Emily y Martin, una historia con final.

Emily y Martin. Un historia con final.

Entre sus dedos se mezclaba el sudor y la sangre. Ambos líquidos comenzaban a solidificarse en una costra seca y maloliente que se extendía por sus brazos y por aquella blusa blanca de pijama que tanto le gustaba. Arrodillada en el suelo, contemplaba el cuerpo inerte que en estado fetal alargaba sus brazos para apartar a su enemigo. La sangre aún manaba caliente, y en pequeños borbotones de su, extendiéndose por un desierto sin más vida que el mismo cuerpo. Yacía con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, una mueca de desagrado se había inmortalizado en su rictus rígido y anquilosado por el rigor mortis. A pesar de ello, el cadáver mostraba la arrogancia de la que siempre había mostrado en vida. Ese desprecio que transmitía su mirada cada vez que se dirigía a ella, se había perpetuado en aquel momento. El miedo dominaba a Emily aunque Martin estuviera allí tirado en el suelo, sin más hálito de vida que la expiración y aún así, él dominaba la voluntad de ella. Emily entre la confusión de lo que había hecho, y aquella mirada de soberbia y sometimiento se deshacía en un llanto incontrolable. La sangre descendía por su ropa buscando un  lugar  para acomodarse, un recuerdo que se fijará no sólo en aquel momento, sino por la eternidad en las manchas de la blusa blanca y en aquel pantalón de pijama que tanto quería.

Deshacerse de todo ello era imposible para Emily, ante ella las imágenes se repetían en un replay de acontecimientos que anestesiaban su voluntad. Desde el momento en que Martin apareció en su vida en aquel bar de copas, cuando con dieciocho años ella quiso saber todo de la vida, en dosis de cocaína y alcohol; bailes y desenfreno sexual, y Martin se ofreció como maestro de ceremonias en aquella noche de puesta de largo. Emily nunca imaginó que la mujer que entraba en la vida de él se convertía por derecho de pernada en sierva hasta morir. Fueron los años, las cicatrices y el exceso de lágrimas el veneno que emponzoñó a aquella mujer en la que se convirtió Emily.

Para Martin explotar a las personas era más que una necesidad. Su cuerpo le pedía adrenalina y la única manera que tenía para obtenerla era imponer su voluntad. Su infancia era el despropósito de unos padres yonquis. Se crio entre los golpes de sus padres y los de los guardianes de los reformatorios. Él se hizo a sí mismo y todos se debían arrodillar ante él. Sobre todo, las mujeres, para Martin las mujeres no eran más que objetos de satisfacción personal. Ellas eran sus esclavas y si huían, él cumplía sus amenazas.

Emily entró a formar parte de su historia como quien no quiere la cosa. Probar nuevas cosas, descubrir nuevos mundos más allá de la misa de los domingos y las oraciones de cada noche. Morder su curiosidad le hizo cargar su propia cruz. Ella, inocente, virgen, casta y pura; mojigata y la hija perfecta se cansó de todo ello, y se lanzó a acabar de verdad. La madre de Emily nunca le perdonó su traición a ella, a la religión y a Dios. Arrancó su filiación del libro de familia, el día que Emily atravesó la puerta de la casa familiar cargando con una maleta. Martin le prometió la vida eterna y ella le creyó. Desde aquel día, Emily murió para su familia y, mientras recordaba todo ello observaba como el olor de la sangre contaminaba el ambiente y la piel de Martin se volvía translúcida, muriendo una vez más.

Emily era de esas mujeres que con veinticuatro años su alma era viejuna, las arrugas de la deslealtad a Dios se acumulaban en tantos pliegues que su caminar era pesado e incierto. Desprenderse del dolor causado a su familia, a su comunidad de plegarías y monjas, y a toda su infancia entre el recato y el catecismo le infligía tal dolor que sabía que ya estaba condenada de antemano. Y es que Emily quiso creer que el amor lo perdona todo; en su nombre todo era justo y necesario; perdonado y disculpado. Ella cayó en las manos de Martin y el amor hizo todo lo demás. El infierno la recibió y los pecados quiso expiar, pero en aquel hogar solo cabía una voluntad, la de Martin.

