La última nota

Blog literario, la escribiente

La última nota, relato

El atardecer se define por la ventana de la habitación, los últimos rayos de luz,se reflejan en la mirada acuosa de Teresa, mientras contempla con una sutil sonrisa más triste que melancólica, como aprieta los ojos Ernesto, sin mayor esfuerzo que un dormir eterno. La mujer surcada por las arrugas de toda una vida de lucha y trabajo conserva un aura de joven en las palabras que, en brote surgen de su boca, de labios secos y envejecidos por los noventa y cinco años que el DNI dice que tiene. Sus manos castigadas por los años de trabajo, son un amasijo de huesos finos y ensortijados sobre ellos mismos. A pesar de ello, la delicadeza de sus movimientos y el níveo de la piel, le confieren la elegancia de una pianista y la inocencia de la niña esperando los Reyes Magos. Y es que Teresa irradia una luz invisible que alumbra allá donde está y a aquellos que a su alrededor se congregan. Sus manos se aferran a las de Ernesto, algo gélidas y yertas, por lo que acaba de acontecer; aunque algo esperado nunca se está preparado para percibir ese frío ártico que te inmoviliza por la eternidad. Ella acaricia sus manos con todo el calor que ha ido guardando a lo largo de los años para ese momento, siempre supo que él se iría antes que ella. Aún así, se refleja en el cristalino de él, recopilando todas esas fotografías que se desgastan en el baúl del desván, junto aquel vestido de encaje y seda plisada, color ocre con el que se casó. Un vestido envuelto en papel de seda acariciando cada año que han transcurrido desde que el “sí te quiero” unió sus vidas en una sola. Años donde el racionamiento y el pan negro regalaron su luna de miel, entre caricias de enamorados y trabajos precarios. Los hijos no tardaron en llegar, nacimientos bienvenidos a pesar del estraperlo y los ideales coartados por el Caudillo que recortaba libertades a la medida de su bigote. La magia de Teresa alcanzaba a llenar los platos de garbanzos perdidos en los campos de era, de nabos abandonados a su suerte y sobre todo de arrodillarse de casa en casa de los señoritos del pueblo, fregando suelos. Ella contentaba a sus cinco hijos con cuentos y leyendas, más allá del cansancio de su cuerpo. Satisfacía con la pasión a Ernesto en noches de luna apagada, mientras los niños dormían en sus fantasías, y ella hacía realidad las de él en aquel colchón de lana mullido como sus esperanzas.

Teresa ve pasar cada instante cuando el hambre apretaba el estómago en un desasosiego imposible de saciar, y Ernesto tenía que poner rumbo a otras tierras en busca de mejor fortuna. Las lágrimas de ella jamás fueron obstáculo para que él persiguiera sueños, sabía muy bien el momento oportuno lejos de miradas indiscretas o de aquellas a las que pudiera inquietar, en las que verter sus temores y sus angustias. Teresa quería ser fuerte, echada para adelante, y lo era, valiente, serena y sobre todo tenaz. Martilleaba con constancia sus retos, la persistencia se imponía a cualquier revés del destino. Por ello, logró que sus hijos crecieran entre la humildad de la pobreza y la riqueza de sentimientos, mientras Ernesto se dejaba la piel descargando barcos en tierras germanas, allá donde el Elba se acomoda con Hamburgo. Lejos de los suyos, él encontró entre otros compatriotas que, como él, intentaban ahorrar alguna que otra peseta para que sus familias superaran la miseria de la posguerra; abrigo y compañía. Se reunían en un bar regentado por sevillanos y alrededor de una cerveza desgastaban añoranzas y afectos; recuerdos y melancolías en porciones de tortilla de patatas. Ernesto, escuchaba mientras en pensamientos se comunicaba con Teresa, y ella con las prisas de querer más y más, se presentaba con su cara angelical. En esas conversaciones de nostalgias, él declaraba su amor una y otra vez, como si fuera la primera vez, como si fuera la última vez. Creer en ella, y en esos hijos que no veía como crecían, era el motivo por los que sus pies se mantenían firme en el suelo y las manos engarzadas a la vida. Su propósito sólo era uno, la felicidad de los suyos. Y los días pasaban, los años también, Ernesto ya no descargaba barcos, adquirió el grado de mecánico. La lluvia ya no  cegaban los ojos, la nieve no enfriaban sus manos ni el viento arrastraban sus cabellos. En el taller le consideraban un dios y las pesetas se hacinaban en un hatillo debajo del colchón.

