A ti Tánatos

Blog literario, la escribiente

Alegoría de la guerra, pintura de Rubens. A ti Tánatos, relato, pensamientos

Se caen las hojas y me caigo yo, la noche aún es presente en la madrugada, intentando ganar una partida que sabe perdida. Igual que yo que a cada respiración sé, que es una cuenta hacía atrás, lo inevitable estar por llegar. Se colapsa la oscuridad nocturna con lo profundo del dolor vencido en mi cama, rodeado de esas perlas que ruedan sin orden por ella. El nácar de las perlas vivió tiempos mejores, ahora no son más que bolas desprendidas del collar. Esa joya, ya no es tal, se deshizo el hilo que engarzaba momentos de cierta felicidad. Se rompió todo aquello que le unía a mi cuello cuando lucía desafiante y terso a todo lo que estaba por venir. En este instante, no es más que un filamento deshilachado por las circunstancias, rasgado por mi inconsciencia de dilapidar palabras sin sentido; letras de cambio que exigen su cobro; deudas que tributan superficialidad, préstamos de tiempo solicitados al diablo que todo lo reclama.

La flacidez que muestra no es más que consecuencia de los sueños que se han esfumado de mi cuerpo. Poco a poco huyen de mí agazapados entre el psicoanálisis de Freud y la psicología de Jung, de puntillas y por la puerta de atrás de mi cerebro. Simplemente se han cansado.

De mí y mis tribulaciones.

De mí tristeza y mis miedos.

De mí muerte en vida y mis silencios.

Simplemente se ponen a salvo buscando refugio en otra mente que les colme de la felicidad merecida. De la conciencia que les otorgue el lugar que se han ganado a base de fortalecer razones y argumentos por existir. El collar se ha quebrado del tirón que mis manos de perdición le han dado. Las bolas nacaradas no brincan en el suelo, tan sólo, hacen uso de su redondez para rondar a su libre albedrio alejándose de mi pescuezo sórdido y confundido por un albor manchado de insurrección. Las pesadillas se han sublevado requiriendo el lugar que las perlas ocupaban. Se engarzan a mi garganta ahogando mi grito de socorro, mudo y ciego de no poder salir. Han conquistado una tierra árida por la sequía de retos y retórica, sin agua que sacie la sed de amar ni abono de buenas intenciones que alimenten los versos y las acciones. Los delirios han vuelto para no marcharse. Con estrategia militar se despliegan desde el pie a la cabeza; concentrando fuerzas en mi abdomen. Saben bien, que allí pueden agujerear mi estómago, simplemente una granada sin pulpa, sin seguro que guarde la dinamita que esconde; nada más, un leve estruendo para destruir lo que existe entre el vientre y la columna vertebral. El silencio y la piel quemada, olor a azufre que emponzoña mi habitación, el chamuscado del vello convertido en mera ceniza diluida en una superficie diezmada de vida. El aroma a muerte perfuma mi carne invitando a las sombras que dibujan las paredes que se acerquen, para besar a un muerto. El corazón se resiste a lanzar el último palpito, mas ¡ay, pobre de él!, sólo no podrá vencer al tremendo ejército que con cuchillos se ensañan una vez que las balas de incoherencia e indignidad despedazan en miles de astillas las vértebras; en minúsculas piezas de puzles las vísceras que hasta ahora cumplían su función de mantenerme activa. La violencia es tan atroz, el desastre tan tremendo que ni las convulsiones pueden temblar a ritmo del primer seísmo. La sangre que se almacenaba en aljibes de buena voluntad, en balsas de lucidez se precipitan por mis brazos y mis piernas, en un caudal de rojo buscando un delta donde reposar. El purpura del líquido mezclado con el verdoso de la hiel del hígado confunden a mis ojos que, aún no han sido atacados, en un fluido lóbrego y opaco; ambiguo y confuso; incoherente y maloliente. Mientras en mi boca se acumula el amargo de la bilis, lo salado de las lágrimas contaminadas por el humo de la devastación, el agrio de la saliva rezumando por las comisuras en espuma de moribunda.

Las fuerzas enemigas conquistan cada uno de los huecos y recovecos que encuentran en el desfile de fuerza y miedos. Los oídos son taponados por los fantasmas de la noche. Las aletas de la nariz inmóviles contemplan la sangría acometida. Los ojos ruedan junto a las perlas percutiendo en el suelo como canicas a la búsqueda de un bolsillo. Ya no ven, ya no observan como los espasmos se adueñan de la situación. En los cóncavos que abandonan se instalan la pobreza y la mansedumbre; la indignidad y el desconsuelo.

Por fin, acometen mi cerebro ya dañado por tanto escarnio, por la vejación de ser reo sin juicio; por la calumnia de traicionar mi cordura. En él construyen el cuartel general, los oficiales desperdigan las pocas perlas de realidad que resisten y no me traicionan. Que se mantienen firme a pesar de las pocas armas que poseen. Nada más la dureza de la corteza que las recubren, apolilladas por algunas de sus partes por el tiempo, mantienen el tipo a pesar de que las alucinaciones se adueñan de su lastimera belleza. Un tono amarillento se antepone al blanco de su piel. Es la antesala al punto y final, cetrino de la melancolía.

La tristeza ya no merece más lugar que un cementerio.

Enajenada ya de vida; desprendida de realidad; desatada del collar de perlas; privada de libertad; corroída por la culpa; invadida por la desilusión; asediada por el miedo me rindo fracasada de aciertos; subyugada a preguntas sin respuestas; agotada de tanta incertidumbre; vencida por tanta tristeza.

Me entrego a ti, poderoso Tánatos, dios de mis pesadillas.

En tus brazos me arrullo y que,

tu suave aliento apague el mío.

Camino, entre tinieblas colgadas

de ventanas y puertas.

Herméticas se ríen,

de la hiedra trepadora

buscando inmunidad.

Deambulo entre las pesadillas

improviso cada paso que doy

Traspié en una cloaca

inmundicia del alma

regenerando la demencia

que me gobierna.

 

 

 

3 Comentarios

  1. Tras leerte solo puede decir que uno jamás se puede dar por vencido, por mucho dolor que tengamos, rabia, impotencia y sinrazón.

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