Una noche cualquiera de invierno

Blog literario, la escribiente

Una noche cualquiera de invierno

El blanco del invierno se hace relevante en toda esa nieve que, se acumula al borde de la calle. Relevan toda esa melancolía que los transeúntes van tirando como colillas consumidas, con el ansía enredada en el humo que emiten. Pequeños charcos de celos se solidifican en hielo, enfriando el amor confesado en el quicio de una puerta, o tal vez, en el interior de un coche, gélido y aterido por una calefacción que se niega a funcionar. Quizás, han fermentado los reproches en las rejillas del ventilador, y por ello los dos que, enzarzados en gestos de alzar la voz, angulosa e inaudible, a ellos mismos, se disfrazan de furia contra la corriente del vaho helado de una noche aciaga en alcohol y bailes desenfrenados, por la música estridente como el diablo; amenazando los oídos en ruido ensordecedor. Él golpea la ventanilla, difuminada por lo poco que queda de ellos, ese escaso calor que, desprenden sus cuerpos, adherido a la desapacible noche, cuando el anticiclón del Norte, acecha con la violencia del viento racheado, y ese frío glacial condensado en copos de nieve, golpeando con violencia, cualquier sujeto, cualquier objeto; marcando su territorio y dejando su huella, en pisadas nunca caminadas.

Ella, embadurnada la cara, de todo ese maquillaje que intenta camuflar cada golpe amoratando sus mejillas de recelos, y ese corte en la ceja derecha, supurando palabras nunca dichas, como un no a destiempo, un adiós para siempre o tal vez, una denuncia oportuna. El rímel, carbonizado por el infierno de vivir así, día sí día también, accede a la complicidad del lápiz de ojos, rasgando las pupilas en lágrimas negras. El carmín rojo pasión, delata una falsa sonrisa que esconde una condena, impuesta por la dependencia a quién no merece más respeto, que escupirle a la cara. Pero, ella tiembla, no del frío que abraza la escena, tirita de miedo, ese, que se diluye en el aire venenoso que le une a él. Sus manos se retuercen, sin saber muy bien que hacer, si aferrarse al bolso donde se esconden sus secretos, o bajarse el dobladillo de la falda, hasta los  tobillos para ocultar todo el desasosiego que, tanto presiente en una escena donde lo romántico se esfuma por las ventanillas.

El volante se estremece ante los puños de Santiago, enrojecido por la furia que se adueña de sus adentros. A cada golpe, el chasquido de sus dedos se difunde en un eco, magnetizando los ojos de Elisabeth que sigue la curvatura de su brazo derecho, musculado por el gimnasio, y todas esas cosas que toma para posturarse en Instagram. Los veinte años de él, lo convierten en un retrogrado del  conservadurismo en los principios que manifiesta en besos cargados de odio y no del amor que entre dos se sienten.

Elisabeth, se parte en dos, escuchando vocablos que condenan una noche entre amigos, donde las risas dan paso a las lágrimas forjadas en sospechas infundadas de traición, y los bailes a ritmo de reggaetón lento, en acercamientos de cuerpos que nada más desean pasarlo bien. La boca de Santiago se desata en improperios, sin más definición, que ellos mismos. Los insultos corren en retahíla sin ninguna compasión de la que tiene enfrente, más bien elevan su tono en la medida que Santiago golpea con más fuerza el salpicadero del Seat León. Ella, con la cabeza entre las manos, que han decidido separarse del bolso; se oculta de todo ello, huyendo con su mente al infinito. Mas, él no está dispuesto a dejarla marchar. Esta vez no se le escapará de las manos, debe oír, debe escuchar, debe aprender que él es su dueño. El señor de su reino y que las rodillas de mujer se encuentran con el suelo para rasgarse a los anhelos de él.

Grita, grita, Santiago, un golpe más, y la radio del coche deja de funcionar.

