La maleta

Blog literario, la escribiente

La maleta, relato

A toda prisa, con premura vacío los cajones sin orden y con mucho desconcierto. El apremio, por salir de esta casa que se me cae a desconchones por todas sus esquinas, impacienta mis nervios, con la consecuencia de ir tropezando a cada instante con los pósit desdibujados por un te quiero, ya emborronados por los años, y quizás por muchas de las lágrimas que han corrido por su tinta. Me exaspera esas notas que un día escribí sin pensar que un día como hoy podría llegar. Los dedos rebuscan entre el caos de imperdibles sujetando corazones de colores de papel maché. Una mala costumbre mía, de aprovechar el papel de aquellos regalos inesperados deseosos de conquistarme. Ahora, yacen arrugados y con miles de agujeros, por donde se escapa todo este desamor que se derrama en una botella sin fondo.

Con la rapidez de huir de los recuerdos que, se han ido acumulando por las paredes, en fotografías descoloridas por mañanas donde el sol reinaba en todo lo alto. Abro el armario donde cuelgan ropa y más ropa; esos vestidos que marcaban mi silueta, insinuando unas curvas sinuosas y firmes, de ellas solo quedan la fragilidad de unos huesos que rechinan a cada paso. Pantalones de diferentes colores anunciando primaveras radiantes e inviernos donde la felicidad abrigaba mi vientre. Y todas mis blusas, de diversos estampados, mariposas sincronizadas con mi estómago, globos pintados con frases de liberación y arcoíris conciliados con la actualidad; corazoncitos mimetizados con todas esas horas muertas que simulaba mirar el techo, cuando en realidad sólo pensaba en las manos de él debajo de la blusa, tanteando los pechos que yertos esperaban ser escalados con la devoción de Edmund Hillary en el Everest.

En la maleta, no excesivamente grande, voy tirando de cualquier manera todas esas telas y tejidos que se despiden de su armario y cajones, para ser destruidas en la melancolía de no ser lucidas como trofeos de guerras. Apiladas, hechas ovillos, arrugadas por mi desasosiego, encogidas en un rictus de tristeza, ajadas por el paso de años y modas; así yacen todas ellas arrebujadas, colisionando unas con otras intentando ocupar el lugar que a cada una les corresponda, mas por destreza que por ser la primera. No quiero cruzar la mirada con ese revoltijo de trapos que ya sólo representan eso, prendas sin más significado que cubrir un cuerpo devorado por el fracaso, escamas de piel que abastecen el suelo.

Aligero mis movimientos, el desenfreno se apodera de mis dedos y de unos brazos agotados de tanto desarmar una vida cuyos pilares se cimentaron en tierras movedizas. No recuerdo cuando puse el primer ladrillo de esta existencia descodificada en sinónimos de tristeza. Quizás nací con ella y, los juegos infantiles disimularon lo que con el tiempo demostró que sería: una malograda mujer vencida por ella misma. O quizás, fue en el momento en que él apareció en mi vida. La felicidad no es más que la refracción de quien la busca, subyugada a ese pensamiento de tocar el cielo con los dedos, ¡qué utópico!, o sentir la brisa del mar revolviendo tus cabellos. Y al principio fue así, él, era esa brisa de mar con olor a sal, el cielo que alcanzaba cada noche cuando entre almohadones y edredones, las cosquillas alteraban nuestro sueño en caricias inconfesables. La llama prendida en el hogar donde el calor se refugiaba entre las paredes, hasta que los cimientos temblaron tras el primer huracán de celos y engaños.

No quise etiquetar a cada una, de esas tempestades, no valía la pena, al fin de cuentas siempre era lo mismo. Un grito por encima del otro, palabras rechinando en los oídos con zumbidos de abejas, zigzagueando con sus aguijones, algún que otro empellón para marcar terreno…. Y así un tiempo, tras otro, y yo esclava de mi silencio, de esa despedida atrapada en un momento por venir, una lucha interior cuya pólvora estalla en mi cabeza, en un desamor enmohecido por los acontecimientos. Por fin, descubrí la verdad que escondía entre sus chistes sin gracia, y en esa sonrisa dentífrica, anuncio de falsedades en posters de mi habitación. Mi via crucis, es solo mía, y en mis pasos no encuentro ningún cireneo que me ayude a cargar con ella ni una verónica que me de consuelo. Soy yo, la condenada por mi misma, pues yo fui una mentira más en toda historia; la pasión de mis alas por volar tan alto descuidaron los afectos que se marchitaban bajo los zapatos de él.

Invisible fue el espacio que nos empezó a distanciar, él con sus recelos y yo, cautivada por desflorar el mundo con letras y palabras. Se convirtió en tan infinito, en tan eterno, que sin darme cuenta, aquí estoy despejando dudas entre los cajones, deshabitando cada mueble, cada armario para empezar de nuevo.

Cierro la maleta con la dificultad de no quererse ir. Se resiste de tal manera, que preciso sentarme sobre ella a toda velocidad, me urge la calle sin disculpas ni reproches. Por fin cede a mis deseos, la cremallera corresponde por la vía que la llevará a su destino, un apeadero sin salida. Al fin de cuentas, la decisión está tomada; ya no tiene remedio, todos mis atavíos están preparados para otro objetivo. Tal vez escribir notas en otras mesas, o tal vez descansar por siempre en un contenedor de ayuda humanitaria para desvestir otras almas que, como la mía, vagabundean entre afectos y descontentos; taquicardias inesperadas en madrugadas de alcohol mezclado con mucha decepción.

Asida a mi maleta, ama de mis vergüenzas bien guardadas, me precipito por las escaleras del cuarto piso, olvidando por completo el ascensor deseoso de pasajeros a ninguna parte. El peso de mi equipaje se arrepiente de que sea yo su portadora, pues son tantos pantalones, camisas y vestidos; zapatos hincando el tacón en la piel de cordero que es todo mi miedo. Calcetines y medias desparejadas con la consigna de entenderme. Sobrepasada en todo este desmán que es mi cabeza, la maleta se dirige a mí con una sonrisa grotesca en el bolsillo superior de la derecha, me saca la lengua burlándose de este coraje en que se han transformado mis pestañas ahuecando todos los lugares en que fui feliz. Saco los dientes para poder alejarme sin revolverme sobre mí, mirando al frente confiando en que todo será diferente.

En la calle la gente, caminan unos, corren otros y los menos pausan sus pasos para tomar aire y expulsar los andrajos de sus miserias. Mi maleta y yo en medio de todos ellos decidiendo si la calle de arriba o bien la de abajo para empezar de cero. El cuentakilómetros resetea todo lo andado hasta ahora para enviar al olvido los recuerdos, cerrando las puertas de volver sobre ellos.

Al fin, la maleta toma la decisión más salomónica para las dos. Que sea el destino quién nos lleve donde sea.

 

2 Comentarios

Deja un comentario

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 11.352 suscriptores

Categorías

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: