El desamor - La princesa ya se ve

El desamor

Blog literario, la escribiente

El desamor, sentimientos, relato

El silencio se ensaña con sus ojos, angustiados de no encontrar respuestas a lo que ha pasado. Esa afonía que es dueña de su garganta rasca las cuerdas vocales intentando romper un do en si mayor. Mas, es tal la soledad que anida en su cuerpo, que el frío acera cada gesto, cada movimiento de al menos, fumar un cigarro. Cigarro tras cigarro consume las horas, ahogando el llanto que oculta tras unos párpados hinchados por los días sin sueño, y acompañado por el humo desfigurado en monstruos del pasado, destinados a quemarlo en el infierno.

Las cervezas vacías de líquido y llenas de lágrimas se arremolinan al pie de la cama queriendo huir de aquél que se rinde, sin más, a caer a un pozo sin fondo. En su caída arrastra recuerdos carcomidos por el presente, encuentros furtivos al amparo de la montaña, agreste y escarpada, mas tierna y cálida como los abrazos de la que es testigo. Un escenario rudo que a la vez delicado como las manos entrelazadas en caricias de amor. Recuerdos y más recuerdos, tirados por la ventana, como esa rabia que le incendia el alma quemando la piel en un dolor carbonizado en el colchón. Tres días, allí, recluido en una habitación desabrida, el caos invadía el suelo y el techo. Trozos de los besos de ella, en sábanas descoloridas de tanto amar; pantalones partidos por la mitad añorando cuando se abría ella de piernas; camisas desgarradas por noches de discusiones airadas en reproches, en riñas tontas resueltas en la cama. Él, olvidado y arrinconado en todo ese dolor que no encuentra palabras para describirlo, se consume como el cigarrillo que quema sus dedos, inmunizados a todo menos a ella.

Y llora, llora como un niño, perdido entre la multitud que no le reconocen; desamparado del pecho que amamante su consuelo, revuelva su pelo negro y comprenda tanto dolor, tanta ausencia, tanta nada que se precipita del colchón al infierno del olvido. Él sólo quiere un minuto más para rozar su rostro sin más lamento que un te quiero. Se deshace entre las sábanas en minúsculas piedras que, se arriesgan a cubrir su piel de pequeñas pústulas supurando el veneno de tanto desamor, y matando lentamente el perdón que jamás podrá pronunciar. Se agarra con ahínco a una fotografía descolorida de tanta melancolía, y del manoseo incesante de pasar el dedo corazón por el cuerpo de ella, indolente a tanto desacierto. Un nudo se agarra a su voz, imposible pronunciar su nombre, y en sus imágenes, el alcohol hace su efecto convertido en pesadillas de asesinar su propio nombre, en la indigencia de un vagabundo dando tumbos por los recuerdos, y por otros tiempos, cuando las risas estallaban en las mañanas; cuando las caricias abrían las ventanas de par en par, iluminando días de amor tras las puertas, en la cocina, en el sofá y en esa cama que ahora no es más que un nicho pétreo y frío. Ahora, solo yace él, tocado y herido de muerte, la sangre indeleble es más un coágulo bermellón seco que se encostra en su alma rascando todas las dudas, todas las culpas y todo esa aversión que alberga a su rival.

La aversión a la vida se tropieza en cada pensamiento con la dulzura de los ojos de ella, despertando los deseos de romper de nuevo las sábanas de la dureza del almidón, un odio acumulado endureciendo la tela. Es en esos instantes, cuando la demencia de lo que está viviendo, muere para renacer en cierta cordura que, cierre con llave tanto desconsuelo, tanto tormento, tanta pena…

Los pensamientos regresan de nuevo, y más cerveza, y un cigarro detrás de otro; quemando los segundos, y no extrañar más aquella que se fue en una mañana de frío invierno, congelando por siempre lo poco que queda de él. Ni siquiera el fuego que arde en su interior, de resentimiento y cólera, aviva sus días. Esa cama, ese colchón intimida con él, confesiones de pecados y las omisiones que descuidó ofrecer al amor. Un látigo de pesadumbre azota su espalda, recordándole aquello que nunca le dijo, los te quiero que abandonó en otros lugares, lo guapa que estás perdido en la ignorancia de no saber qué decir, el deseo que dejó dormido en días aletargados por el trabajo. Y a cada flagelación se añade más angustia y más bilis que por la boca se ancla en el paladar.

