Nina - La princesa ya se ve

Nina

Blog literario, la escribiente

Nina, relato

Su nombre corresponde al significado de su ser, ligera en sus movimientos; sutil en sus respuestas; grácil con su cuerpo moldeado a semejanza de la perfección. Volátil en sus pensamientos y henchida de contradicciones que se arremolinan en sus cabellos negros como el más profundo de los abismos. Nina juega a seducir, su hechizo nace en sus ojos grises como la perturbación que causa. Quiénes la observan se rinden a besar sus pies por donde quiera que pasa. No por ello la fortuna ha estado a su favor, más bien el infortunio de nacer en una familia mísera no sólo en pobreza de monedas, sino con los más viles de los sentimientos exprimidos en comportamientos detestables. Por ello, Nina se cubre de una piel, cuya costra se ha endurecido por años de malos tratos; de abusos que para la mayoría no son naturales, por derramar entre sábanas desgastadas de tantas usarlas, de lágrimas convertidas en cenizas volcánicas deshumedeciendo sus lagrimales en arenas movedizas. Así creció y así recuerda, Nina, la muñeca de trapo de su madre y la muñeca hinchable de su padre. Cuando los catorce años se sumaron a la voluptuosidad de su cuerpo adolescente, provocó el deseo de hombres, sedientos de inocentes, y el recelo de mujeres aburridas de la vida que poseían. Nina ascendió al Olimpo de las chicas populares en el instituto y en los bares del barrio donde agotaba los días entre bailes de  reggeaton, alcohol de garrafa y marihuana cultivada en tiestos baratos de los chinos.

En unas de esas noches, entre las babas de los besos de alguno que por dos copas le regalaban, apareció un adonis con lengua locuaz y soltada sin desconcierto, para dar en la diana de sus intenciones. Aquel individuo, Carlos para más señas, se percató de la sensualidad de aquella joven de negras ondas y descaro en esa anatomía de robar la respiración. De la mirada felina cautivando a propios y extraños, en un enigma de sentimientos confundidos por sus movimientos, Nina clavó su flecha más directa en aquel individuo que, vendía humo como oro en el zoco de Marrakech. Carlos, altivo en sus músculos inflados de vitaminas artificiales, con trajes sin corbata gris marengo y camisas negras, acentuando la firmeza de unos brazos cultivados en el arte marcial, y unas piernas largas e inmutables en sus respuestas. Su cabello castaño, peinado con esmero tras un corte a tijera, engominado para resistir las pruebas de la vida. Sus zapatos Santoni reivindicaban quién era su portador; no era un cualquiera que se dejaba caer por aquel antro donde, Nina con dieciséis años recién cumplidos, disipaba su juventud. Era un rastreador de jóvenes promesas para el negocio floreciente de un jefe dictador. No fue la casualidad, el Instagram se convirtió en el catálogo para escudriñar víctimas a la vista. Dos llamadas de teléfono y cuatro amigas de contacto y, Carlos ya sabía todo de Nina.

Con lo que no contaba Carlos era el poder de ella, una mezcla de diosa y de diablo emitiendo señales de socorro y de adicción. Cuando, uno frente al otro, descubrieron el brillo de sus pupilas y sus bocas se sellaron inarticulando las palabras en simples suspiros, comprendieron que eran tal para cual. No fue necesario que Carlos acudiese a sus estrategias de seductor enamorado para que Nina afirmara con su mirada todo lo que aquel le proponía. Ella contoneaba su voluntad según las exigencias de él. Y él no podía apartar sus ojos de aquella silueta que se definía debajo de su escueto vestido negro, una piel dueña de la piel de ella. La tensión prendió entre los dos en una magia rota por los dos secuaces que acompañaban a Carlos.

Nina se convirtió en reina y señora de los deseos de él. Su vestuario se modificó en telas y tejidos de calidad, muy alejados de los de mercadillo que ella, hasta ese momento usaba. Prendas caras y sobre todo muy sexys, encajes y transparencias no tanto para intuir que escondían debajo, sino un escaparate para vender la inocencia de ella. Él luchaba contra sus instintos de enamorado y, del verdugo reclutador de jóvenes para la venta, con el que imponía su autoridad.

De aquel lugar de poca reputación salieron de la mano, ella convencida que había encontrado el amor de su vida, él con la contradicción de querer a aquella mujer o subastar su cuerpo para hinchar su bolsillo. Nina se adaptó de seguida a su nueva vida en un castillo de ilusiones lleno de grietas entre sus muros. Aprendió a bailar sobre la barra americana, un striptease nocturno a precio de oro, mientras los consumidores ebrios, de deseo y efluvios etílicos, gastaban el mes en los contoneos recurrentes de ella. La popularidad en el nuevo tugurio, propiedad del proxeneta más célebre de la ciudad, aquel que ordenaba y mandaba a Carlos; se extendió como el mal corre detrás del bien. Y así, noche tras noche, en todas sus acrobacias, fascinaba a un público que cada vez más fidelizaba sus horas delante de ella. Después de sus actuaciones plantaba besos a quien más se lo merecía, según si la visa era de oro o platino, en bailes privados con final feliz.

Cada vez que iba a dormir, Nina era más rica en euros y en hombres, mas su mente argumentaba que aquello era temporal, mientras se abrazaba a su príncipe que ya no le corría la sangre azul por sus venas, pues Carlos le vencía los caprichos prometidos por su poderío de caudillo del tres al cuarto que, un amor fresco como el de Nina. A ella le dominaba el insomnio y las dudas cuando advirtió que ya no era todo igual que al principio, después de un año. Más aún, al contemplar cada moratón que aparecía en su juventud cuando contrariaba a aquel Adonis cuyas razones de amar eran solo comprar la materia prima de Nina.

Nina aceptó su destino, ser carne desde que nació para ser consumida de una u otra manera, pero ella aprendió a sacarle rédito a todo ello. En el club, El Edén, era la reina, y comprendió que debía reinar cuanto más mejor y por el más tiempo posible. Imperó durante tres años, hasta que llegó otra a destituirla, en el trono y en el colchón, de él. Mas ella supo jugar sus cartas, robó dinero y corazones guardándolos dentro de una caja fuerte, y un día sin más despareció. El bolso repleto de sueños y monedas, sobre unos tacones tocando el cielo y, una maleta de palizas y cocaína. No se despidió de nadie, Nina no tenía amigos, en aquel negocio las amistades eran fútiles y fugitivas, ni tampoco precisaba de ellas. Bastaba una mirada para conquistar la voluntad de cualquiera. La tecnología hizo todo lo demás para poder comprar su libertad.

Un nuevo comienzo en otro lugar, los olvidos del pasado se los llevó nuevos aires de renovación, Nina sólo dependía del sol y de la luna, y así de nuevo reinó entre la seducción de páginas de contacto y de acompañante de alta alcurnia. Paseaba del brazo de uno, para dormir en los brazos de otros. Desnudaba su cuerpo entre espejos en el techo y abrigaba su alma en un revestimiento de acero frio y cauteloso. Y caminó de nuevo, respiró con ímpetu y tomó impulso, prometiéndose ser dueña de ella misma, alejando las sombras del pasado.

Esta mañana, Nina con ciertas arrugas en la comisura de los labios, de tanto besar, de tanto pensar y de las horas gastadas a la vida; recuerda todo aquel tiempo, de infancia maltrecha y juventud indefinible en la ofuscación de sustancias sin nombre y el veneno de su donjuán. Mira por la ventana de su ático en el centro de la ciudad, la soledad la viste con sedas y prendas de grandes marcas; sus ojos de gata felina imparable, conquistaron hombres y, ellos les regalaron el lujo de pagar lo que ella se merece: aquella casa y ser la madame de su propio edén.

Esta mañana, Nina mira por la ventana de su ático de una ciudad sin nombre; el café en una mano y en la otra celebra haber vencido a la vida, a su propio destino, sólo con la magia de no rendirse jamás.

2 Comentarios

  1. Un relato muy elegante. Siempre me ha gustado tu forma de narrar y te lo he dicho decenas de veces, pero también te he comentado no hace mucho, que desde hace poco he notado un cambio en tu narrativa, un cambio para bien. He sentido calor y color en tus palabras, he sentido esperanza y luz, lo cual me alegra muchísimo porque es lo que te mereces, lo que necesitas. Un beso, corazón

    • Muchísimas gracias, Sandra, quiero y necesito esa luz y calor de la que percibes para seguir adelante en todo. Un beso y gracias por leerme.

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