Aleación de metal

Blog literario, la escribiente

Aleación de metal, pensamientos

Tengo un regusto férreo entre los dientes. El sabor del metal se me repite amargando el exceso de saliva. Chuzas de punta clavándose en la garganta dejando claro quién ordena y manda en el día que se inicia; su densidad depende del sueño que acumulo por noches infinitas de insomnio. La pesadez de mis brazos es una gota de mercurio precipitándose en un vaso de agua. Pesan y pesan, toneladas de hierro sobre ellos. Intento quitarme de encima las sábanas, intactas de no instigarlas en la noche, el vacío de mi cuerpo sobre el colchón es la improvisación de la invisibilidad. Imperceptible incluso para la cama, ni siquiera ella se rinde a esos encantos que se ocultan tras mi muralla; un foso de incertidumbres luchando por huir de su enclaustramiento.

A pesar de la lentitud de cada uno de mis gestos a velocidad de punto muerto, ralentizada por el desequilibrio de mis pasos, tomo la decisión de ir a la cocina a por el café de la mañana. Oscilo de un pie al otro, agarrándome en el escritorio, en la puerta, en las paredes… Mi inestabilidad se confunde con el día cetrino y malhumorado; el frío congela la luz y enfría mi sonrisa. Aún se mantiene el sabor a herrumbre en mi boca. Es masticar una púa oxidada de sangre; parece ser que todos mis fracasos se hayan reunido en torno a mi garganta. La frustración de no haber hecho más en el momento oportuno y necesario ha esperado la ocasión más adecuada para rendirme cuentas. Aparto del pensamiento todo ello a pesar de que me trague todas las desilusiones de golpe. Es la tos, la que me hace reaccionar, el ahogo se agarra a mi cuello y de repente, todos esos malogros se presentan para enviarme al infierno. La universidad colgada en el quicio de la puerta pues el temor de perder el amor se hizo valedor de mi decisión; un viaje de ausencias familiares se eternizó en el espacio tiempo. El amor que me abrasaba se apagó de tanto quemarlo. Los hijos que no tuve se retratan ahora, en una hoja monocromática de grises. Las huidas sin despedidas escriben notas de conciencia. Los besos que regalé se han vuelto besos de Judas. Todo ello me acoge con la traición de grabarse en mi cuerpo.

Debajo de mi piel, las escamas se desprenden secas respaldadas por el olvido, caen al suelo buscando acomodo entre el granito y el polvo acumulado por el tiempo. Disfrazo la flacidez de las carnes con la tendencia de la última moda; el rubio de los cabellos se difuminan con blancos, tinte de peluquería ocultando el paso del tiempo. Mientras juzgo esta pose de sonrisas y gestos de conciliación; el sabor amargo del metal se sigue repitiendo con el descaro de envenenar cada trago de agua, y ya no sé, si me voy a poder acostumbrar a este paladar áspero y tedioso, contaminando cada porción de sentimientos que por la boca entran. Entre ellos, la levedad de caminar entre nubes de algodón; en ellas la utopía de vivir era posible sin estar contra las cuerdas de una realidad de visa y complacencias desatadas en falsos asentimientos y postureos. Y el vil metal infecta este amor que acumulo bajo las uñas, protegido de aquellos que no ven más que un cuerpo, arañado por ciertos, desengaños y muchas dudas. El hierro confundido entre los empastes quiere conquistar las ilusiones que ya se han acostumbrado a vivir en la azotea de mi cabeza. El paladar se angustia de tanto óxido y mis piernas me piden el alto cansadas del aburrimiento de ir tan despacio, frenadas y extenuadas por esa pastillita que todo lo cura.

Y con ella me olvido de quién soy, la rara de este cuento, y me convierto en la autómata que todos esperan: blanda, dúctil y ligera. Una aleación de metal con sentimientos traspuestos.

6 Comentarios

  1. Increíble esa capacidad que tienes para transmitir sentimientos. Enhorabuena, princesa!

  2. Como siempre querida Dolors.
    Un excelente relato.
    Un beso. Cuídate

  3. Todos somos el raro de algún cuento.

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