Teresa no olvidó a quien se marchó, el amor se agrandó en la medida que el vacío del colchón. Los niños resucitaban su amanecer y el trabajo de criada en casa del médico del pueblo le dio la paz necesaria de un mínimo salario a final de  semana. Los niños fueron creciendo en proporción al amor del ausente que, en tiempos de estío aparecía por el final de la Calle Real cargando una maleta llena de regalos y muchas ilusiones. Y así pasaron los años, Teresa y Ernesto entre cartas de amor y llamadas de teléfono esporádicas; así transcurrieron quince años, entre el pueblo y Alemania, hasta que por fin el retorno se hizo evidente, y Ernesto ya no apareció por el final de la calle principal del pueblo cargando su maleta, esta vez manejaba con destreza un Trabant 600 que ronroneaba a cada cambio de marcha. El trabajo y el esfuerzo; la soledad y la esperanza había cosechado unos grandes frutos: la tranquilidad de volver con los suyos con los bolsillos llenos de monedas y oportunidades por iniciar.

Teresa contempla como los ojos de Ernesto se oscurecen como la noche de cielo sin luna. El rigor mortis se acelera con un cerco de tonos morados bajo los parpados, mas él fija una leve sonrisa en sus labios agradeciendo todos esos besos que ella le ofreció como muestra de amor. Y Teresa pasa imágenes a través de su retina, cuando Ernesto volvió para no marcharse, las ideas fluían solas por su cabeza y sus manos las hacían realidad. Marchar a la ciudad fue un acierto, el piso de tres habitaciones con baño el mejor de los sueños, el mejor lugar para hacer hombres y mujeres de provecho a sus hijos, que adelantaban las hojas del calendario corriendo a la mayoría de edad. Un taller mecánico cerca de todos ellos, el summum a sus desafíos; en él Ernesto hacía filigranas con los motores y los clientes nunca faltaron apreciando su buen trabajo. Y los años pasaban cultivando arrugas Teresa, pero también deseos de aprender, de saber más lo que en secreto se guardan en los libros, en otras tierras, en otras culturas. El graduado escolar fue su primer reto, y el último una licenciatura en Historia mientras los garbanzos se cocían en la olla, mas ahora acompañados de ternera.

Una lagrimita se le escapa a Teresa en los recuerdos que una vez fueron de dos y ahora, viendo allí a su amado Ernesto sólo son de ella. No quiere llorar, no quiere consuelo, no quiere compasión; sólo unos minutos más, unos besos más, unas palabras todavía sin pronunciar; un nuevo comienzo para reunirse con Ernesto, el compañero de su vida; el padre de sus hijos, el amigo de sus amigos y el amante en el colchón.

Teresa no llora, la muerte no puede separar lo que el amor unió en el tiempo y en el destino de compartir lo bueno y lo malo; alegrías y tristezas; ruina y fortuna; dolor y placer; arcoíris y duelo. Ella, sonríe, esperando una última nota escrita en la mesa de la cocina, como cada mañana, junto a la cafetera de toda la vida, un

“Te quiero Teresa,

Ernesto”.

6 Comentarios

  1. Hermoso y conmovedor, Dolors. Gracias por deleitarme con algo que me ha llegado al corazón

  2. Que hermoso! Me alegraste la noche con tan hermoso relato. 🙂 Felicitaciones.

    • Muchísimas gracias, estos mensajes animan a más. Saludos.

  3. Amor más allá de la muerte. Bello relato.

    Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

    venas que humor a tanto fuego han dado,

    medulas que han gloriosamente ardido,

    su cuerpo dejará, no su cuidado;

    serán ceniza mas tendrá sentido;

    polvo serán, mas polvo enamorado.

    Francisco de Quevedo

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