Cosa de dos

Blog literario, la escribiente

Cosas de dos, relato

Él.

Se revolvía en la calma con la desesperación de saberse perdido, en un mar, donde la tormenta amenazaba con arrasar con todo lo que se interpusiese en su avance hacía el infinito. Su pecho, se desintegraba en un quejido que se prolongaba, del interior de aquella habitación, donde el caos reinaba entre ropa desperdigada y esa soledad, que se interponía con el exterior. Sus brazos, engarrotados como el olivo abandonado en un pedregal, se negaban a abrazar su propio cuerpo. Sus pies se helaban en una cuenta atrás al Ártico de sus sentimientos, mientras las lágrimas negras, descendían hacía las sábanas, arreciando en la memoria de sus recuerdos.

Las preguntas que acribillaban su cabeza, en un fuego cruzado de dudas sin resolver; atentaban contra cualquier lógica que el amor pudiese responder. Mas aún, se repetían incesantes en un suplicio que, alargaba su condena de desamor. Quería respuestas, exigía el porqué a todo aquel abandono, entre una cama que naufragaba en su tempestad, y un cuarto reducido al vacío de no existir. Reivindicaba una, solo una razón, a toda aquella desolación que, se instalaba con desenfreno y soberbia de saber que, aquella batalla la tenía ganada. Él, se rindió a la evidencia de que, quizás la culpa fuera la causante de todo aquel infierno, cuyo cancerbero era él mismo. Su pelo zaíno se afanaba en no mezclarse, con toda la melancolía que, en briznas blancas se interponía con su mañana, mientras las palabras se oscurecían en retahíla de improperios y maldiciones, sin más escuchante que él mismo.

Un nudo, imposible de desatar, desgastaba cada volteo entre aquellas sábanas desabridas y hurañas, de querer ser alisadas por la calma de su tomador. Era, un toma y daca de desafíos por salir de aquella agonía que, inmutable, agotaba las pocas fuerzas que le quedaban, después de una noche de pesadillas y pesadumbre, en despertares donde la inconsciencia se resistía a hacerse presente. Él se abandonaba a esos delirios que, ninguna pastilla podía aliviar, voces gritando celos y más recelos, era la venganza por todos los desaciertos en aquel amor que, en decadencia, se precipitó a su fin. Él no quería aceptar la evidencia, se negaba a admitir que todo aquello estaba sucediendo. Concebía una pizca de esperanza, mínima e ínfima, mas un resquicio de poder volver al día en que ella apareció en su vida, ordenando todos sus afectos; colocando cada uno de sus pasos en una línea continúa de realidad y sueños por cumplir. Y en ese momento, donde la noche no quería dar paso al día; donde el tictac del reloj se había detenido para no olvidar que, nada es perfecto. Ni él ni ella.

Desarmado de argumentos por interpretar, se resignaba, a ese ejército imbatible y victorioso que es el desamor. Una bandera blanca quería ondear para quitar aquel dolor que, se anclaba en su cuerpo, y peor aún, en su mente. Mas, los besos de ella, esos, que solo ella sabía dar con la dulzura de la miel, y la lujuria de su sensualidad; impedían que sus manos la izaran. Quería un minuto de su piel, entre el blanco de la nieve y el sutil de su apariencia; deseaba un solo instante, del secreto que atesoraba entre sus pantalones y su risa. Nada más, un lapso entre el ayer y el hoy, para redimir todos sus errores.

La soledad ascendía por las paredes de aquella habitación, trepando inmune a cualquier desconchón que encontrase en su camino al techo de tanta indolencia, y él gravitando en la demencia de huir.

 

Ella.

La noche se aletargaba en una continuidad de idas y venidas, entre la culpa y la certeza de su decisión. Su conciencia, eran clavos de la cruz que arrastraba desde que tenía uso de razón. En ella, sangraban todas las palabras que incapaz de emitir, pugnaban por gotear más y más, en un charco de opacidad y coágulos enquistados, sobre todo, en cuestión de amor. En su gran cama, volteaba las ideas entre el revoltijo de recuerdos y el mullido de un colchón pétreo, anquilosado en los claroscuros de sus dudas. Sus manos se negaban a agarrarse a las sábanas, mientras su cuerpo temblaba por tanta locura. Inocente ante la gente, los rencores nunca se asomaron a su cabeza, mas algo en ella había cambiado. Ya no era aquella que confiaba en un beso para la eternidad, descubriendo que los besos son fáciles de dar, mas los sentimientos son reclutados por la realidad del día a día. La inocencia de ella pasó a mejor vida, y su responsabilidad, y proteger a los demás, se acorazó en su razón. No existía más argumento ni más explicación, a las preguntas que él lanzaba, en el desatino de poseer lo prohibido.

El frío presidia su cuerpo, con la desesperanza de ser entendida, incluso por una luna remolona de crecer en un nuevo día. Su piel, erizada por el desencanto y el aire de un invierno, gélido y mustio de sol, traslucía sus huesos que en desbandada huían de ella. La severidad de ellos, le recordaban la nimiedad de ella ante los demás. Su inseguridad se manifestaba en un hilo de voz perdido en la marabunta de voces que gritaban, su poca credibilidad. Cuánto más intentaba abrigarse con las mantas, la apatía se adueñaba de toda ella. Sus pies helados, se cuarteaban en grietas por donde fluían todas las mentiras acumuladas sin más piedad, que ella misma. Sus piernas se negaban a admitir que arrodillada se vive peor, mas, cuando se sabe que existen verdades que por su evidencia se imponen. Y la verdad, solo era una. A pesar de todo ello, la nostalgia se empeñaba en recordar que él, era parte de su vida, aunque la realidad hiciera acto de presencia. Y es que, ella no podía olvidar, que él le dio las alas que ahora, aleteaba implacables con la libertad de ir para aquí y para allá. Las lágrimas amargas descendían por su rostro ante tanta gratitud, y a tanto dolor.

Una estaca exhortatoria se clavaba, más y más, en el centro de su corazón, que partido no quería latir. Mas, de su aliento entrecortado por la angustia de no dañar, encontró esa fuerza, resistente por vivir. Requería nada más un pequeño resorte para asirse, y resistir todas, y cada una de las críticas, que llegaran a todas sus determinaciones. Debía fortificar sus sentimientos, de todos los adjetivos lanzados, sin más, por querer ser ella. Aun así, la ansiedad resbalaba por toda ella, ahogando su garganta en una melancolía de no salir de debajo de las sábanas. Se debatía por seguir en la oscuridad de la noche, o subir las persianas para brindar días al sol.

Él y ella.

Él y ella, ella y él; dos que en sus camas no duermen en la noche, desnudos en cuerpo y alma, rompen todas las sensaciones que, las horas de dar y recibir; de negar y omitir; de callar y escribir; de soledad y desarraigo, han hacinado en tinajas de reproches y réplicas. El desencanto hurgó en ella, la desconfianza se adueñó de él; la rutina se reunió en los dos. Imborrables, los momentos que siempre les quedarán ausentes de todo aquello que les separó. Impredecible el camino que él tomará, inamovible lo que ella hará.

Ella siempre será la vida de él, y él siempre estará en la vida de ella, mas desde la nostalgia de lo que pudo ser y no fue.

Despierta el día, él no concilió el sueño, pero resistió los envites del desamor. Ella, expió la culpa en un sueño conspirador.

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