Crónica de una muerte más que anunciada

Blog literario, la escribiente

Crónica de una muerte más que anunciada, relato

El día que morí, escuché una voz en off anunciándome que así sucedería. Su tono susurrante y seductor se confundía con la música que invadía mi habitación. Siempre me refugiaba en las notas disonantes que tarareaba, mientras mi compact disc emitía las canciones de los grupos de moda. Cuántos recuerdos puede guardar una melodía, promesas olvidadas en un rincón del cajón; amores cosechados en besos; desamores en desiertos de sentimientos; amigos perdidos en distancias innecesarias y, enemigos ganados a golpe de salidas de tono. Una canción, tres minutos de notas discordantes en la inmensidad de los días y, asonante a cada vuelta de reloj; agudos y graves como la tristeza en verano o invierno. Instantes para echar la vista atrás o para imaginar una galaxia lejana. Ese día precisaba de la música invadiendo mis fosas nasales, conquistando mi boca con voz aterciopelada, increpando mis tímpanos para escuchar los sonidos que emergían del aparato reproductor. Mis ojos cerrados, estirada sobre la cama, el techo contemplando como yo no deseaba ver el sombrío de su gris.

No recuerdo la hora exacta, quizás eran las nueve y veintidós de la noche, minuto arriba minuto abajo. Es importante eso de las horas, los minutos y si puede ser los segundos; el tiempo señalado en el despertador o contra las cuerdas del reloj de pulsera, marcando el principio y fin de las cosas. Ese momento indicaba el fin de un amor y marcaba el principio de mi fin. Es curioso, me agotaba escuchar constantemente, que todo empieza y se acaba, mas no estaba tan segura de ello. ¿A caso se acaba el aire?, y ¿la infinidad del mar?, o ¿la eternidad del cielo? No creía en esa falacia de verdades absolutas, no me convencían las doctrinas que todo explican sin saber que, no existe nada más inexplicable que el hombre. Entender que se esconde debajo de la piel; comprender porque la sangre circula purificando lo más recóndito del cuerpo; descifrar el significado de cada latido de corazón; deducir lo que el cerebro teje en una maraña de coordenadas dirigidas a nuestros sentidos. Saber porque la voz se irrita con el frío o luce en afonía ante la alegría. Y pensar, lograr discernir entre el bien y el mal; lo bueno de lo malo; lo bello de lo nefasto…

Intentaba consolar la tristeza que me invadía; una conquista perdida, pues las trincheras de mi melancolía se fortificaba en lágrimas y suspiros. Aquella tarde por enésima vez había discutido con Eric, mi novio. Mi madre me repetía hasta la saciedad que era muy joven para comprometerme. Pero, yo era de las que si daba su palabra la cumplía. A Eric le prometí amor por siempre, error que cometí en la imprudencia de los años, mas yo no incumplía mis promesas. Durante dos años jugamos a ser mayores, cualquier lugar era bueno para consumar el amor que nos acometía. El coche de su padre; el portal de casa; el sofá de su casa… Tardes de amor interrumpido muchas veces por los celos, los reproches, los recelos, las palabras malsonantes y de vez en cuando una bofetada. La ingenuidad es mal consejera y, la obcecación es la peor de las cegueras. Así, que fragüe ese amor entre heridas en mi interior y cicatrices en el exterior, maquilladas con polvo de arroz. El colorete hacía su función y el pintalabios trazaba muecas de dulce de leche, condensado en almíbar. Así construimos ese amor de juventud con una pierna quebrada y, sosteniéndose en otra algo torcida. El perdón se adecuó a nuestro lenguaje en lo cotidiano de los días y las noches. Los besos llegaban tras una discusión y, el sexo tras los gritos. De esa manera resolvíamos nuestros encuentros.

Dicen que del amor al odio sólo hay un paso, qué del cielo al infierno nada más  un momento. Debo afirmar que así es; entre nosotros era cuestión de meros segundos bastaba para pasar de lo uno a lo otro. Todo culminaba en mi rostro congelado ante tanta impotencia de no lograr llegar a mi oponente. Mi contrario en todo; en el conflicto de mirar al cielo contemplando el silencio del aire; en lamer un helado donde la lascivia me la guardaba para otros sabores fugitivos a la delicatesen de la vainilla o, en la llamada de mis amigas recordándome la que era. Y así entre disputas y vaivenes logramos mantenernos sobre un pie medio mutilado de argumentos para seguir en pie.

Errores, fallos, sentencias que se convertían en verdades custodiadas por el miedo a replicar. Mentiras, confusiones y erratas anunciadas en mi frente y, la solución, el reproche o con mucha suerte, una bofetada. Consentí el daño, permití el tono de voz elevado hasta el techo. Toleré la muerte en unos ojos que me fulminaban, admití su razón por un amor resuelto en el temor a la soledad. Mañanas de clase entre el ojo que todo lo ve; tardes de amigas con la espada de Damocles; noches de redes con un chivato por espía. Y pasaron los días, un año y otro más en la desconstrucción de mi persona, mientras él crecía en armas y avituallamiento, sus brazos duplicaron su fortaleza en abrazos rompedores de huesos. Su cintura amplió su contorno doblegando voluntades y sus retinas petrificaban las piedras en la confirmación de su palabra. Paradojas de nuestras circunstancias: yo me destruía en los complejos que asumía y, él construía su ego con mis lágrimas y mis besos.

Todo tiene un principio y un final, aquella tarde fue el final de aquel principio que sólo fue eso, el inicio de nada. Una tarde más de discutir, de recriminaciones, de echar culpas; una tarde grabada a cámara lenta en mi cabeza, algo la hacía diferente a todas las demás. El demonio se reflejaba en sus ojos, como una fiera escupía palabras y maldiciones. Su piel escarlata señalaba el fuego que ardía en sus arterías. Cuando subí a su coche quise retroceder al observar la ira contenida en su cuello. El acierto de coger mi muñeca y retorcerla fue el gesto necesario para rendirme a su elocuencia de fantasear infidelidades donde no las había. La conversación con el vecino del cuarto con dos besos de bienvenida desató las furias de la guerra de Troya. El chismorreo de cotillas de pacotilla, la cerilla que encendió la mecha que, por sí sola ya se encendía y la dinamita estalló en aquella tarde de otoño, la hojarasca se confundió con el cielo en sacudidas, patadas al vientre levantando del suelo la tierra húmeda por la lluvia de vejaciones. Y allí en medio del desorden de sentidos y emociones, del caos de fisuras y sangre, quedé gritando a Dios —qué me has hecho—.

Pude volver a mi casa, a mi habitación; mi música me esperaba para anunciarme el final de aquel principio. El tiempo suficiente y necesario, para que la cama recogiese mi cuerpo atizado por un destino escrito en la pared de un castillo de naipes. Entre el dolor de lo poco que quedaba de mí y los sentimientos confundidos por una letanía de lamentos, mis entrañas se desangraron en la armonía de poder descansar.

Una canción sonaba entre notas de pop anunciando lo que yo ya sabía.

Crónica de una muerte más que anunciada.

2 Comentarios

  1. Desgarrador relato de un amor destructivo que con tu pluma Dolors lo haces vivir. Mi felicitación , lo comparto en twitter

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