Reseña: ROSA DE LOS VIENTOS de Nina Peña

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Rosa de los Vientos, intimista

«Estoy aquí,

Donde yo siempre estuve,

Donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

 

La soledad es un farol certeramente apedreado:

Sobre ella me apoyo.

 

La esperanza es el quicio de una puerta

De la casa que fue desarraigada

De sus cimientos por los huracanes:

Quicio-resquicio por donde entro y salgo

Cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),

Del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),

Del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

 

No importa, sin embargo».

POEMA EN TI ME QUEDO – Ángel González

 

Soy de esas que lectoras que cada vez que inicia un libro espera que ese sea el que, de una manera u otra marque el inicio del antes y el después. Si bien puedo y leo de todo, o casi, existen lecturas que te arrinconan en el portal de la vecina como dos adolescentes insaciables de besos, de caricias bajo la blusa, de lenguas juguetonas ávidas de más y más. Manos que se deslizan por las letras para descubrir que se esconden tras ellas, signos de puntuación señalando el pasado y definiendo un futuro incierto. Horas consumidas entre páginas con olor a intimidad y verbos que describen casualidades de la vida con un deje de melancolía endulzando días amargos de soledad no querida. En cada nuevo libro busco aquello que me identifique en sus líneas con el/la protagonista, me haga vibrar hasta la médula con sus emociones y decisiones. No requiero del artificio de la fantasía para imaginar un escenario donde los sentimientos cobren vida decidiendo el principio y el fin de la historia. De la misma manera que «El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos. Escribe sobre ciertos asuntos porque le ocurrieron ciertas cosas. En la elección del tema la libertad del escritor es relativa, acaso inexistente» escribe Mario Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista, defiendo que el lector no escoge sus lecturas, sino que éstas, por alguna razón u otra se acercan a él susurrándole, «léeme» iniciándose una relación de amor y odio.

En este contexto de redescubrir nuevas letras que den sentido a lo que palpita en mí, ROSA DE LOS VIENTOS sopló con el ímpetu de la Tramontana trayendo nuevas imágenes que sumar a mi galería de sentimientos personales. Y alejando de mí todas aquellas dudas que hubiese albergado sobre que una novela intimista, tragedias de protagonistas pueda captar la atención del lector. En los tiempos que corren donde la fantasía decorada de píxeles, el amor sinónimo de sexo fácil en clubs privados, muertos que mueren de la peste contagiada en dispositivos móviles… se agradece volver al inicio de las letras, cuando la importancia de las descripciones se circunscribe a transmitir el olor del salitre del Mediterráneo, la arena blanca de la playa de un pueblo de la costa, la soledad de quién necesita quitarse el luto y perdonarse de una traición o, pintar  flores en un salón en la ebriedad de las dudas. Leer con la poesía de la vida, amores traicionados, desamores traicioneros, vivos muertos y muertos vivos.

Nina Peña en ROSA DE LOS VIENTOS nos invita a surcar el mar en un velero cuyo puerto final seamos nosotros mismos. Un trayecto que bordea todos los recovecos y acantilados que significa el amor, la traición, la soledad, la desilusión, la esperanza, la complicidad, la verdad y las mentiras.

Lara deja la ciudad huyendo de aquella deserción que la ha roto en dos. La ruptura con Bran, su pareja, «dos años de ignominia y soledad, de miedo a pronunciar la palabra equivocada o a hacer un gesto que pudiera resultarle ofensivo», la conduce a refugiarse en un pueblo de la costa, en una casa alejada y sólo cercana a la de Salvador y su hijo Marcel. El dolor y la melancolía que acumula Lara es la excusa para renegar del contacto humano. Sus paseos en su nuevo contexto, le lleva al cementerio del pueblo, encarado al mar desafiante y dando libertad a sus muertos. Una lápida llama su atención la de Lucia, donde las flores tienen vida propia. La intención de Lara tiene inicio y fin; se da un año para, en su nuevo hogar escribir su libro y a la vez sobrevivir al desamor. Ella nacida y cultivada en la palabra, en la poesía y en la radio donde trabaja como documentalista «unas palabras se podían convertir en el milagro de ser el ancla de corazones solitarios o el cabo de una madeja que desembrollara el mundo por unos segundos». Quiere y necesita algo más, una novela que sea ella. Y a la vez encontrar un motivo para dejar de ser nada, una razón que la una de nuevo a la vida, a la ilusión.

Salvador, el anciano vecino se convierte en la tabla de salvación en el naufragio de la vida de Lara. Simples paseos matutinos por la playa y el café de media mañana les unen en los días de otoño, cuando su solitario y huraño hijo Marcel, poco a poco transgrediendo su propia nostalgia, se agrega a ellos. Tanto Lara y Marcel en la intimidad de ellos mismos recrean sus pasados, curan heridas, evidencian sus ruinas. Acompañan sus paseos en gestos y silencios que lo dicen todo, el miedo de un ayer y la seguridad del hoy; los recelos pasados y la confianza del presente. Marcel empieza a desestimar quien fue para apreciar esos sentimientos que crecen a cada minuto por Lara. Vuelve a cocinar, alejado del cocinero de la guía Michelin que fue; se desprende de todo aquello que le evoca a Lucía, su mujer muerta y la razón de su gesto taciturno.

Lara y Marcel se descubren en los ojos del otro, en el mar que les rodea, el cielo que los ampara en álbumes de fotografías donde las casualidades no son tales, coincidencias de unos padres huyendo de ellos. Imprevistos fuera de control y accidentes que consagran el destino.

