Blog literario, la escribiente

Regreso-al-olivar, relato

La satisfacción que me produce que grandes escritores y mejores personas, se quieran pasar por este pequeño blog, es difícil de transmitir. Sobre todo, cuando estos escritores me consideran amiga y me muestran su cariño y confianza. En esta ocasión a cuatro manos, Gonzalo Fernández y Lars W. Jacobson me visitan para dejarnos un relato conmovedor, en los que los recuerdos de una época llaman a la puerta para no ser olvidados. Y es que, existen hechos y momentos históricos que no debemos dejar ausentes de la memoria, que precisan justicia y su lugar en la Historia de los pueblos.

Os invito a viajar a otra tierra, que es nuestra, de la mano de un niño que ya es hombre y, revive los sabores y las ausencias cercenadas por una guerra.

Gracias a Gonzalo Fernández y Lars W. Jacobson por su generosidad y su amistad.

Pertenezco a una tierra esculpida por el sol y por los versos del poeta: Jaén. En el horizonte, la tierra que me acunó al nacer. Millones de olivos se extienden ante mis ojos, miles de hectáreas trabajadas por jornaleros andaluces, con sus miles de historias y de vidas ensortijadas, enmarañadas como el tronco retorcido del olivo, anárquicas como la hojarasca que pinta de color mi tierra andaluza; tan llena de vida, tan fecunda como ninguna; mi tierra andaluza querida. Mi historia es como la de tantos. Hijo de jornalero, El Pascual. Él me transmitió con sus genes el amor por la tierra, la pasión por la vida. Me mostró la manera de mirar de frente, a los ojos; a sentir el olivar como una continuación de nosotros mismos. Hoy todavía recuerdo al Pascual, lo esperaba sentado con Madre en el banquito que había a la entrada de nuestra casita blanca, cuando la luz se ocultaba acariciando la tierra; llegaba con su gorra de plato, su camisa desabotonada con el pecho descubierto curtido por el sol acompasando el monótono canto de la cigarra; sobre todo recuerdo sus ojos verdes, verdes como dos aceitunas y aquellas manos curtidas que trabajaban casi de sol a sol, porque en casa teníamos la mala costumbre de comer y el Pascual se dejaba el alma arañando la tierra para que, al menos, hubiera algo que echarse a la boca. A veces sacaba de su bolsillo el bendito fruto del olivar y me hacía pronunciar y discernir las distintas variedades de aceituna; hojiblanca, carrasqueña o aloreña, entre tantas otras. Pero la lección más importante que me dio el Pascual fue a no bajar la mirada ante nadie, ni tan siquiera ante los ojos inquisidores del patrón y a meterme en la cabeza verdades sagradas, como que la tierra es de quien la trabaja, que, aunque El Pascual no creía en Dios, sagrada es. Hoy leo los versos de Miguel Hernández y me parece que El Pascual habla a través de aquellos versos, el poeta que dio voz a los que nunca la habían tenido.

«Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor…»

El último recuerdo que tengo del Pascual es alejándose entre dos guardias civiles, con Madre llorando a mí lado. Nunca lo volvimos a ver ni vivo ni muerto. Con el tiempo supimos que sus huesos descansan en una cuneta cerca, muy cerca, de los olivos a los que tanto amó. El cabo de la guardia civil, el que se lo llevó, se presentó en casa de Madre borracho, oliendo a anisete barato para decirnos que El Pascual murió por anarquista y por España, que gritó como el cerdo que era. Yo no entendía cómo mi padre podía morir por España, si tan solo se preocupaba por la tierra; por el fruto que daba lo que nos daba la vida, lo que nos llenaba la barriga. Con los años comprendí que el Pascual tenía esa voz interior que vuelve a los hombres en leyenda o en locos, esa voz que te indica la diferencia entre el bien y el mal, esa voz que no te deja en paz; Padre se convirtió en alguien incómodo para el patrón, para el alcalde, el médico, el cura y el veterinario.