Aquellos años de convivencia solo fueron tiempo de silencios, drogas, acatamientos, bofetones y penetraciones. Emily desarrolló una idea: huir, salir de ahí… La soledad se disfrazó para Emily en gente entrando y saliendo, trapicheos de papelinas y euros; maleducados sin más reputación que ser machos del tres al cuarto. Y el rey de aquel paraíso malogrado, Martin con puño de hierro rompiendo puertas o huesos dependiendo del momento o la hora. El miedo se apoderó de Emily, y las lágrimas se habituaron a sus pupilas, el mar sereno se convirtió en un mar azotado por la tempestad, y en la niña de sus ojos fue fraguando su venganza. Las voces se acostumbraron a la cabeza de Emily asomándose de vez en cuando con ideas nuevas y a veces absurdas para desafiar a Martin; mas siempre encontraba una razón para llevarlas a cabo.

Martin era un déspota con juegos peligrosos y de mucho cuestionamiento moral. Sobre todo, para Emily, a pesar de los años viviendo con él; existían prácticas que a ella le producían nauseas. El complacer a sus clientes, sobre todo a aquellos que invertían en sus negocios, era vital para Martin. Satisfacerlos con todo aquello que requerían era el poder que él tenía para acrecentar sus dominios. Y en él no existían los debates filosóficos ni morales sobre el bien y el mal. Para Martín eran meras entelequias por las que no valía la pena perder el tiempo. Por ello, cada vez sus veladas de orgías y cocaína eran más y más peligrosas.

Aquella noche, Emily sería parte del espectáculo. Debía rendir culto a Martin y entre esas ofrendas, su esclavitud sexual. Él sería mero espectador, se tenía que conformar con el hedonismo pues su impotencia se ocultaba tras su tiranía. Obligó a Emily a vestirse con cuero, argollas y ligueros; realmente estaba espectacular, pues Emily desprendía una belleza racial de rasgar la vista. La parte irlandesa de su madre se traducía en sus cabellos incendiarios y la piel aceitunada de su padre hindú le confería resplandor. No era extraño que los hombres quisieran estar con ella, más cuando se la ofrecían en juegos sexuales de alto voltaje. Mas, Emily estaba cansada de todo ello, de ser el premio en aquella lotería; de copas y pastillas de muchas mentiras; de noches de sexo de difícil práctica para ella.

La noche transcurrió como Martin esperaba, su chica era todo y más, un diamante al que todos se rendían. El negocio iba a toda máquina y sus beneficios supondrían alargar su sombra más allá de sus límites, y ese regocijo le influía de placer más que el mejor de los polvos. Para Emily, la noche transcurrió entre la neurosis de sus pecados y el fantasma de esa soledad que tanto le embargaba. Hacía tiempo que sus conversaciones se limitaban a meras afirmaciones con la cabeza y a eternos silencios. Esa noche, el fulgor de sus ojos señalaban lo que aquellas voces le decían. De momento respiraba nada más, mientras esposada al cabecero de la cama, notaba los envites de un extraño, y Martin alentaba desde un sillón.

Cuando finalizó la sesión nocturna entre desconocidos, Emily se retiró con una idea en la cabeza: acabar con todo ello. Martin se durmió con la victoria entre los ojos. A las cuatro de la mañana, Emily, como muchas de sus noches, el sueño no le acompañaba; su pijama blanco e impoluto traslucía lo que su cabeza conspiraba. Bajo el colchón había escondido uno de los cuchillos de la cocina, de acero toledano y frialdad en su compostura. Fue al despacho de Martin donde se había dormido, sobre su sillón de piel cuarteada por su uso; sus pasos eran silenciosos y cautos; las voces aumentaban en su cabeza inquiriéndola huir y el puñal en la mano relucía en un hilo de plata. Martin respiraba acompasando su corazón en la placidez del sueño. Emily se puso a la altura de Martin, se acercó al sillón observando como algún que otro ronquido paralizaba su respiración. Él entre sueños se sintió observado, y abriendo los ojos rio al ver a Emily con aquella arma. La risa le duró veinte segundos, tiempo en que tardó ella en asestarle la puñalada de muerte. Del sillón cayó, mientras ella entre lágrimas rezaba a Dios clamando perdón.

 

4 Comentarios

  1. Mucho muy hermoso. Debo decir que me dejó con ganas de más. Mucha tela, como para hacer un libro. Felicitaciones, mi querida Loli. Recibe mi admiración y cariño. Abrazo enorme.

  2. Debo reconocer que tiene habilidad para escribir cualquier cosa, y eso es muy bueno. También reconozco que se me hizo muy corto. Quisiera saber más. Este pequeño relato da para una gran historia. ¡Ponte a ello! Besitos, preciosa mía

    • Esa es la idea, de escribir más y mejr. Gracias, Sandra. Un beso.

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