Lara vestida de nada del otoño a Navidad adornará de nuevas sensaciones, nuevas fotografías, caracolas, trocitos de mar, versos en el ordenador que espera sus palabras con ahínco. Mientras, Marcel escribe su propio libro, cuya única protagonista es Lara alejada del recuerdo de Lucía, anota todas esas casualidades que descubre, observando cada gesto, cada conversación, el cuerpo de Lara. «has puesto franqueza donde ella guardaba sus mentiras, caridad donde había interés, humildad donde ella ponía complicaciones, luz en la oscuridad, claridad ante la penumbra, orden entre todas las dificultades, has logrado perfectamente superar la comparación de su vida con la tuya, como si hubieras peleado con ella y con su fantasma y hubieras salido vencedora de esa extraña lucha». Él, el intruso fascinado por la fragilidad de ella, de su libertad y sus abalorios colgados de su cuello y sus muñecas. Y ambos escribiendo un nuevo libro de encuentros familiares, de tiempo calculado en las cabañuelas, de amaneceres de besos y noches de poesía escrita en sus cuerpos.

En esa intimidad en que se refugian Lara y Marcel la vulneran en ocasiones Mara, la amiga de Lara motivándola y abriéndole los ojos; la madre y la hermana de ella, símbolo del perdón a un padre que prefirió una mujer que una familia. Bran, la disociación del que necesita ser venerado y pleitesía; Ana, la rival ante las ondas y ante Bran. Y por supuesto, Lucía, su recuerdo deambula como un fantasma alterando un presente que promete ser mejor y que la casualidad o quizás, el destino descompone en miles de fragmentos.

La complejidad de ROSA DE LOS VIENTOS reside en sus protagonistas, el mundo interior en que se debaten; la nostalgia y la melancolía evocando tiempos de infancia, olores familiares, imágenes de otros momentos acompañados de esas bandas sonoras que nos dicen quiénes fuimos y quiénes somos. Libros que enseñan a escribir otros libros, versos que se caen de los dedos para sucumbir en un cuaderno de rayas. Tiempos de contacto y valores humanos para pasar a estos tiempos sin alma, desarmados de humanidad y de principios. Nina Peña le concede el poder de la narración a una tercera persona omnisciente, conocedora de la persona de Lara hasta la intimidad, incluso va más allá de ella y su pensamiento. Por otro lado, Marcel escribe su propio libro, desde la primera persona para concurrir junto con Lara con esa tercera persona. Y, por último, será la propia Lara la que pondrá voz al final del libro en su epílogo. La dificultad narrativa la resuelve la autora con maestría, dejando claro quién es cada narrador y el tiempo que precisa.

ROSA DE LOS VIENTOS es una conversación en voz baja con sus protagonistas. Sientes el dolor de la traición, el miedo de estar desubicado en sentimientos, la rabia que se acumula al saber la verdad, la posibilidad de empezar de nuevo, la libertad de decidir, la sumisión al maltratador, la falta de coraje, el sacrificio por defender lo que está muerto, la protección a quién merece afectos, el desencanto y la desilusión y, la esperanza de volver a amar. Remordimientos acumulados e identidades descubiertas. Desamor en poesía y la tragedia del amor en un libro. La libertad de encontrar la brújula de la vida

Nina Peña te enamora con la palabra, metáforas que te trasladan a otro tiempo que has vivido y cuyo escenario se acerca a tu encuentro. Candidez alrededor de la brutalidad del destino para no agredir la conciencia de quién resulte culpable. Símiles identificando emociones en la poesía de escritores víctimas de su tiempo. La disociación de la persona engalanada de adjetivos sutiles. El dominio del vocabulario sin la necesidad de diálogos superfluos entre protagonistas que conversan en pausas y silencios. Debate interior con la complicidad de los sentimientos y, el concepto de imaginar y reinventarse. La muerte en la continuidad de la vida dictando momentos.

Cuando termino de leer un libro hago balance que me ha dado y que le doy. ROSA DE LOS VIENTOS me reconcilia con la palabra escrita en la poesía de la vida. Calma ese dolor que me sale de los adentros y me da la oportunidad de reafirmar que las coincidencias tiene su razón. El fracaso se salva con voluntad y nuevas ilusiones. Y que escribir requiere de leer más y mucho más.

Un libro para quienes busquen una historia de amor donde los sentimientos se confabulan con la belleza de la palabra. Un libro intimista de emociones. Personalmente, marca el principio de muchas cosas, y cuando un libro deja marcas es que es excepcional.

«Pero, por qué esa necesidad de escribir, de leer, de querer ser escritora, más que una vocación que creía haber tenido siempre, una necesidad urgente, una exigencia constante, un hambre cada vez más grande a medida que descubre sus limitaciones y se empeña en sobreponerse a ellas, en no rendirse, sino en encontrar la forma de convertir sus derrotas en victorias, en convertir sus dificultades en facilidades, en encontrar un estilo propio con el cual sentirse cómoda y poder avanzar, un estilo en el que sus defectos se conviertan en virtudes por la fuerza de la narración, por la fuerza de la misma historia que no podría ser contada de otro modo más que en el suyo propio».

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4 Comentarios

  1. El libro suena fabuloso y tu reseña, preciosa. Gracias, Dolors.

    • Es un libro precioso, Olga donde la intimidad se reencuentra con el Mediterráneo.

  2. Dios mío, no sé ni que decirte, de verdad. Solo se me ocurre darte las gracias por tus palabras y por todo el cariño con que has tratado a Lara y Marcel, a los poemas, a las cabañuelas, al mediterráneo tan nuestro…gracias cariñet.

    • Es un gran libro que se merece el mayor de los reconocientos y de los éxitos. Me he visto en Lara y a ratos en los sentimientos de Marcel.
      Un libro donde la persona tiene nombre y el alma cobijo. Personas que suman en sentimientos y que difieren en sus opuestos que el destino ha cruzado en un juego de azar. Fantástico libro.

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