Madre y yo nos alejamos de aquella tierra, del olivar que nos daba de comer, sin que lo supiera el patrón, el dueño de nuestra casita blanca, desterrados del paraíso. Nos fuimos alejando entre los retorcidos olivos, cargando con la fuerza de Madre las cuatro cosas que cabían en aquel hatillo: la poca ropa que teníamos, algo de viandas y recuerdos de su vida con El Pascual. La suerte ha hecho que conserve aquella foto en blanco y negro a la que madre se aferró para seguir adelante, ahora esta cuarteada y amarilla por el paso del tiempo, que jóvenes eran, dos chiquillos que no sabían nada, que no conocían lo que la vida les iba a deparar, con aquella belleza tan racial, tan inocente, que les daba el trabajo duro bajo la vertical del sol. Ellos no han envejecido, siguen en mi memoria como en aquella foto, jóvenes y felices como debió haber sido.

Caminamos de noche, en silencio, por senderos entre las sombras de los olivos que Madre parecía conocer bien. De cuando en cuando nos parábamos y ella oteaba los alrededores, escudriñando entre las sombras y agudizando el oído. La noche era fría y el único ruido era el que hacían mis tripas vacías, tenía hambre, no habíamos cenado, pero yo no me quejaba, sabía que si Madre no me había dado de cenar era porque algo grave sucedía, algo más grave incluso que la muerte de Padre, porque aquella noche ella no cenó, pero a mí me preparó pan con aceite y azúcar, y unas aceitunas negras.  Luego supe que era tan grave que tuvimos que salir de prisa y corriendo antes de que el cabo de la guardia civil nos viniese a visitar para aliviar a Madre de su soledad.

Caminamos durante un tiempo, que a mí se me hizo eterno, quizás más por la oscuridad y el frio de la noche que por el camino recorrido, hasta que de entre las sombras de unos arbustos rugió una voz: “Alto en nombre de la Republica, ¿quién va?”. Antes de contestar, Madre me miró y, a pesar de la oscuridad, pude sentir su sonrisa de esperanza. “Una madre republicana y su hijo, huimos de Porcuna, donde han fusilado a mi marido”. Un hombre con un fusil y un pañuelo rojo y negro al cuello salió de entre los arbustos a nuestro encuentro. Nos dijo que estábamos en el frente de Martos.

Nos apresuró para que nos escondiéramos detrás de unas rocas que se ocultaban tras los arbustos y nos pidió que nos esperáramos al cambio de guardia que sería en una hora, y el mismo nos acompañaría al pueblo, al centro de asistencia mutua. Madre le dio las gracias en voz baja, nos sentamos y, entonces sí, Madre sacó del hatillo una hogaza de pan que le había traído tía Margarita aquella tarde cuando las dos lloraron mientras se abrazaban en silencio. Al marchar, tía Margarita me cogió la cara con las dos manos, me miró a los ojos y sin decir nada me dio dos besos en las mejillas, yo creía que aquellos lloros eran por la tristeza de la muerte de Padre, pero ahora comprendo que era una despedida. Con la navaja cortó un trozo de aquel pan moreno y me lo dio, junto con un puñado de almendras secas. «Come hijo, que ahora ya estamos a salvo» —me animó, abrazándome por el hombro y depositando un beso sobre mí cabeza, ella también comió algo. Cuando hube terminado el mendrugo y las almendras me acurruqué a su lado, sentí el calor de su abrazo. Me dormí, hasta que me despertó diciéndome «despierta, hijo, que ya nos vamos», «¿a dónde?» pregunté al despertar desorientado del sueño profundo en que estaba sumido. «Vamos con el compañero, al pueblo, con gente de la nuestra». Volvimos a caminar siguiendo al miliciano, pero esta vez se hizo corto el camino, quizás porque mis tripas ya no rugían, quizás porque sentía a Madre más alegre, caminaba con decisión y la cabeza alta.

El miliciano nos acompañó a una casa grande donde una mujer, que nos dijo que se llamaba María, de la edad de mi madre, y también con un pañuelo rojo y negro al cuello, nos recibió y nos asignó un cuarto en el piso de arriba. Allí, tumbada en una cama había otra mujer, que se levantó a saludarnos y nos preguntó de dónde veníamos. Madre la puso al corriente de lo que había sucedido en los últimos días. Aquella mujer, que hablaba raro, como si fuese un poco gangosa, nos dijo que se llamaba Juliette y que había venido de Francia para luchar por la libertad. Madre volvía a sonreír, aquella noche también soñé que Padre me abrazaba, me daba dos besos y se iba sonriéndome. «Sé valiente, hijo» —me rogó antes de volver a irse entre la niebla de la madrugada.

