La despedida - La princesa ya se ve

La despedida

Blog literario, la escribiente

La despedida, reflexión

¿Cómo poner fin a lo que ya nació como un final? ¿Cómo marcar una equis en el calendario de mi cocina, señalando la última cita, entre tú y yo? Ni siquiera ser por dónde empezar una despedida que desde el inicio se pergeñó en todo lo que callamos para no dañarnos. Echamos a andar sabiendo que este día llegaría, era una muerte anunciada, faltaba el muerto que aguantase a las plañideras de todo este encuentro. No sé si eres tú o si soy yo, quién muere en este instante, o quizás somos los dos que en parte dejamos todo lo que fuimos. Procuro estar serena, con la cabeza entera en estas letras, para no desfallecer un poco más de lo que estoy. No creas que es fácil ser la maestra de ceremonias de este acto de clausura. Ni siquiera me he vestido con mis mejores galas, como siempre he hecho en aquellos encuentros donde el deseo era la única escusa para naufragar en los sentimientos. Sin máscara de ojos que realcen más mis pestañas que, suspendidas sienten que caen por tus silencios; sin iluminador que brille al contacto de tus manos ni de rubor en las mejillas que disimulen la apatía que escondo tras la epidermis. Aún menos, de lápiz de rojo que marque tus labios, firma de la casa. Son instantes donde la sencillez es la única indumentaria para dejar ya de fingir la intención de mis palabras. Estas deben ser diáfanas y cristalinas; directas a tu comprensión, pausadas y sin nervios para no caer en el eufemismo de la pena y la ansiedad. Además de verdaderas, al menos para mí, una versión argumentada en lo que yo he vivido o si me apuras, en lo que he interpretado que ha sido esta relación.

Imagino tu semblante entre la sorpresa y la pesadumbre tras tus ojeras, son muchos días entre silencios vacíos de argumentos que sostengan esta cuerda que se tensa hasta la extenuación, y de noches donde los reproches echan chispas entre tú y yo, encendiendo una hoguera que se ahoga en ella misma. Por mucha leña que echemos, los brazos se quedan muertos tras el peso de cargar nuestras diferencias. La noche y el día, esa es la verdad, eso es lo que nos distancian. No sé decir con certeza, si tú eres la profunda y oscura de las horas y yo, la luz que en penumbra intenta no deslumbrar las miradas de esos con los que me cruzo en el camino. Quizás sea yo, ese abismo tenebroso en que me sumerjo en dudas y falta de quererme, una esclava de mí misma, y tú igual, eres esa incandescencia que refulge a contraluz para brillar en la sonrisa de otros mientras tú decides, si subir a la montaña rusa que son tus emociones. La realidad es que el fuego no se puede mantener tan sólo en encuentros que urgen saciar el deseo del cuerpo. Más bien, se asfixia en el sudor que transpira nuestra piel cuando los besos ya no precisan de la lengua que, refresque la desolación de un final traducido en entradas y salidas sin explicación. El amor no resiste los envites de dos cuerpos que se retuercen por resistirse a la evidencia; el amor requiere de la fuerza que asegure la cuerda en un poste como en el otro. Si uno de ellos muestra síntomas de cansancio y debilidad, el otro aguantará por un tiempo, tensando el fino hilo en que se mimetiza el cordel. Mas, al final los pequeños filos que quedan se resquebrajan como el cabello seco de tanto pensar. Manojos en que se convierten hasta que acaban por caer, como esta relación que va dejando un rastro de hastío por el suelo de nuestra casa.

