La niebla

Blog literario, la escribiente

La niebla, pensamientos

Vuelvo a caminar entre la niebla espesa y densa cómo todo esto que se arremolina tan cerca de mi corazón. Se ha vuelto tan pesado este pasado que se clava de a poquito en cada esquina de mi pecho que su presencia es intangible a la vista de nadie. Un fantasma que se arrastra con la apesadumbre y el dolor en cada eslabón de la cadena de la que depende. A días me duelen sus pasos inseguros e indecisos por todo mi cuerpo. Camina tan taciturno que olvida si se engancha en una arteria o aprieta una vena. Provoca tal dolor, que en ocasiones me asfixia. Otras veces se limita a mantener su presencia, sin más trascendencia que ser opaco entre tantas cicatrices.

Tantos días oculta entre las sábanas, con la oscuridad como única compañía me ha removido mis entrañas. Esos miedos que se mantenían detrás de las líneas de afectación vuelven a mostrar sus garras arañando todas mis debilidades. Salir de nuevo por este trayecto a ninguna parte entre el frío de la mañana y la penumbra de un día más, invisible por esta bruma que te encoge la piel y te amilana el aliento; se convierte un hito en mis pies pequeños. El hálito de mi boca aún siendo clandestina por una bufanda de lana, se confunde con la penumbra de las ocho de la mañana. Las luces de calles y farolas aún se mantienen encendidas mientras camino sorteando piedras y charcos por este sendero de soledad como yo misma. De vez en cuando me cruzo con algún corredor vestido con sus mallas y camisetas térmicas. Sus pasos son ágiles, rápidos, seguros y veloces; ni siquiera me mira, pasa por tu lado sin descentrar su mirada al frente. Incluso en mis caminatas de buena mañana, no existo. He dejado de ser alguien para ser nada más un espectro, una sombra que se confunde con el paisaje, indeterminada, inapropiada, una china en el zapato de alguien, una innominada… La ilusión se desvaneció por la alcantarilla cada vez que la alzaba a los altares de los ideales; ahora tan sólo se reduce a toda esa agua contaminada que se arrastra en el submundo de las causas perdidas. Continuo, andando, los pastos se muestran helados; la crudeza de este invierno se muestra en ellos y también en mis manos rugosas, ásperas y sangrantes. Pequeños cortes atraviesan mis palmas; rompiendo la continuidad de la raya de la vida, cercenada en pedacitos pequeños escampados por toda la superficie. Da igual, ha sesgado, también la raya de los amores, la felicidad, la familia.

La niebla no es más que una definición de esto, esto que en el pecho siento. La humedad resbala de mis ojos con continuidad por mis manos y mis pies. ¿No has visto llorar todo un cuerpo? El silencio es el mejor de los aliados; la trasparecía de las gotas de lágrimas se confunden con las del sudor por la angustia de perder la única cosa que posees. Las manos asustadas de no saber que les pasa gotean un llanto lastimero resbalando por las paredes. Y la columna vertebral la recorre, un escalofrío, igual que el humo que asciende de los campos en contraste por la saturación de humedad y el helor del cielo. Me siento tan pequeña, tan insignificante ante la grandeza de estas tierras, del sol que se oculta entre nubes de frío; ante el ciprés que me espera al final del camino solitario, mas con su sombra alargada y proyectada en el camino. Quién pasa por su lado lo pisa, lo mancilla, lo condena al olvido. NI siquiera un mensaje, una llamada, una sola letra me que una a la vida de que para alguien existo, importo, vivo.

Mis días son repetición del día anterior, me siento muerta por dentro; ya no nace ni un germen de esperanza; no crecen las ganas de seguir inspirando aire ni letras; me da frío desnudar mi cuerpo y mi alma, impasibles los sentimientos no desean salir de su escondite y la apatía se adueña de lo poco que me queda. Los recuerdos se diluyen con la niebla y de su existencia, dudo. Ya no sé si soy digna de escribir versos o dar el carpetazo a todo.

Me pregunto ¿qué es esto que me está matando en la alevosía de preguntas inciertas y la nocturnidad de pesadillas maltratadoras?

Se borraron los rostros de amores pasados; se han desvanecido las fotografías de los tiempos buenos; la felicidad que me embargó en alguna ocasión es una huella instalada en la alfombra de bienvenida a mi casa. Las invitaciones a comer o a cenar se acumulan en el escritorio esperando ser lanzadas al fuego de la expiación. Ya no me entretiene la tele ni siquiera un libro; soy una llama que se va apagando por ella misma.

Quizás, entre toda esta mi soledad, entre toda esta tristeza que me embarga; quizás entre toda esta culpa que me inculpa de mis pecados; entre todo este dolor que me anuda el estómago logre la liberación última.

4 Comentarios

    • Así es, triste como muchos momentos que nos rodean. Muchas gracias.

  1. Muy bueno, Dolors. Recuerda, después de una noche fría, siempre vuelve a salir el sol.

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