A la mañana siguiente supe que estábamos en una casa donde estaban las mujeres que habían llegado de los pueblos del alrededor huyendo de los fascistas, esos debían ser los malos que se habían llevado a Padre. Eran todas viudas y con hijos, excepto Juliette y María, que eran las que se encargaban de la organización en aquella casa. Enseguida hice amistad con los otros ocho niños que vivían allí. Mi madre le dijo a Juliette «quiero luchar contra los fascistas». Después de desayunar, a los niños nos llevaron a una sala grande con cortinas y muebles bonitos, «esta era la biblioteca de los señoritos, pero ahora es nuestra, hemos colectivizado el cortijo entero» —Me informó, Jesulín, el que sería mi amigo inseparable durante el tiempo que estuvimos en Martos. Ahora era la escuela, donde Pilar, la madre de mi nuevo amigo nos daba clase por la mañana y por la tarde. Ella era maestra en Lopera antes de que los fascistas conquistaran el pueblo — según me informó mi amigo.

Al medio día, a la hora de comer, Madre apareció con un fusil en la mano y también llevaba el pañuelo rojo y negro al cuello, como todos los mayores.

Después de la escuela jugamos, al pilla pilla, al escondite y a la guerra. Sí, también jugábamos a la guerra sin ser bien conscientes de que era una realidad en el frente, a pocos kilómetros donde nosotros vivíamos. Habíamos asimilado los disparos de fusil y de algún cañonazo como algo habitual. Así pasamos los meses y la última Navidad. Luego vinieron soldados bien vestidos y oficiales del ejército con sus galones y sus estrellas, decían que era el ejército regular. Los mayores decían que les querían hacer quitar el pañuelo rojo y negro y que tendrían que vestirse de caqui, que se había terminado la libertad, que venían los comunistas.

Un día después de la noche de los regalos, los cañonazos y los disparos se oían más cerca e incluso algún día nos obligaron a desalojar la escuela y refugiarnos en la bodega. Un día escuche a Madre decirle a Juliette «esto está muy mal, prométeme que, si un día caigo, te encargaras de mi hijo», «te lo prometo», le respondió Juliette y se abrazaron. Yo sentí miedo, miedo por Madre, miedo por mí. Aquel día cuando Madre se despidió de mí para ir a las trincheras, me abracé a ella en silencio y las lágrimas salieron silenciosas de mis ojos, pero no deje que ella las viera. Desde ese día, cada mañana me despedía de madre entre besos y abrazos con el estómago encogido. Ya había entendido que la guerra no era un juego, que la guerra mataba a los padres y a las madres. Ya nunca volví a jugar a la guerra.

Un día Juliette vino a buscarme a la escuela, supe que algo malo había sucedido. Me llevó al hospital que había en el Ayuntamiento, en una cama estaba mi madre. Me abrace a ella y sentí como sus brazos sin fuerza me abrazaban, la bese en la cara y vi sus lágrimas derramarse mientras me decía hablando muy despacio, y descansando entre cada palabra, «hijo mío, tengo que irme con tu padre, recuerda siempre que te quiero mucho, que eres lo más importante de mi vida. Tendrás que ser muy fuerte. Juliette cuidará de ti, sé un buen chico y obedécela en todo, y… no me olvides nunca». Sus brazos se aflojaron y su respiración entrecortada se paró, yo lloré y grité «¡Madre, no me dejes, llévame contigo!».  Juliette me abrazó y me apartó de la cama. Una enfermera vino y cubrió la cara de Madre con la sábana blanca.

Unos días después de que Madre se fuese con Padre, nos subieron en camiones a los niños y el resto de madres. La mía ahora era Juliette, que me abrazaba y me daba besos como hacía Madre. Dijeron que Martos estaba a punto de caer y que nos evacuaban a la retaguardia. Aquel viaje no se acababa nunca, a veces nos parábamos unos días en algún pueblo. A veces eran pueblos mucho más grandes que Porcuna o Martos, pero había muchos edificios destruidos, el nombre algunos los habíamos estudiado en la escuela con Pilar. La maestra y madre de mi amigo Jesulín nos iba diciendo en qué provincia estábamos: Albacete, Valencia, Castellón, Tarragona. Siempre era lo mismo, llegábamos a un pueblo, parábamos unos días y volvíamos a subir a los camiones y de nuevo viajábamos. Ya no teníamos escuela, ya no jugábamos. Hasta que llegamos a Barcelona, era muy grande, pero había muchos edificios destruidos y los aviones venían a menudo y descargaban muchas bombas, antes de que llegaran sonaban las sirenas y nosotros corríamos al refugio, que no era una bodega sino un túnel bajo tierra por donde pasaba un tren.