Ni tú ni yo somos culpables de este desenlace; no quisimos entender en su momento aquello que dicen nuestros mayores: «todo principio tiene un fin». No existe mayor verdad que esa, por muchos eufemismos que queramos encriptar en este vínculo firmado con la saliva de nuestros besos; tan sólo es un nudo en nuestra garganta la despedida más que anunciada. No quiero un exceso de dramatismo por tu parte, sé por convicción que nadie muere por desamor, por muchas que sean tus amenazas de morir en el intento de parar el reloj cinco minutos antes del adiós. Afirmar eso, es no admitir el fracaso de cada uno en esta unión, y la confusión de percibir la realidad en la frustración de no poder hacer nada. Morir, querido mío, es un acto para el que hay que estar preparado; un paso al otro lado donde se debe estar en paz consigo mismo, las deudas pagadas y todos los sueños al menos escritos en una hoja de papel. Pero ni tú ni yo hemos llegado al colofón de ese instante. Todavía nos quedan pecados que expiar, aquellos que olvidamos garabateados en las puertas de lavabos de lugares extraños, convulsionados por historias a que nos agarramos para no caer en el ostracismo. Aún debemos demasiados conceptos que significar en historias cuyos acreedores están por llegar. Y todas eso que hemos comprado a pago aplazado porque el efectivo ha menguado, por falta de ingresar afectos consumados en actos. El desgaste ha sido tal, que ahora hemos ido acumulando un déficit de cariños que no hay banco que quería abalarnos. En nuestras manos está trabajar en nuestro interior y demostrar que somos más que unos simples operarios que, manufacturan una relación con tópicos de compromisos consensuados por doctrinas que no profesamos. La excepcionalidad de eso que tenemos cada uno en nuestro interior no puede agotarse en esta separación. Es posible que no eran nuestras circunstancias las más apropiadas para mostrarse tal como se merecen. En ti, la generosidad y la jovialidad no son cualquier cosa en una cadena de producción, pero te niegas a sacar partido de eso que, te hace especial. En mí, esta nostalgia, señal de identidad de un ADN heredado de mujeres que lucharon en muchas guerras, y de ella hago mi causa y mi bandera, mas no sé izarla lo suficientemente alta para ser vista por extraños y conocidos. Y si algunos creen que esta melancolía es una carga para mí, se equivocan; no es así, la luzco con orgullo, con la libertad de que es de mi propiedad. No nos queda más remedio que seguir aquí, sin más rendición que lo que nos quiera quitar la vida, y no ser nosotros los que destrocemos aquello que nuestros padres construyeron, seguro que con mucho esfuerzo.

¿Y los sueños? Ellos todavía se presentan en noches en que el insomnio me da una tregua. Viajes por realizar, temores por conquistar, rutinas que abandonar, amores que declamar, versos tatuados en una utopía. ¿Y los tuyos? Esos que no pueden esperar instalados en la bipolaridad. Contradicciones de ti mismo que necesitan una resolución ya. La euforia que cantas en cada una de tus melodías cuando el idioma no se te atasca en palabras cuyo significado no tiene traducción. La regresión a tu depresión sin encontrar el camino de partida para volver al lugar de inicio. Todo junto, es una bola de fuego que incendia por allí donde quiere que pasa, bien en imposibles que desatan todos tus demonios, bie, en yacer cerrando los ojos a todo lo que te rodea para no decidir si ir por un lado o por el otro; ahora o mañana, o simplemente nunca.

No, amor, porque todavía te siento así; un amor que se apaga como el cirio postrado a los pies del altar, a la espera de que alguien pase y en un suspiro de un Ave María se apague por siempre, con la tristeza de no haber cumplido su misión: adorar a su benefactor. Y así, entre mensajes entre líneas puedes leer lo que te quiero decir. La importancia de haberte conocido vislumbrando la desesperanza desde aquel cruce de palabras, cuando las manos se entrelazaron para presentarnos. Y a pesar de ello, tu recuerdo es el vértigo de vivir al límite, en una cuerda floja que aúlla que no puede más.

Este es un adiós sin curso de recibo, más allá de eso que crees mi egoísmo por querer algo más, se encierra combatir contra la monotonía en la que hemos caído. Tú y yo, faltos de malabarismos para mantener este equilibrio.

Ahora sí, volvemos a ser aquellos desconocidos que un día creyeron vencer sus propios demonios en la del otro. De todo ello, el resultado fue un infierno para ambos.

Si me acusas de ser la responsable de todos nuestros desvaríos, lo aceptaré, por lo que te he querido y por lo que aún te quiero, pero de diferente manera. Callaré a todas tus ofensas, impúdicas en su significado y que sé de buena manera, que es producto del odio que empiezas a emponzoñar tus heridas. No seré yo quién pruebe tu propia medicina, necesito de la calma y el sentido común para no volver a caer de nuevo en todo ello.

Expira nuestro tiempo, debatiéndose en un último hálito que valga la pena, mas yo ya necesito descansar de un invierno que muere en esta primavera. Igual que tú, asido a la tierra que te sepulta.

Por siempre jamás.

4 Comentarios

  1. La melancolía nos ayuda a apreciar las cosas bellas de la vida.
    Y “Wish you were here” es mi canción preferida de los Pink Floyd.
    Saluditos. 😉

  2. Sin comentarios Dolors.
    No tengo palabras!
    Un fortísimo abrazo

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