La clase

Blog literario, la escribiente.

La clase, relato

Me aburre la clase de física y química, tener que estar escuchando durante cuarenta y cinco minutos a la “profe”, tan insulsa en palabras como insípida con su indumentaria, me produce un escozor en la piel. Aunque es la excusa para despistar mi mirada tres filas más adelante, donde ella se sienta impaciente con un bolígrafo entre las manos. Su melena larga y castaña con algún reflejo en colores, rosa y azul, iluminan toda la aula. No deja de, meterse en la boca un mechón de sus cabellos, un acto nervioso o quizás de aburrimiento, como a mi me pasa. Puede que se haga la misma pregunta que yo, «¿para qué preciso saber qué es un isotopo o un electrón». Creo tener la respuesta, poder contemplar su espalda perfecta, hechuras que señalan su juventud en proporciones exactas entre sus hombros y sus caderas. La camiseta de tiras se adapta como una segunda piel a la suya de melocotón, aterciopelada y tostada por los primeros rayos de este verano incipiente que, se cuela por la puerta de cuarto B de la ESO.

Ella no se da cuenta que yo, tres filas más atrás no puedo apartar mis ojos aceituna de todos sus movimientos, incluso de aquellos innatos, un pequeño suspiro de tedio por aguantar minutos de nada interesante a los oídos; el bostezo de no haber dormido lo suficiente, y es que las conversaciones por snapchat y  watshapp, roban el sueño a la noche. El repiqueteo del bolígrafo en la mesa donde se concentran libros sin abrir y apuntes, garabateados en abreviaturas imposibles por descifrar. Algún que otro corazoncito tatúa sus esquinas con las iniciales de alguien, similar al que lleva dibujado con delicadeza en el antebrazo. Fijarme en él, me produce cierta quemazón en el estómago, imaginar que alguien ocupa ya su amor, me pellizca el alma.

La clase de física y química avanza igual que el sopor de esta tarde de primavera que se somete al calor de un verano adelantado. La apatía se percibe en los ruiditos nacidos en la nariz de algunos de mis compañeros. En el trasiego de notas por debajo de las mesas, confidencias de amores a primera vista o, de envidias malsanas por el número de seguidores en Instagram. En el menudeo de miradas entre unos y otros por despistar la atención de la profesora, que advierte el desinterés de todos por Aristóteles y Dalton. Hasta sus palabras se arrastran deprimidas por la pizarra digital sospechando que es una pérdida de tiempo la clase de hoy.

Ella, se retrepa en su asiento confirmando lo que se respira en el aire, esta melancolía de salir al sol. Con disimulo, me estremezco cuando se gira sobre ella misma y sus pupilas se clavan en las mías, advirtiendo que me ha descubierto transgrediendo su yo, con el desespero de encontrarme con ella. El rubor se acelera en mi rostro, intuyo el colorado en mis mejillas escuálidas de tanto deporte. El corazón bombea sangre a marchas forzadas, y su pálpito se acelera en una carrera contrarreloj por salirse de la cavidad torácica. No consigo emitir ningún sonido, inmovilizado por su mirada, enigmática de profunda oscuridad. Me desarma de tal manera que empequeñezco y me pierdo en mi adusto asiento. Una sonrisa en sus labios turgentes reafirma que, ya soy cautivo de ella. Intento reaccionar y con disimulo, escribo sobre mi libreta, su nombre disfrazado de indiferencia sin admitir que ella es mi primer amor.

Einstein y la física cuántica me saca del anonimato, cuando la profesora me lanza una pregunta con la animadversión de ridiculizarme. Por unos momentos, me concentro, y con astucia hurgo en mi cerebro cuadriculado y científico, y respondo sin más, entre los vítores de los presentes. Una mueca de desdén por parte de la aburrida “profe” admite su fracaso. Todo ello logra que, ella vuelva de nuevo a girar su cabeza y un «bravo» se diluya en el aire. Y yo no puedo ser más feliz.

De repente, me chequeo, de pies a cabeza; mi metro setenta y dos delata mi crecimiento en tiempo récord; ser tan flaco es la burla de mis compañeros, no saben ellos, que significa la versatilidad que tengo para pasar desapercibido ante cualquier carrera; sea en pista o en arena; sea entre emociones y decepciones. Mis manos acostumbradas al trabajo duro e intenso, se deshacen como mantequilla fundida, cuando los pinceles se apoderan de ellas. Entre lienzos y, aromas de aceites, pigmentos y alcohol, me resuelvo mejor. En la soledad de noches de luna llena y, tardes de retiro entre la abstracción del pensamiento y los símbolos del amor. Mi cabeza, nutrida de un cabello rebelde con mechones de aquí para allá; es una bomba de ideas a punto de estallar. Nacen de contemplar todo lo que me rodea, desde el pelo que crece en mis genitales hasta ser testigo de las discusiones entre mi padre y mi madre. Los complejos se acumulan de uno en uno, pidiendo paso. Desde la timidez de los buenos días hasta ser el más feo de la clase. Sin olvidar, los granos de acné que se amontonan en mi cara. Tras el examen, llego a la conclusión de que no soy digno de sus besos. Al menos, no soy el chico que a ella le gustan; todos ellos monos de feria expuestos en un escaparate de testosterona y sustancias innombrables que les hacen ser cracs en caricias y borracheras.

Quizás deba olvidarme de ella; su indiferencia es un veneno que me pide más y más de intentar conocerla. Tras esa superficialidad de marcas de pantalones y zapatillas, no dudo que se encierra muchas preguntas por responder. Una historia que no es tan benevolente como su atuendo; confesiones a media voz y desamores no anotados en las redes sociales. No, no quiero apartarme de esa cara, de la dulzura en sus pecas alrededor de la nariz. Ni del piercing de su ombligo cuando se viste con esa mínima camiseta, del fresa de su boca, intuyendo como se estremece al roce de unas manos. Y aún menos deseo abandonar el lenguaje de sus manos, gráciles y etéreas entre pantallas de móviles y, sentidos consignados en las yemas de los dedos. Ni tampoco el contoneo de sus caderas a ritmo de reggaetón ni de su testa cuando los problemas se presentan.

Por fin, la clase acaba, y un clamor con un aplauso de aburrimiento festeja la hora. Mientras recojo mi mochila cargada de sueños, ella se acerca. Me sonríe y como el que no quiere la cosa, me entrega en la mano, una nota.

«El amor no tiene ojos, y el mío es ciego.

Te espero a la vuelta de la esquina, en el último banco»

6 Comentarios

  1. Querida Dolors. Tengo que decírtelo. Por primera vez, desde hace bastante tiempo, he leído algo con esperanza y color y me alegra muchísimo

    • Gracias, Sandra está dedicado a mi hija y a todos esos adolescentes que se inician en el amor.

    • Así es, Olga primeros amores y grandes conocimientos. Muchas gracias. Abrazo.

  2. Olé, Dolors. Como siempre, relatos tan especiales. Un beso.

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