Entre ella y yo

 

Blog literario, la escribiente

Entre ella y yo, relato

Intento sacar mi cuerpo de entre las mantas, salir de entre, sus brazos se ha convertido en una losa marmórea aplastando cada hueso descalcificado, cada músculo desfibrado, cada vértebra descolocada; en la avanzadilla de este invierno que se acerca entre un sol frío, falto de calor y, nubes asomando por el este anunciando que nada es fácil, que los días nacen dulces como la miel para amargarse por minutos en traición, decepción y frustración. Horas aletargadas por la desidia de ya no querer entender que sucede en los noticieros, de no comprender el adiós de un amigo o interpretar los mensajes encriptados de un Messenger. Cuanto más pienso en poner el pie en el suelo, más difícil se me hace ponerlo, aunque tomo la determinación que debo hacerlo, no puedo eludir esas mínimas obligaciones que te indican que estás vivo.

El frío de las nueve me recibe instalado en el baño, cuando la ducha es la única solución para espabilarme. De seguida, el vapor y el calor del agua hirviendo, como a mí me gusta, se concentra en el pequeño habitáculo que es este baño. Aprovecho ese instante antes de entrar en la ducha para escribir un mensaje en el espejo, el que cuelga encima del lavabo, grande e insinuante; seductor y traicionero; pulcro y translúcido; el mensajero. El vaho es la mejor herramienta que conozco para comunicarme con ella a través del cristal que me mira.

El espejo siempre ha sido el enemigo que me persigue donde quiere que vaya, ya sea en el recibidor de casa, en los escaparates de las tiendas, en el retrovisor del coche, en ese charco que evito para no mojarme los pies; en la retina de quién me habla, en la transparencia del agua de la fuente y en la sombra que proyecto, negra e insalvable que del suelo no se levanta. Mas, es el único enlace que tengo para comunicarme con ella, el único que sabe de sus costumbres, de todas esas pequeñas cosas que la rodean; de sus manías y sus extravagancias; sus recelos y sus delirios. Por eso, sé que él me facilitará el acceso a hablar con ella. Antes, ella y yo éramos amigas íntimas; cada cual sabia más de la otra que ella misma. Nuestra relación era tan profunda, tan honda que nos confundíamos entre nosotras mismas. Mimetizábamos de tal manera que hasta el último pelo del cabello era idéntico, incluso esos ojos negros empañados por la melancolía se reflejaban los unos en los otros. Pero, como los enamorados, después de los primeros momentos de reconocimiento, de virtuosismo, de veneración, de mitificación y de pasión; los instantes se delatan por la realidad de nuestras debilidades. En esas debilidades que se me manifiestan cada dos por tres, que no logro controlar encasilladas en esa parte de mí destinadas a ellas; esas flaquezas que se devienen a triunfar por encima de todo, incluido mi nombre; por ellas fue como, poco a poco, ella puso tierra por medio. La distancia no la percibí inmediatamente, ella es así, sigilosa en sus movimientos, prudente en sus palabras y un halo de misterio con sus secretos. Poco a poco se alejó de mí, en silencio, parca en palabras como ella es. Debo ser sincera, se asustó de mí cuando evitaba su mirada con la rabia de ya no parecerme a ella. Se estremeció, el día que las furias se adueñaron de mí, entre insultos y calumnias la acusé de todas mis desgracias. La inculpé de todos los errores cometidos empoderada de grandezas nunca conquistadas. De todas esas improvisaciones no reflexionadas que más tarde que nunca, pasan la factura para ser cobradas. Le imputé todos mis fracasos en el amor, en vencer la hoja en blanco para escribir alguna historia; en mantener cinco minutos de conversación con cualquiera sin mirar el móvil. Me comporté con ella como el peor de los maltratadores, renegué de sus consejos, más aún, de su presencia; la repudié de tal manera que el ostracismo le ganó la partida. Y ella, con la elegancia del que sabe perder, con la clase que la distingue y la sencillez de su sofisticación, se exilió de mi espacio, de cada rincón donde conversábamos, del sofá de lectura, de la cama de nuestros secretos…

Percibí su lejanía, su adiós en silencio. Al principio, no me importó, otros y otras me entretenían con sus mensajes insípidos de contenido, risas incontenidas en falsas alegrías. Los nuevos, no requerían de mi presencia, tan sólo les bastaban respuestas tan vacuas como sus preguntas, sin más transcendencia, que ocupar las horas muertas. Los días, las semanas pasaron sin noticias de ella. El espejo me negó el saludo, salvo en ocasiones, cuando su inquina me los devolvía. Cada mañana, mientras me cepillaba los dientes, me reprochaba en imágenes la deslealtad que había tenido con ella; la vileza de mis actos, la perfidia de mis palabras. Todo y así, logré también evitar al espejo, ni un solo vistazo le otorgaba.

Renuncié a él como a ella.

Ver morir en el reloj los minutos, los segundos tan sólo en compañía de todos los fantasmas que levitan entre los rincones de mi casa; esos espíritus trashumantes en el limbo de no saber porque existen acomodándose en mi rutina de leer entre líneas y, escribir versos cuando la luna mengua y la oscuridad crece. Continuar los domingos como si fueran lunes o descuidar por completo contestar las incidencias que se acumulan en mi correo. Caer de nuevo en el silencio de no conversar con nadie que, conozca el número de mi pie o si, mis manos sufren el frío con pequeñas incisiones sangrando desde la piel al suelo; olvidar exteriorizar como la memoria envejece en el patetismo del DNI, o no comunicar como huyo de las pesadillas que me atrapan en el insomnio. Y así entre el mutismo y la afonía de la congoja que se agarra a mi garganta me escondo en un extremo del sofá mientras aparece en el otro la ausencia de ella, cuando en los mejores tiempos me atusaba los cabellos y me garantizaba que todo iría bien. Solo el vacío ocupa su lugar, una sombra vestida de frac esperando cobrar créditos e hipotecas de sentimientos prestados o ya vencidos. Arrullada ocupando el menor espacio posible, intento comunicarme con ella, hallar la manera de llamar su atención para que vuelva a mí, a mis ojos clamando misericordia, a mis manos ofensoras de recriminaciones inexistentes y a esta mente desordenada de ideas y razones. Así un día tras otro, desde hace…. Tanto que ya no recuerdo.

Hoy es diferente, la noche ha dado mucho de sí, y una determinación me gobierna. Salir al encuentro de ella, reconocer que la echo de menos. Admitir el error de abandonarla, de dejarla ir a no sé dónde, denostarla al pasado y tachándola de mis contactos. Suprimir sus consejos, aniquilar sus razones, enterrar su compañía.

Así que necesito del espejo, del vaho y mis dedos escribiendo un mensaje para que ella vuelva, se acerque de nuevo, guie mi camino, perdone mis desaciertos, redima mis pecados y, conmute esta condena de caer, más y más, al fondo de la depresión. Si me contesta, si responde a mi llamada, le diré de mi suplicio, de mi vergüenza para con ella y que me ayude a la búsqueda de mí misma.

Ella es la única que logre reencontrarme, que pierda el miedo a la dispersión de mis sentimientos, vuelva al sendero del que nunca debí apartarme, postergando esta disociación con la que convivo.

Ella, por fin podré enunciar su nombre, decir en voz alta como se llama, trazar su figura, delimitar su cuerpo, definir su nacimiento sin prever su muerte. Ella, sólo ella, debe volver, ahora es el momento.

El espejo me hace un guiño, me indica que me acerque, que ajuste bien la mirada y contemple la imagen que traza entre el vapor de agua y, el cristalino de mi retina. Y allí está ella, de nuevo, la misma piel, el mismo negro de ojos; el dorado de sus mechas y esos dientes que se debaten por no rodar de debilidad. Su cuerpo, algo cambiado, las caderas algo más voluminosas, el vientre no tan plano ni tan terso, algunas adiposidades pretenden adherirse y, los pechos, que decir de ellos, la inercia del suelo los atrae con disimulo.

Es ella, soy yo, una en dos, bifurcación de mi reflejo.

4 Comentarios

  1. Desgarrador, Dolors. Siempre hay que quererse, incluso en los peores momentos. Un abrazo fuerte!

    • El amor propio es el inicio al amor por los demás. Muchas Gracias, Laura.

  2. No he sido un gran lector de Jorge Luis Borges. Su literatura ha sobrepasado grandemente mis facultades congnitivas. Cuando procuré leerlo me encontré perdido en un lago de palabras inentendibles, para mi discreta sabiduría. No obstante he sabido conservar algunos de sus elementos de escritura, como propios. Y desde allí he comenzado a escribir, conservando aquellas herramientas borgeanas.
    Una de mis favoritas es esta que aquí mismo se utiliza: los espejos, como acceso a una dimensión posiblemente desconocida o quizás identica. Da lo mismo el espejo calla y nosotros lo redefinimos. Con mucha frecuencia le esquivamos la mirada, y, para peor, le damos junto en la parte que quizas mas duele: la otra mirada. Esto es, la oculta. La que no tiene sonrisa. Y buscamos evadir su presencia hasta que un nuevo estímulo nos anime a volver a enfrentarla. Allí es cuando corremos al nuevo encuentro con el amante perdido, y volvemos a estrecharnos en abrazos besos y lágrimas acumuladas.
    El reencuentro con uno mismo: la posibilidad de conversar con un nuevo amanecer.
    Gran abrazo. Una alegría leerte.

    • Uno de mis mayores temores es el espejo,y, a la vez mi verdadero yo se siente reflejado en su superficie. Enfrentarme a él me supone un estado de irrealidad y distorsión que a veces no controlo. Gracias, José.

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