Café con leche y cappuccino

Blog literario, la escribiente

Cafe con leche y cappuccino, relato

Acostumbro a buscar el fondo de las cosas, no es extraño que siempre ocupo el lugar más recóndito y escondido de donde me encuentro. Por ello, cada mañana en la cafetería, cuya presencia más notoria es el campanario de la iglesia como vecina de calle; me acoge con la única compañía de un café de leche hirviendo y sin exceso de grasa, ni más dulce que el amargo de mi gusto, y con más amigo que un PC que me extraña a rabiar cuando le doy al off; es en ese sitio donde busco la última mesa, un gran ventanal, por donde el sol abriga mi piel de este, exceso de frío que atemoriza mis huesos. Es mi observatorio de lo más mundano del exterior. Desde esa mesa privilegiada contemplo las entradas y salidas de toda la gente que buscan unos instantes de refugio de todo eso que se queda fuera. Las mamás del colegio de la esquina, desarmando matrimonios en cotilleos pendencieros de lástima. Las tres abuelitas que consumen infusiones con sus dentaduras postizas y la decadencia de unos cuerpos achicados por el tiempo, entre recuerdos del hambre de una posguerra archivada en sus memorias y madres de familias numerosas. La joven madre que entra con el cochecito de su recién nacido, con las ojeras puestas entre toma y toma del lactante que implora teta. El mecánico disfrazado de azul apurando un café exprés. Los estudiantes del instituto que descubren amoríos y amistades chantajistas en dispositivos móviles de última generación. Elena, la camarera de la barra confundida por el humo de la cafetera y el exprimidor de naranja, semejante al maltratador de su marido. Y, María, camarera de sala, alma mater de la cafetería, su sonrisa ilumina cada una de las mesas.

Y entre todos ellos, yo, una escribiente sin más, golpeando letras por si alguna vez consigo la gloria de escribir algo que valga la pena. Allí paso las mañanas, lejos de casa, y es que la pobreza económica me acompaña. En estas tierras donde el invierno se aletarga en las aceras, en las fachadas de los edificios y en las ventanas de las casas; ahorrar calefacción se ha convertido en un desafío constante, y resulta más barato un café con leche sin azúcar y muy caliente para pasar la mañana y escribir. Razón de más, para curiosear entre la gente aquello que guardan en sus ojos, inventando historias sin saber si son más ciertas que la podredumbre que me asiste. Percibir sentimientos que a veces duermen en el fondo de almas divagantes. Intentar buscar respuestas a todos mis delirios que conviven con el fracaso y el dolor. Razones y más razones, para estar sin más, en el fondo de un espacio ajeno y extraño. Nómada, buscando respuestas en un desierto de dudas acumuladas en dunas de disidencias y dilemas.

Allí estaba yo, como cada día, cuando un espigado hombre, con alguna cana y el cabello alborotado por su rebeldía que mostraban sus gestos de rapidez y acierto; se apropió de la mesa de enfrente. El timbre de su voz me llamó la atención cuando le solicitó con mucha educación a María, un cappuccino. Con la misma desenvoltura abrió el periódico que preside cada mesa, generosidad del lugar, los titulares siempre son los mismos nada más que con letras diferentes cada día. No encuentro motivo para explicar porqué mi atención se centró en él. Disimulando entre el PC y la taza, analizaba sus manos ágiles y finas entre la tinta del diario y su cappuccino; su mentón afilado con cierto porte aristocrático y una nariz afilada con la personalidad de ser diferente. Largas piernas entrecruzadas en el relax de no tener prisa. La claridad de su rostro era sinónimo de alegría y una aventura, por correr. A pesar de su madurez su piel tersa, sin espacios para las arrugas, denotaban la jovialidad de consumir la vida a borbotones. Mientras tomaba notas disimuladas de él, en un documento Word, dibujando cada uno de los poros de la piel que dejaba entrever y un alma por inventar; él se dirigió a mí.

Sorprendida en mi delito, el rubor no fue suficiente para que me ardiese el corazón exudando el miedo y vergüenza. La voz se negaba a salir de mi garganta y, algo renqueante, logré decir, que escribía. Mis piernas convulsionaban por debajo de la mesa, y los dedos de las manos chocaban entre ellos. No podía confesar mi crimen ni revelar mi intrusismo en su intimidad. Pasar del calor al frío fue un instante, y de repente el café con leche se agotó. Con una sonrisa entre los labios, el desconocido me pidió que le enseñara que escribía; la destreza y la práctica, y la sensatez en mi cabeza, conseguí cambiar de pantalla y ofrecerles una de esas, mis poesías, depresivas y tristes como el negro de mis ojos.

Me pidió asiento y más de lo que escribo, entre explicaciones de porqué la intensidad en la melancolía de mis palabras; de la culpa y la deserción en mis sentimientos; del amor cautivo en una celda de castigo. Escudriñó el simbolismo de cada pausa entre las letras, las que necesito para tomar aire y volver a respirar. Y ese paso del tiempo que se refleja en un espejo pergeñando imágenes distorsionadas y confusas por la cabeza. Otro café con leche y un cappuccino más entonó la conversación para elevar nuestros ojos y encontrarnos, lo demás fue fijarnos, él en mi tristeza y yo, en su alegría.

Sigo en la cafetería de siempre, una mañana más, mi PC ya se resiente de no ser encendido. La gente entra y sale con el lujo de unos minutos para ellos, el sol brilla con la intensidad del que olvida el día de ayer.El café con leche, me espera sin ser reclamado y, junto a él un cappuccino que se resiste a separarse de su hermano lácteo.

8 Comentarios

  1. Que hermoso poder reflejarnos en la mirada de otra persona, máximo si esa persona proyecta alegría y felicidad.

    • Así es, Sandra y sentir la complicidad en la piel.

  2. Me he enamorado de tu prosa, y no exagero has conseguido que lo que empecé leyendo creyendo que seria una perdida de mi tiempo, ya sabes, algo valiosísimo para todo escritor, se trasformase en una agradable y muy acertada forma de tomar mi café de la mañana, casi sin darme cuenta lo he acabado, y seguía con los ojos cavados, casi sin parpadear en tu texto. Gracias por estos minutos robados a mis tareas habituales.

    • Para mí es una satisfacción que un escritor dedique un par de minutos a mis textos. El café de la mañana da para empezar la vida con alguien más o poner fin a tanta intranscendencia. Muchas gracias por tus palabras me dan ánimos para seguir escribir pequeños fragmentos cotidianos.

  3. Una sensibilidad que, en los albores de un nuevo año, se potencia como el sabor del buen café. Enhorabuena Dolors.

  4. Una salida al encuentro de la vida, pinceladas de aire fresco, sensaciones al rescate de las sombras…
    Te felicito Dolors.

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