Asustada por lo que ahora pueda suceder, Elisabeth ruega indulgencia. De su boca el perdón se convierte en clemencia, un minuto más para poder respirar, unos segundos robados al reloj, y volver al principio de la noche, cuando se pintaba los labios en su habitación, y los celos no habían hecho acto de presencia. Mas, con sus diecinueve años, ella sabe que el reloj nunca va para atrás, y siempre hacía adelante, y esta noche de buen rollo con todos, escribe un final más negro que otro tono. Ella sigue temblando sin saber, sí todo es un sueño, y el diablo es su mejor cancerbero. Las uñas de sus manos se despintan con los dientes que muerden el infortunio de callar los arrebatos de un Santiago castigador. Y se repite, en su interior, que él tiene un gran corazón, mas el amor que le otorga nubla su razón. En cada consigna que se dice para aguantar la ira de él, alimentando todos sus rencores, encuentra argumentos en contra para salir corriendo.

La nieve que sigue cayendo incesante sobre el ambiente, se va acumulando más y más, queriendo enterrar toda la oscuridad de una madrugada aciaga en hechos. El Seat León se cubre de la esponjosidad de lo incierto, un blanco tañido de rojo que se desprende por sus puertas. Un fino reguero de sangre resbala por las coyunturas de la derecha, un bermellón que se congela en estalagmitas antes de llegar al asfalto, donde se almacena esta noche de invierno. El silencio se ha adueñado de la escena, los gritos y pataleos han dado paso a una enigmática soledad. Es ella, la que ahora se hace la déspota con el momento; Elisabeth descansa con los cóncavos abiertos, se estremecen sin pestañear, la última visión en sus pupilas, mientras Santiago le da el estoque final. Sus finas manos de artista sellan su última noche en un lienzo incompleto, donde el movimiento no sabe que es avanzar. Y su boca, desdentada por arriba y por abajo, multiplican lo escalofriante de esta noche de invierno.

Santiago se tira del pelo, intentando arrancar la traición de la escena. Quiere despertarla de ese sueño infinito en el que ha caído ella, sin recordar que él formuló la medicina para dormir por la eternidad. Se abofetea con lujuria del masoquista imponiendo albedrio, pero ya no tiene sumisa ni vainilla a quien torturar. Él, llora por los cuatro costados, sin recordar que fueron tres los crucificados, y él no es el sacrificado, sino el verdugo que clava llagas y dagas. Observa el cuerpo inerte de Elisabeth, mientras el rojo se apodera de la blusa blanca de ella; acertada la puñalada trapera que cubre su pecho; los efluvios de  la trágica fiesta enturbian la mente de Santiago, sus lagrimas gotean sin fin al fondo de la alfombrilla, sin presentir que, ya no habrá más pies que la pisoteen, Él, convulsiona con todas las emociones que corren en desbandada hacía un lugar seguro. Mas, ya no queda hueco ni espacio donde refugiarse, todos están impregnados de humo, y flamean, dos cuerpos y dos almas que reposan, una en el infierno, y la otra recibe la bienvenida a la paz de la eternidad.

La tormenta de nieve que durante la noche anunciaba acontecimientos, se interrumpe por el alarido de sirenas; bomberos desenrollando mangueras, queriendo apagar un fuego ya consumido en cenizas. Policías y médicos forenses buscando pruebas para explicar lo que  todos sabían. Cámaras de televisión engordando imágenes funestas, y periodistas alardeando de noticia, el vil de los crímenes. Y en el fondo de todo ese glacial de sin sentidos, yacen dos cuerpos calcinados por la falsedad de una sociedad que delata nombres y no da soluciones.

En el noticiero de las tres de la tarde, una noticia es la estrella de los sucesos.

Víctima número nueve de este iniciado año. Elisabeth, diecinueve años, encontró la muerte en manos de su novio maltratador, anoche, cuando la tempestad de nieve arreciaba. Posteriormente, Santiago, el novio maltratador se quitó la vida quemando el Seat León, con ellos dentro. Parece ser que la víctima había solicitado ayuda a los servicios sociales, y le fue negada.

Descanse en paz.

4 Comentarios

  1. Lamentablemente son sucesos que están a la orden del día. Bien escrito y real como la misma vida. Cuídate.

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