluido en el aire que respiro. Y gotas de sangre congregadas en mi vientre, que se revuelve en el antojo de alterar el protocolo de la convivencia con quién me mima en la libertad de los afectos. Disipo cualquier brizna de secreción en la serenidad de querer crecer con el que corre conmigo en este amanecer. Acelera el coche para no perder el tiempo en cuestiones que no nos interesan, más allá de la placidez de las horas, en estos paisajes de mucha historia acumulada en tierra de nobles estirpes y, pueblos de gentes infatigables, emprendiendo proyectos en los que otros no creen. Lo estoico de su historia y lo austero de su carácter desbarata un escenario de cromáticos universos donde los robles ondean en un Mediterráneo que enamora nada más mirarlo. La primavera emerge con flores que espantan fantasmas ya ausentes y el río es una sintonía que te lleva a la melancolía. Epifanía que traspasa los sentidos en un cúmulo de sensaciones que van de la alegría del calor tras el frío invierno a la tristeza de una soledad ya olvidada; del miedo a lo desconocido a enamorarse del riesgo a ganar el cielo.

Miro al frente, y en esas dudas que siempre me acontecen; en esa fe en la que caigo para resurgir; en todas las contradicciones que disimulo con la sonrisa; en el ayer que arrastro en la amnesia de olvidar y en la muerte esperando su lugar. Con todo ello y a pesar de todo ello miro al frente y me guardo esta apacible felicidad.

4 Comentarios

  1. Precioso, Dolors. Un abrazo

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