Necesita saber, precisa comprender, quiere respuestas, desea un porqué, de toda esta condena. Un castigo impuesto por un juez parcial y subyugado, el destino, que no escucha que no entiende, que no ve todo el peso que carga, de todo ese malestar, esa inquina que le enerva la sangre en borbotones de improperios. Las lágrimas se precipitan, hasta ellas huyen de él, del temor de no encontrar el río donde navegar, zozobrando en un fondo de arenas movedizas. Él se revuelve en el colchón cogido a la impotencia de no hacerla regresar. El móvil parpadea con la esperanza que sea ella, sólo un cómo estás es suficiente, pero no, la lucecita emergente no es más que un síntoma de la soledad que se ha establecido en aquella habitación donde, el aire es a cada minuto más impuro, más cargante a las fosas nasales. El teléfono deja de emitir señales, también muere como su dueño, la batería se agota en la imprecisión de no adecuarse a los cánones del amor. Heridos, así están, hombre y dispositivo, heridos de muerte por el amor de una mujer.

Él sólo quiere cinco minutos más de clemencia; unos minutos más de indulgencia para pedirle perdón a ella, y buscar las palabras necesarias, para que le baje de esta cruz en la que está clavado. Clavos que hurgan más en la amargura, disidente de toda esperanza. Mas, él sigue allí, en su habitación entre la anarquía de los sentimientos, entre el sudor frío que recorre su espalda y la dueña de sus sueños que se aleja con las prisas de un nuevo amor.

El silencio dilata los segundos, mientras los párpados se cierran sobre sí mismos, buscando cobijo en la profundidad del sueño, es la muerte que toca la puerta olisqueando a su posible víctima, mas sólo pasa de puntillas, rozando con sus uñas la piel del cautivo. Un despertar sobrecogido reanima sus sentidos, y es que nadie muere por amor, nadie se va por desamor, nadie merece tal sacrificio.

Él no sabe que el dolor menguará, hasta ocupar un pedacito de su corazón. Cesarán los llantos desenfrenados, y quizás una lagrimita se escapará cuando escuche su canción, o alguien diga su nombre. Correrán los días en el calendario, y los recuerdos se ahuecarán en una casilla dando libertad a todas las demás. Dejará de vivir en ese purgatorio que es su habitación y el sol se colará por cada rendija para iluminar todas esas sombras que habitan en cada rincón.

Nunca más será el mismo, la herida le recuerda quién fue y quién no es, pero la cicatriz estará bien cerrada, y él podrá a caminar de nuevo, escribiendo nuevos momentos.

8 Comentarios

  1. El desamor siempre es doloroso y deja huella. Unas veces más latente y otras, afortunadamente menos presente en el día a día. No siempre somos correspondidos como deseamos. Es ley de vida. Excelente relato. Cuídate.

    • Forma parte de nuestra vida, aceptarlo es una lucha interna que requiere de tiempo. Muchas gracias, Fernando.

  2. Os dejo un breve relato que escribí sobre el desamor.

    CUANDO NADA IMPORTE

    Ahora con el paso de los años, te recuerdo. Quizás nada me importa ya.
    Fui un loco romántico y te quise más que a nadie. Más que a nada. Perder la cabeza conociéndote era lo más normal, eras tan entrañable, tan hermosa.

    Hoy cuando el velo del tiempo cubrió aquel maravilloso pasado te sigo queriendo. Siempre decías que yo estaba acostumbrado al desamor, que lo llevaba bien. No es eso; se acostumbra uno a vivir con el dolor, pero no por ello deja de ser amargo.

    Sin quererlo me rompiste el alma con tu ausencia. Nuestra relación era difícil, lo sé. Mas nunca he vuelto a vivir un amor así. Hubiera dejado todo por ti. Contigo perdía la partida una y otra vez, y esto suponía una espina que se clavaba cada vez más en mi pecho, acrecentando al mismo tiempo mi amor por ti.

    De veras que estoy cansado, ya nada importa, pero te sigo recordando.
    Cómo olvidar tu linda voz, tu encantadora risa, tus bellos ojos, tus labios que besé una y mil veces, entre caricias y frases de amor, tus manos llenas de caricias.

    ¿Dónde quedaron tantos planes de futuro? ¿Los deseos por cumplir? ¿Nuestros sueños?… Tú me querías y mucho, lo sé. Yo te adoraba, sin freno, sin medida.
    Aún puedo sentir el dulce sabor de tus labios en los míos.

    “Hubiera sido tan fácil”, tú lo decías. Pero a pesar de que las cosas se complicaron, podíamos haber acabado juntos y… ser felices, lo sabes. Todo estuvo en tu mano.
    Yo al final terminé solo, estaba cantado.

    Con los años compré está pequeña casa con jardín en la que poder soñarte. Aquí paso los días rutinariamente, en este amargo tedio.

    No he sido infeliz, pero tampoco fui el hombre más feliz del mundo, sobre todo a raíz de conocerte.
    ¡Qué más da!… Ya nada importa.

    Madrid, julio de 2002.
    Fernando José Baró.

  3. Las heridas de la vida nos enseñan, siempre, pero hay que dejarlas cicatrizar. Precioso, Dolors. Un besín.

    • Muchas gracias, Laura así es aunque no lo parezca. Un beso.

Deja un comentario

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 13.875 suscriptores

Categorías

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: