Ricardo, el Negro

Blog litarario, la escribiente

Ricardo; eL Negro, relato

Las arrugas marcan su rostro surcando una piel castigada, no tanto por el tiempo como los acontecimientos de una vida, donde la violencia encontró acomodo. Los pliegues que horadan su alma son los peores. Se ahondan de tal manera, que la transparencia de su espíritu traspasa su identidad señalando que su nombre no es una mera decisión de unos padres superados por la paternidad. Más bien, sus cincuenta años son más que un número que por azar pesan a sus espaldas. Edad y nombre se cubren de odio para resumir en una palabra cada surco, cada línea discontinua que soporta su cuerpo.

Ricardo, cincuenta años, llamado el Negro, no por el color de su piel, ni siquiera por el de su pelo; desde muy joven las canas se rindieron a esa cabeza cuya función era hacer cábalas sobre la próxima crueldad más atroz. Su nacimiento no fue casual en El Raval; sus padres inmigrantes de Huelva buscaron asentamiento donde encontraron una hogaza de pan. Su humildad y la escasez de preparación les condenaron a trabajar de mañana a la noche, de un trabajo a otro sin poder echar anclar en uno en concreto. Vivir en una barraca construida a base de mendigar materiales de construcción y hurgando entre los basureros de la zona, se convirtió en un hogar donde la crisis y la miseria se instaló por los tiempos. Mas, allí nació una familia de seis miembros. Los padres y cuatro hijos, de ellos Ricardo, el segundo.

Fácil es culpar a los padres del destino de sus hijos, aunque cada uno se la fragua con hierro y fuego. Ricardo supo desde bien chico que su destino no era aquella barraca orientada al mar. Los insultos y bofetones de su padre eran nada más, consecuencia de su impotencia de no sacar a su familia del menosprecio de una sociedad que cabalgaba hacía la prosperidad. Ellos estaban condenados desde sus inicios a vivir en el abandono de todos. Pero Ricardo, con tan sólo ocho años, tomó conciencia de lo que era, un pobre desgraciado. Ello no le conminó a seguir la estirpe familiar. Todo lo contrario, se prometió, se juró que él nunca sería como el borracho de su padre, menos aún como la sumisa de su madre. En él brotó el rencor hacía ellos, primero por no poder comerse un bocadillo de Nocilla como el resto de sus amigos. Después por no enviarle a estudiar al centro de la ciudad, los mejores alumnos se reunían allí alrededor de los mejores profesores. Más tarde, por no tener dinero para sus juergas de fin de semana. Así creció, el resentimiento envolvía su corazón y, su familia se convirtió en una molestia. Aprendió a defenderse en la escuela, así con tan sólo nueve años, era el chulito del patio. El que imponía su voluntad, achicando a los más pequeños; enfrentándose a los más grandes. El desayuno de unos, los lápices de otros, la cartera del que menos, era la excusa suficiente para imponer su fuerza. Así se ganó el mote del Negro, pues su cara y cuello se tornaban de ese color cuando la saña le dominaba. Todos huían de él, nada más cuatro le seguían, más por miedo que por amistad. Fueron los primeros pasos que Ricardo dio a la búsqueda de un Dorado que nunca existió más allá de su imaginación, pues el oro reluce si sabes pulirlo, mas, si lo encumbras en aversión y venganza, su valor se desvalúa en favor de la mezquindad.

Aunque algunos profesores intentaron reconducir por el buen camino al niño, el fruto fue nulo. En él, ya había enraizado la sed de odio hacía todo lo que significaba aquel lugar y su familia. Con trece años, un derechazo al rostro de la cara de su padre, cuando este intentaba golpearle, delimitó su terreno en aquella chabola. Fue el principio de todo lo demás. Su padre nunca más le puso la mano encima, fue cuando comprendió que su Ricardito ya no era tal, más bien una fiera a punto de saltar sobre él.

Con catorce, su reputación se agrandó en el barrio, sus compañeros de juegos se encargaron de ello, pues estos consistían en amedrentar a niños inocentes o hurtar chucherías en la tienda de la esquina. Su nombré pasaba de boca en boca no por sus éxitos sino por el miedo que causaba. Fue así, cuando la banda del barrio, la que trapicheaba con drogas y asaltos a bancos del centro de la ciudad lo captó. De seguida ocupó un lugar privilegiado en ella, su inteligencia para diseñar atracos y la pericia de sus manos con las armas y los coches, le catapultaron en poco tiempo, a ser venerado por sus miembros.