Un día Juliette me dijo «Ahora eres francés, te conseguí papeles. Nos vamos a marchar a Francia, a mi casa. Tendrás que aprender francés». Empezó a decirme cómo se llamaban las cosas en francés. Me hablaba en castellano y luego me lo repetía en aquel extraño idioma que parecía que hablaba gangoso.

Una mañana nos despedimos de nuestros amigos y de sus madres, nos subimos a un camión donde nos apretujábamos hombres, mujeres y niños, todos con cara triste, nadie reía, y de cuando en cuando alguien preguntaba si faltaba mucho para llegar a la frontera.

Sucedió sin más. Nadie espera la muerte. Fue como si un silbido lejano se fuera acercando poco a poco. Aquel proyectil impactó en el camión. Cuando abrí los ojos todo estaba en llamas. Juliette yacía muerta, su cuerpo ensangrentado carecía de todo signo de vida, la expresión de sus ojos era fría, estaban desposeídos de la alegría, de la chispa vital que había conocido. El sueño de Juliette, mi esperanza de cruzar a Francia se evaporó sin más. Solo, comencé a vagar sin rumbo siguiendo la tristeza de la gente que caminaba con la cabeza gacha, perdida la esperanza, en una marcha que parecía no tener fin. No buscaba a nadie, no iba con nadie tan solo caminaba hasta que me encontré con Eduardo.

Eduardo era un desertor, tal vez un cobarde. Ante todo era un soldado que sabía que la guerra estaba perdida. Los dos huíamos sin esperanza, buscando un lugar en el mundo. Necesitábamos alejarnos de las bombas, de las ráfagas mortales que asolaban los campos españoles. España estaba yerma igual que los corazones de los hombres. El repliegue, la retirada hacia la frontera francesa fue un camino tortuoso repleto de obstáculos. Eduardo trataba de sacarme alguna sonrisa de vez en cuando a base de hacer tonterías, pero yo me había encerrado en mi mente, en un shock perpetuo del que solo salía para satisfacer las necesidades básicas. En mi interior, mi razón todavía estaba con El Pascual y Madre en nuestra casita de paredes blancas.

Cuando llegamos a la frontera francesa los republicanos que huían se agolpaban en ella con sus papeles en la mano para poder atravesarla buscando un refugio del que escapar de las hordas nacionales del General Franco. A mí no me hicieron falta papeles para cruzar la frontera, los que me había conseguido Juliette quedaron en su saco, junto a su cuerpo inerte en la cuneta. Supongo que la estampa de un niño desnutrido, pellejo y hueso, carente de lo más fundamental, con la ropa hecha girones, era suficiente para que los gendarmes franceses me dejaran pasar. Eché un vistazo hacia España, hacia Eduardo, me dijo adiós con la mano, los dos sabíamos que era la última vez que nos veríamos, me faltó decirle gracias, decirle que lo quería   y que jamás lo olvidaría, pero lo olvide, olvidé todo, necesitaba olvidarlo para sobrevivir, la pena rondaba y no eran tiempos para guardar afecto por nada, por nadie. Eduardo decidió no cruzar la frontera, todavía desconozco la razón, sólo me queda su imagen, su figura serena de puños cerrados. Caí, todavía más, en un letargo que me ayudó a sobrellevar el cautiverio en aquel campo de refugiados. Un campo donde no había olivos solo arena, mar y mucha pena.

Pasaron semanas hasta que el señor Dupont se paró a mis pies. El señor Dupont era un hombre amable, risueño. Lo había visto observándome en la distancia, siempre repartía golosinas a los más pequeños del campo de refugiados o les reñía a los guardias por el trato que dispensaban a los niños, pero aquel día se paró delante de mí, me dio la mano y juntos cruzamos la puerta del campo de refugiados sin que los gendarmes hicieran nada por detenerme.

Me llevó a su casa, una gran casa con jardín. En la misma puerta nos recibió la mujer del señor Dupont, nada más verme se echó a llorar, en un llanto difícil de contener. Quemaron mi ropa y me dieron un baño en algo bastante más grande que el barreño donde Madre solía bañarme, ellos lo llamaban baignoire, aunque aquella no era la primera palabra que aprendía en francés, el recuerdo del rostro de Juliette, su sonrisa me ayudó a comprender aquel nuevo idioma. Después vendrían más palabras como mamá y papá y un montón más. Los Dupont me adoptaron, me brindaron su cariño, ellos también fueron mis padres. Eran buena gente, sencilla que me dieron un lugar en el mundo para ser feliz. Mi madre francesa supo abrir mi alma, quitarme de mi bloqueo mental, lloró como una niña la primera vez que la llamé mamá. Ella, que no había tenido hijos, deseaba en lo más profundo de su corazón sentir la maternidad y yo fui ese anhelo convertido en carne. Lilith me enseñó a sentir el amor por las pequeñas cosas, de él, de Maurice, el amor por la verdad. Como Madre y El Pascual, la gente buena siempre quiere lo mismo.

Pasaron los años, el niño se hizo hombre. Me convertí en un abogado ilustre, un gran penalista. El apellido Dupont me abrió muchas puertas. Fui socio de mi padre en el bufete. Me costó mucho pasar de ser el hijo de Maurice Dupont, mi padre fue un grandísimo abogado, a ser el abogado Pascual Dupont, esfuerzo, constancia, el amor por el trabajo, por las pequeñas cosas. Me casé con Olivia, los dos formamos un hogar a nuestra imagen y semejanza. Lleno de pequeñas cosas que completaban nuestro espíritu. Llegaron los hijos, las risas infantiles que llenaban los espacios. Mis hijos me permitieron volver a ser el niño, aquel niño que agarrado a la falda de su madre abandonó una noche la casita blanca, la que muchas noches visitaba en sus sueños.

El pasado volvió. No fue algo traumático ni tan siquiera cruel. Fue como una caricia serena. Caminaba con Olivia por un pasillo del supermercado. La megafonía anunció que se estaba realizando una cata de aceites españoles y Olivia se empeñó en ir a echar un vistazo. Nos detuvimos delante de un mostrador donde una joven con acento español y un francés precario daba a probar distintos aceites españoles sobre pequeños trozos de pan. Aquel sabor en mi boca no era nuevo para mí, formaba parte de mi pasado, estaba anclado a mis raíces más profundas esperando a que algo lo despertara y sucedió.

—Hay muchas variedades de aceituna—hablaba la joven— podemos encontrar la hojiblanca

Carrasqueña, aloreña. —la interrumpí en un precario español, el que había quedado oculto durante años en lo más profundo de mis recuerdos

—¡Es usted español! —Dijo la joven.

—¡Sí, soy español! —Dije como si acabará de despertar de un aletargado y largo sueño.

Algo se encendió en mi cabeza, los recuerdos latentes comenzaron a sacudirme, era como si mi cerebro fuese un gran olivar al que los aceituneros golpean para sacar el fruto. Mis padres franceses nunca negaron que yo fuese adoptado, sabían que era español y poco más. Fui corriendo a casa de mi madre, necesitaba hablar con ella, por desgracia mi padre había muerto hacia unos años y solo ella podía decirme si había algo más que a mí mente se le escapaba. Por primera vez en mi vida sentí la necesidad de saber quién soy. Hablé con Lilith, con mi madre, sonrió cuando le pregunté por el día en que nos vimos por primera vez. Ella abrió un cajón y sacó una carpeta. Dentro había una foto en blanco y negro. Era el retrato de dos jóvenes, el día de su boda. Sonreían ajenos a todo. En el reverso de la foto, casi ya no se podía leer con claridad, su nombre, María y Pascual, una fecha, 1932, y un lugar, Porcuna. Lilith me contó que encontró la foto cosida en el forro de la chaquetilla que yo llevaba y, que antes de quemar mis ropas, la sacó de allí pues comprendió que era importante. Nunca me contó nada sobre la existencia de esa foto, no era intención de Lilith ocultármelo supongo que la alegría de convertirse en madre, primero y, después, el paso del tiempo hizo que la fotografía cayera en el olvido.

Regresé a España, a Jaén, buscando a ese pequeño que se quedó sin padres, al niño que jugaba entre los olivos. Todo y nada ha cambiado, el olivar sigue allí viendo pasar las almas de los hombres y mujeres que se brindan a cuidarlos. La vieja casa de Pascual y Madre ya no está, ni tan siquiera quedan las ruinas. Es como si toda aquella barbarie nunca hubiese sucedido. No hay registros, dicen que el fuego de la guerra acabó con todo. Sobre todo no veo que nadie haya pedido perdón ni que nadie esté dispuesto a perdonar, solo a intentar obviar, que tampoco olvidar. Las heridas siguen abiertas. Aquí nadie sabe quién soy, para ellos solo soy un turista francés que hace demasiadas preguntas aunque se sorprenden del color de mis ojos, de mi piel, sonríen cuando dicen que parezco un lugareño. Hablo con los más viejos del lugar buscando respuestas. Son gente sencilla pero les cuesta abrirse para recordar un pasado tan doloroso para todos.

Ahora que veo esa vieja fotografía me retrotrae a los días en los que miraba el olivar desde los ojos del Pascual, el océano de árboles que se extendían hasta donde se perdía el horizonte, donde el cielo acariciaba con su azul más intenso la tierra. Resuenan en mi cabeza las últimas palabras de Madre aquel “No me olvides nunca” y ahora tengo que hacer mías aquellas lágrimas que brotaron de su rostro cuando su mano, en un acto de amor incondicional, se separó de la mía. ¿Quién atravesó tu corazón, Madre? ¿Quién hizo brotar de tu cuerpo la sangre que regó la tierra? ¿Quién apuntó y apretó el gatillo que acabó con tu vida y, de paso, amputó mis recuerdos y mi infancia? Daría mi vida por sentarme en tus rodillas volviendo a ser el niño que era y verme en el reflejo de tus ojos, con mi mano en la tuya. Siento la necesidad de volver a escuchar tu voz, pero…ni tan siquiera sé el lugar de tu tumba, Madre, mi mamá. El viento cálido del sur me susurra en el oído las palabras que mi mente imagina, me acaricia el alma, hace que las hojas de los olivos hierban furiosas; tal vez, echen de menos a las personas que las trataron con mimo, que sabían escuchar sus plegarias, que alimentaban sus lamentos. No te odio verdugo, los mataste, pero te juro que no te odio; también me mataste a mí, al menos asesinaste al niño, pero, supongo que, sin quererlo, me convertiste en el hombre que soy, el hijo del Pascual; soy el pedazo de Madre, el hombre, el niño que corre por los olivos. El olivar de Pascual.

Ahora que le doy cuerda a mi reloj y que el mal de la melancolía me golpea por cualquier motivo vuelvo a la tierra que alumbró mis primeros días, mis primeros pasos. Pretendo olvidar las oscuras sombras que se ciñeron a mi mente, que desterraron al niño y condenaron al hombre. Hojiblanca, carrasqueña, aloreña, tantas variedades que El Pascual me inculcó eran parte de una educación ancestral, de una clase de amor que pasa de padres a hijos, el amor por la tierra, el amor por los hijos. Aquel pedazo de planeta, con sus árboles centenarios también son víctimas del sinsentido, del odio ensartado en el tuétano, ellos también se quedaron sin su padre, se quedaron sin mí. ¿Quién los cuidó? ¿Quién les cantó las palabras del poeta? Si tan solo el sol puede preñar con sus rayos el fruto de su centenario vientre, quien arrancó con sus manos su vida. Todo fluye y cambia. El fruto preñado se convierte en aceite, se transforma. Y, ¿Qué es la vida? Ahora lo sé, sé que la vida es caminar a ese horizonte, ese que se mezcla con el cielo, con la seguridad de que cuando llegue sabré quien soy y lo más importante lo que soy. La vida es eso, transformación, cambio y, tal vez, perdón. No importa cuántos dragones negros salgan a mi paso, estoy curtido en mil batallas.

Alguien, mañana, Margarita se llama, me dirá el lugar donde descansa Madre y donde está la tumba sin nombre de Padre, solo por eso ha valido la pena regresar al olivar de El Pascual.

 

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