Ricardo acumulaba conocimientos a escondidas de los ojos de todos, no podía tirar por tierra la fama que se estaba granjeando por el hecho de querer aprender de verdad. Abandonó la barraca, para trasladarse con su nueva familia, sus colegas, a un piso adquirido por una patada en la puerta del barrio de La Mina. El escozor que provocaba su mirada cuando alguien le interpelaba era la excusa suficiente para no contrariarle. De esa manera, Ricardo vivió una juventud de asaltos a bancos, tirones de bolsos, trueque de papelinas y armas. Su perspicacia le salvó a él y los suyos de los policías que les perseguían.

Aprendió que el que la hace la paga. De esa manera no le temblaba el pulso cuando enviaba a algunos de sus acólitos a romperle las piernas a quien no pagaba su deuda. Con apenas veinte años disparó a quemarropa al guardia de seguridad de un banco. Fue tan certero el disparo, que el corazón del agente estalló en mínimas porciones de carne. Fue cuando, Ricardo comprendió, que su mayor enemigo era él mismo, pues en sueños se le repetía el fogonazo matando a una persona. Se despertaba angustiado, el sudor calaba sus huesos y un temblor se instalaba en sus piernas. A pesar de ello sus actos crecían en perversidad. Desde arrancarle los pezones a la prostituta que no quería pagar el canon de productividad hasta quemar el piso de quien no pagaba sus créditos.

El insomnio se adecuó a Ricardo, el temor de ver en sueños la vileza de sus fechorías le intimidaban más que cualquier enemigo con ganas de revancha. Esas horas de vigilia las ocupaba en leer a seres más atroces que él; a personajes que como caballeros defendían sus riquezas y a aquellos enamorados de princesas. De vuelta a la realidad, olvidaba lo leído para centrarse en sus golpes. Persecuciones, armas, fuego, sexo y drogas era su universo. En ocasiones, le gustaba perderse por la costa mediterránea. En solitario conducía, durante tres o cuatro días desaparecía. Fue así, en una tarde de otoño, cuando las calas se sentían abandonadas de los turistas, el mar se rizaba por el viento de la Tramontana, el día decrecía dando paso al anochecer; Ricardo contemplaba la inmensidad del agua sin entender cómo se formaba, y de ella emergía la silueta más sinuosa que jamás había visto. Chicas no le faltaban, era cierto, ya fuese de pago, ya fuese por imposición o por puro interés. Pero, él, jamás sintió el amor. Tal vez porque donde había tanto odio no podía existir aquel otro sentimiento.

Aquella silueta impactó en Ricardo, y en silencio se acercó a ella. Distinguió su cuerpo desnudo, sus pechos eran perfectos, redondos y no muy grandes, pero tampoco muy pequeños, justo para que cupiesen en sus manos. Admiró su pubis depilado y cautivo de deseo. Mientras se acercaba a ella, esta, intuyó ser observada y, sin vergüenza le saludó. Mero trámites de cortesía a la vez que ella se vestía con la calma de ser admirada. Ricardo se presentó y, Laia también. Ese era su nombre.

Aquella noche contemplaron la luna, observaron el Mediterráneo, caminaron por la orilla de la playa y durmieron en el coche, con más compañía que sus respiraciones. Fue la primera noche en mucho tiempo que el insomnio no envistió a Ricardo, durmiendo sin más, junto a una desconocida. Al amanecer, el mar les bautizó como amigos y un leve beso en la mejilla fue la despedida.

Ricardo regresó a su tugurio, donde las peleas eran continuas, su autoridad no cuestionada y el odio su mejor arma. Pero algo había diferente en los ojos de Ricardo, su brillo. Jamás habían resplandecido, todo lo contrario, el negro le embutía.  No podía apartar de su mente el contorno de Laia, su voz insinuante y cadenciosa, la inocencia del beso de despedida. Cada vez, sentía necesidad de volver a ella, alejarse del barrio, de la peña, de todo aquello que le coronaba rey de la malicia.

Escapada tras escapada a aquella cala junto a Laia, saboreó la sal del mar, se conmovió en el añil de sus ojos, degustó una piel purificada por la sensibilidad de amar todo lo que la rodeaba. Ricardo con ella se transformaba en alguien irreconocible, se dejaba guiar por su mano; escuchaba sus versos, admiraba sus acuarelas donde el cielo y el mar se confundían con el infinito. El blanco de su casa y el empedrado del pueblo se convertía por unos días en su refugio.

Su vida en la ciudad seguía de igual manera; todos le conocían por el Negro, el matón, el que siempre decía la última palabra. Aunque algo en él estaba cambiando, ya no necesitaba el cuerpo de las chicas, a veces era capaz de perdonar una pequeña deuda. Y eso en la ley de la guerra de bandas se paga.

Cada vez más, Ricardo, necesitaba de la presencia de Laía. Ella le concedía una tregua en las batallas, colmándole de paz y sosiego; de sueño y sueños; de buenos sentimiento y más amor. Y el odio se repartió en los días de la semana, cuando ella no estaba cerca. Laia jamás le preguntó de su vida, cuando se despedían sólo aumentaban las ganas de regresar juntos. En sus encuentros, Ricardo callaba, su atención se dirigía a todo lo que ella le enseñaba de la vida alejada del suburbio. Ciudades cosmopolitas, París donde ella estudió Bellas artes; Florencia la ciudad de grandes pintores; Nueva York, la vanguardia del arte.

El tiempo aceleraba su ritmo y, Ricardo se debatía entre la realidad del barrio y sus huidas a los brazos de Laia. No quería admitir que algo en él estaba cambiando. El insomnio se agudizó en todos aquellos a los que hacía daño, la culpa ensombrecía sus días, sus ojos se ennegrecieron aún más y, su rudeza aumentó en proporción a ella. En la intranquilidad pasaba las semanas anhelando a Laia, su cuerpo y su alma.

Después de dos años de encuentros y despedidas entre los dos, un día, ella le comunicó su embarazo. Al principio, Ricardo se desconcertó, después reflexionó sobre la paternidad y, aceptó que quizás, ese era el argumento para abandonar toda la miseria que le rodeaba. Sabía que no sería fácil alejarse de todo ello, dejar su pasado atrás no sería tan fácil, mas lo debía intentar.

Poco a poco delegó funciones, redujo las acciones, reunió su pequeña fortuna y recogió sus aperos, entre ellos la culpa, la soberbia y el odio. Con la complicidad de la nocturnidad abandonó el barrio, sin saber, que tras su pista estaba la policía.

Tres meses después, una vez adaptado a las nuevas circunstancias, dueño de un negocio próspero como era su concesionario de automóviles; amante de su amada; aprendiendo a cambiar pañales; cuando por fin su vida giraba rumbo la paz, un hecho devastador ocurrió en su vida.

El pasado siempre vuelve a saldar cuentas, nadie es inmune a los actos que se han cometido por más excusas, justificaciones y disculpas que queramos dar. Y el que fue el rey del barrio no era la excepción. Una tarde de verano, el sol apretaba con ahínco, el mar saludaba con una pizca de brisa y el cielo resaltaba sus azules. Laia con su vientre de ocho meses con la belleza en su rostro, esa que solo concede la maternidad agradeciendo tanta paciencia y, tanto sacrificio. Ricardo ocupaba su tiempo en leer, su otro refugio, cuando el timbre anunciaba lo peor que estaba por venir.

Laia abrió la puerta, un policía uniformado le dio un empujón, un gritó salió de la boca de ella. Ricardo que siempre tuvo claro que más tarde o temprano pagaría sus fechorías, guardaba un revólver entre un libro hueco de letras. Con cautela se dirigió a la puerta de entrada, mientras escuchaba el sollozo de Laia. Un policía le dio el alto. Ricardo apuntó al enemigo y un disparo perdido se escuchó en el silencio de la tarde. Un solo murmullo, se disipó en el aire, era la voz de Laia que un suspiro se despedía de Ricardo. Un entrecortado te quiero y un grito de desesperación inundó el pueblo.

Los ojos de Ricardo ya no eran negros; el fuego del infierno los había conquistado. Quince años en la cárcel y la duda de aquel disparo encolerizó aún más su condenada alma. Pagar sus delitos y aún más la culpa que pesaba sobre él de la muerte de Laia y su hija. El insomnio se adueñó de él, su ceñó lúgubre anunciaba su sufrimiento, la fuerza de su cuerpo se consumió en desasosiego, la frustración se convirtió en lágrimas indelebles y el odio construyó murallas donde solo había paredes. El silencio acalló su voluntad y la soledad su mejor amigo.

Tras cumplir condena, Ricardo volvió a aquella cala, donde descubrió el amor y allí cada noche mira al cielo entre el alcohol de una botella y la ebriedad de la venganza. Cada día se odia más y más, y sigue cumpliendo condena. Esa que dictó su conciencia, la que no perdona su pasado ni asume quien fue. Cada noche, cada día suma fuerzas para ser el verdugo de sí mismo.

 

4 Comentarios

  1. Impactante historia, muy real, por cierto. Me encantaría saber qué fue de ese tal Ricardo, años después. Un abrazo

    • Sí es bastante real, pero por suerte o desgracia es fruto de mi imaginación. Muchas gracias, Sandra. Un beso.

  2. Muy grande, Dolors. Palabras llenas de significado, que te dejan reflexionando y anhelando leer más. Enhorabuena,princesa!

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